Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Ni la alegría ni la felicidad valen con cuentagotas»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Premios Lolo de Periodismo Joven

Laura M. Otón, IX Premio Lolo de Periodismo Joven Irene Pozo Hernández, VIII Premio Lolo de Periodismo Joven José Beltrán Aragoneses, VII Premio Lolo de Periodismo Joven Cristina Sánchez Aguilar, VI Premio Lolo de Periodismo Joven Laura Daniele, V Premio Lolo de Periodismo Joven Samuel Gutiérrez, IV Premio Lolo de Periodismo Joven Pedro J. Rodríguez, III Premio Lolo de Periodismo Joven Pablo J. Ginés, II Premio Lolo de Periodismo Joven María Gómez Fernández, I Premio Lolo de Periodismo Joven
Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Recuerdos de un Amigo de Lolo

Durante los veranos de los primeros años de la década de los “sesenta” del pasado siglo, tuve la suerte de convivir con Lolo mucho tiempo. Mi amistad venía de antiguo pero solo a través de visitas, sin embargo en esos veranos los contactos fueron más íntimos.

Aprovechando mis vacaciones de estudiante, todas las mañanas iba a hacer el oficio de secretario a su lado, mejor sería decir, yo ponía mi cuerpo y Lolo su corazón y su alma, que eran lo único que tenía sanos, con una salud capaz de repartirla entre los demás con gran generosidad.

Por aquellas fechas Lolo ya no podía escribir ni siquiera con la mano izquierda y la ayuda de una goma para fijar el bolígrafo, como había aprendido en años anteriores. Su vista estada muy reducida y su voz salía de su garganta con dificultad y muy cascada.

Cuando yo llegaba, ya Lolo estaba ante la pequeña mesa camilla, sentado en su sillón de ruedas, aseado y vestido con un pijama amplio, y con las “faldillas” de la mesa cubriéndole las piernas. En los días de sol, cuando la jaqueca le martirizaba, cubría sus ojos con unas gafas oscuras.

Al aproximarse a Lolo había que tener cuidado de no rozar su cuerpo o el sillón de ruedas, pues cualquier vibración o golpecito, le transmitían un fuerte dolor, por eso procurábamos sentarnos en el lado opuesto de la mesa. Lolo me recibía siempre con una sonrisa y con ganas de empezar la tarea.

Pasábamos la mañana atendiendo la correspondencia y escribiendo el libro que en ese momento tenía entre manos. Por aquel entonces escribía su libro-diario “Las golondrinas nunca saben la hora” y empezaba a preparar una novela muy vivencial: “El árbol desnudo”.

Lolo, en verdad, trabajaba todo el día con su cabeza. La mayoría de sus artículos y libros los gestó en sus largas noches de insomnio y dolor. Cuando el sueño reparador no llegaba, aprovechaba el tiempo elaborando tramos enteros de sus escritos. Aunque el no comentaba nada, yo tenía la certeza de que sus ratos de oración y reflexión los desarrollaba durante la vigilia. Había mañanas que, nada más llegar, me dictaba casi de un tirón casi una cuartilla. Cuando esto ocurría yo comprendía que la noche había sido mala.

Sentado en frente de él, iba tecleando en su pequeña máquina de escribir al dictado de su voz. Lolo no veía lo que escribía, por ello había que releerle de vez en cuando lo reflejado sobre el papel. Por el sistema empleado era difícil introducir modificaciones, eran tiempo en los que no existían ni el ordenador y ni siquiera la tinta tapa errores. Maduraba con calma cada párrafo antes de dictarlo y pocas veces corregía lo inicialmente escrito. Se apreciaba que lo que decía le salía muy de dentro, y aunque empleaba con frecuencia adjetivos muy descriptivos y recurría a la metáfora, lo usaba como medio de expresar sus sentimientos y no era en él una forma retórica y brillante de adornar sus escritos.

Procuraba aprovechar muy bien el tiempo, tenía en cuenta las limitaciones de ayudas externas para su tarea diaria. Por aquel entonces, sus menguados recursos le impedían disponer de personas remuneradas para atenderle en la tarea de escribir. Por ello las mañanas eran intensas. Al final de las mismas presentaba síntomas de cansancio, aunque nunca se quejaba de sus limitaciones y dolores intensos. Muy rara vez hablaba de él y de sus enfermedades, siempre eludía con discreción y una sonrisa las preguntas que sobre ello le dirigíamos. Por el contrario, se interesaba vivamente por los demás, su vidas y sus dificultades. Era normal que quien fuese a verle pensando en hacerle compañía, se encontrara sin darse cuenta hablando de sí mismo, conducido discretamente por la conversación que Lolo mantenía con él. El resultado final era que el “reconfortador” se convertía en reconfortado.

Sentado en su sillón de ruedas, no era una persona que dejase pasar el tiempo a la espera de su encuentro con Dios. Al contrario, procuraba sacar el máximo partido de cada día, enfrascado en tareas trascendentes, aunque siempre recibía con alegría las visitas que con frecuencia aparecían por su puerta, aun cuando llegaran en un momento en  que como el decía “estaba embalado”  en su trabajo. Su mesa camilla era un lugar apacible para el diálogo sosegado entre amigos. Esa mesa camilla quedó en mi recuerdo, como el altar en que cada día, Lolo ofrecía a Dios, por los hombres, su cuerpo roto y su alma en Gracia.

Alejandro Valderas, 22/04/2010