Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Lo esencial para nosotros es un destino feliz y eterno, y detenerse en un goce humano es hacer ya una meta de lo que sólo es un espejismo pasajero y comprobable»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Ad te clamamus

Escribo bajo la pesadumbre de una impresión apocalíptica. Aún me tiembla en los oídos una relación de catástrofes mientras en la imaginación baila la fatídica zarabanda de la muerte.
He leído a Bloy uno de sus muchos libros trágicos, ese en el que el diapasón de la guerra acentúa su dramático trémolo cotidiano. Desde la portada, cuatro caballos enloquecidos galopaban sobre un cielo cárdeno, mientras, a mi lado, la radio iba ribeteando el ambiente patético con noticias de desgracias: terremoto en Tokio, en Filipinas, en el Asia Menor.
No es que afirme que las cosas sean como un claro teletipo de Dios, cuya palabra se nos da a la simple aplicación cifrada. Lo que nos ocurre tiene a veces una perspectiva ampulosa, a la que solo el tiempo arranca sus limpios contornos. Los hechos son así, como piezas de un rompecabezas que únicamente en la totalidad alcanzan su armonía.
Mas en la vida hay también sucesos que titilan como un continuo invitatorio a la interpretación. Es, por tanto, que se cumple lo de Salvaneschi, de que "las cosas llegan siempre en el momento más oportuno para darnos una enseñanza". El mismo Bloy lo ha expresado con palabras más duras: "El azar es el Dios de los imbéciles".
Hoy, en el camino árido, alucinante, de la lectura de Bloy, se ha antepuesto el valladar de la Salve, y lo acepto con toda su categoría de símbolo y su alta función medianera. He aquí lo que puede ser su mensaje.
Cada vida tiene una órbita prefijada, cuya fidelidad lleva al orden del mundo espiritual. Mas cuando por el pecado se rompe el equilibrio, es preciso un esfuerzo compensatorio que lo restaure. Así, que nadie se sorprenda si en el mismo momento que un hombre goza desordenadamente, Dios sabe que hombres anónimos están siendo abrumados por el peso nuevo de una cruz.
Hay ahora una prevaricación que aterra. La Historia, es verdad, está plagada de claudicaciones, pero nunca como hoy fue el pecado tan accesible y tuvo tan escandalosa resonancia. A la civilización, lo que es en esencia para elevar y dignificar, se la ha contorsionado hasta dar con sus aristas más degradantes. El que escribe moja su pluma en fango y presume de estilista. Para el niño parece como si hubiera una salvaje complacencia en aminorar su inocencia. El robo, siempre ceñido al área del "descuidero" tiene ahora una vasta nomenclatura de márgenes, salarios base y dividendos. Hasta para el genocidio hay el refrendo de los Estados y el "santasanturum" de las clínicas anticonceptivas. Se diría que un humo viscoso, mísero, de podredumbre, llega hasta los mismos labios de Dios, forzándole a la náusea. Es, por tanto, que el motivo está a la mano para los Bloy jeremíacos.
Pero "el abismo llama al abismo" (P. Van der. Meer). Sobre la sima sin fondo de nuestra culpa gravita también el ala gigante de Dios, ese otro abismo de misericordia que se extremó hasta el paroxismo de la Cruz, y la Mano a la que es habitual el milagro le ha dado continuidad en las nuestras con el soberbio poder de la oración. Un corazón que acepta y clama – la mujer que lleva en silencio el afán diario, el niño de la "china" en el zapato, el hombre de la lesión en la espalda que descansa sobre un lecho de pino – tiene ya en sus dedos la clave para compensar, y todos los estigmas de maldición podían ser borrados con una clara actitud oferente.
¿Es posible que las manos escuetas de unos hombres puedan saldar la impagable deuda del mal? Claro que la plegaria es mucho más que nuestros atropellados padrenuestros o nuestras soñolientas avemarías. Todo el poder estabilizante de la oración radica en su fundamento sobrenatural, o sea de superación de la naturaleza. Nuestras inclinaciones espontáneas están, por el egoísmo, sin medida. En consecuencia, el hecho punible nace de un uso abusivo que allana el fiel de la balanza de Dios. La renuncia voluntaria de otra criatura pone en juego una nueva fuerza que se le opone y le supera por el valor del desprendimiento. En la oración hay, pues, una raíz de renuncia. Rezar es, por tanto, que la lágrima que arranca la tribulación brille porque lleva en su seno una mágica luz de amor, que al río rojo de los dolores lo cubra la púrpura de la aceptación, que tengamos siempre a la mano la brida para el potro de los deseos y las inclinaciones. Renuncia, siempre renuncia, a la medida de nuestras circunstancias; oración, al fin y al cabo, en carne viva.
Santo Domingo vio esta posibilidad en nuestras vidas, llevándola a la estructura del rosario: gozo, dolor y gloria. Porque, como ha dicho Jammes, "en la vida – destierro – hay gozos, dolores y glorias a la medida de cada uno". Todo es perfecto, a la larga, en la composición Divina.
Unsolo punto queda por dilucidar, el de nuestro valor para canalizar por María el gozo, el dolor y la gloria de nuestras existencias, hasta hacerlas suplir, generosamente, el vacío que deja la sangre que dilapidamos. Es esencial, porque mientras haya clamor no habrá Apocalipsis.

Beato Manuel Lozano Garrido, 07/07/2009