Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Habla siempre, Madre Iglesia, y aún con energías, que tú nunca hieres porque tu voz es dulce e inocente como la de un niño»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Premios Lolo de Periodismo Joven

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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Los pantanos se construyen en las afueras (Al pie de la tapia, 9ª entrega)

Con motivo del año de la Vida Consagrada que estamos viviendo durante 2015 (y parte de 2016), queremos compartir este homenaje de Lolo a las religiosas. "Al pie de la tapia" es la recopilación de una serie de artículos escritos por el beato Manuel Lozano Garrido, en la revista Orate, que editaba la Pontificia Unión misional del clero, para las religiosas. Y que semanalmente publicaremos para todos vosotros.

Todos los artículos de este libro están editados por generosidad del Monasterio de Carmelitas Descalzas de Jaén. Os dejamos con la 9ª entrega...

Escrito por Manuel Lozano Garrido en 1963

Portada del libro Al pie de la tapia
Este libro fue generosamente editado por el Monasterio de las Carmelitas Descalzas de Jaén. La Fundación Lolo lo distribuye gratuitamente con el único cargo de los portes del envío (más el donativo que los interesados quieran aportar).

Si está interesado en adquirirlo, puede solicitarlo al teléfono (+34) 953692408 o al email amigoslolos@telefonica.net

Hermanas:

Cuando podaron la rosaleda del parque de al lado, tomamos un esqueje y lo plantarnos en la terraza de mi cuarto, desde donde, con el tiempo, se ha ido trenzando por el enrejado y ya trepa pared arriba.

Desde lugares distintos, las anchas carreteras de vuestra santidad y el pequeño sendero de mi vida convergen en la ciudadela de la fe y la esperanza. Me detengo en estas rosas y repaso vuestro camino porque la coyuntura de dos meses de descanso en una misma vivienda de la sierra, siguiendo las horas por la campanilla de vuestro horario, me han dado la feliz ocasión de henchirme con el aroma de vuestros pétalos y abrir el alma a la ilusión de nuevas andaduras. Mis ojos cerrados recuerdan la caricia del viento y todavía tengo en mis oídos el dulce enjambre de vuestra oración.

¿Recordáis? Yo tenía mi mal como un corderillo que retoza por las pupilas y no deja ver los dedos afilados de las montañas, pero el espíritu se encarama rabiosamente en las nubes a punta de forcejeos ilusionados. Piolet de mi ascenso, cordada de mis sueños, era el terciopelo de vuestros pasos, el fru frú de los rosarios, las sedalinas voces de unas plegarias que entraban caudalosamente en la habitación con la misma gracia multicolor de las mariposas de entonces. Ahora paso por la piedra de molino del recuerdo las anécdo-tas de aquellos días y me queda en la mano ese limpio polvo de harina sacrosanta que se llama oración. Ni las peripecias de vuestros hábitos, ni los matices de un acento regional, ni el trabajo, ni los proyectos, se alzan tanto con el privilegio de vuestra identidad como el espíritu de plegaria. Rezar es un ancho cimiento que os retrata a todas más que los libros o los cilicios, el trabajo o la figura doblada sobre los surcos, la blanca vestidura del dispensario y el comedor o el vértice de la aguja que encandila los ojos. Aquí, ahora al cabo del tiempo y de las distancias, afilo el cuchillo de los pensamientos y mondo la fruta de la oración como el presente más rico de aquellos días.

Como sabéis, las truchas remontan los ríos buscando el agua clara que necesitan para la vida. De la perca, un pez asiático, se dice que resbala por el lecho de las corrientes que se secan para sorber el jugo de los prados y hasta en la noche trepan por los árboles buscando frescura en las ramas.

Para medir a las almas basta sólo con dos dimensiones: la de cielo y la de fango. Los espíritus grises tiran para el suelo, como los gases nocivos de las cocinas de butano. En cambio, los pulmones honrados buscan los promontorios de las colinas, y allí se ensanchan, con el aire virginal que les oxigena.

Vuestros conventos anidan así en lugares solitarios, porque los pulmones de la sociedad clarifican una respiración que se carga con actos oscuros o pensamientos mal intencionados. Con razón pensaba Donoso Cortes que, “los que rezan hacen más por el mundo que los que combaten”. Sois así como el suspiro que se escapa, para aligerar, en una tarde de cansancio.

Fijaos bien con todo: que un claustro no se parece en nada a un pulmón de acero vitalicio, bueno únicamente para las fases de cura. Lo que entra y sale de vosotras está asociado a la respiración más o menos fatigosa de la comunión social del mundo. Salvaneschi decía así que, “el que reza nunca está solo”. Vosotras oráis intensa y necesariamente, dramáticamente, a noble destajo de salvación y un viento de purificación clarifica el ambiente que emponzoña el hedor del mal.

Si los pantanos los construyen muy lejos de las ciudades, no es para que unos cuantos técnicos se encojan de hombros, aislándose de los problemas del bien común, sino para recoger la fuerza que viene del cielo y encauzársela luego a los hombres, en el bienestar regulado de las acequias y la energía motriz.

El primer Aleluya de la oración hay que cantarla así: por este milagro de liberación colectiva. De tejas abajo, uno no puede menos de sentir el temblorcillo por las piernas por la carga de tantas criaturas, pero, la meta de Dios, que es inmensa, no se pisa con la arrancada solitaria, sino tirando de todas las criaturas que nos rodean y atravesando el portón de los cielos alabando a Dios a coro, como en el himno de una sinfonía de Beethoven. Por eso os dañan tremendamente los que toman el rábano por las hojas de los dulces que fabricáis o las sábanas bordadas para imputaros una piedad de caramelo. Los devocionarios miniados, los altares con flores de terciopelo o las estampitas almibaradas, son la más tremenda calumnia que puede caer sobre la reciedumbre de vuestro espíritu. La mujer fuerte de la Escritura tiene la colosal fortaleza de las rodillas que sangran, de la necesidad del corazón que forcejea, la disposición de un espíritu que calma tanto en la consolación como en la sequedad y el silencio.

Así es como lo entendéis vosotras cuando desbordáis los bancos de la capilla para deletrear también esos otros "salmos", aparentemente vulgares, de las curas, la clase, los trabajos domésticos, la obediencia a ciegas, o la misión humillante; "Padrenuestro", dicen las manos que se ajan mondando patatas, el traslado que no gusta, o el frío que hiere como un cuchillo en las madrugadas. "Avemaría", rezan también la velanocturna en la sala del hospital y el despertador que corta el sueño en la madrugada para el rezo de Maitines. Templo es a la par la celda, los pasillos, el aula de las matemáticas y el cuarto de plancha, porque lo que da acento contemplativo a una vida es el revuelo del corazón, la entrega íntima y el pensamiento coronando las cordilleras de la tierra para vivir pegadas a la sustancia de Dios. "No la voz, sino el suspiro; no el clamor, sino el amor; no el arpa, sino el corazón, canten Salmos a los oídos de Dios", concluyamos con Salvaneschi.

La paz, la alegría, el optimismo y el arrebatado modo de sentir la esperanza, se escriben en unas páginas de contactos reales con el cielo que son muy distintas de las de una literatura candorosa y estúpida. Las rosas que despuntan en vuestro corazón son como más bellas porque cuajan entre espinas, alanceadas por las aristas de la escarcha y los huracanes.

Lo que da razón de ser a este ciclo tiene el sorprendente hallazgo de un milagro, Pero es que realmente ocurre así: en la oración hay la misma confluencia de pasmo, de prodigio y de regalo que en una multiplicación de panes y de peces, o un Lázaro amortajado que anda o unas ánforas de agua artesiana que de pronto huele a zumo de solera.

Ahí no es nada; Dios y una criatura rozándose sin pasillos aéreos, sin rellanos de estrellas. Los años-luz que separan la débil realidad de las criaturas de la majestad y solidez de Dios, los salva Él de un salto fulminante. Apenas suena nuestro rin... rin... ya tenemos por dentro un dulce y divino "al-ló". Por cierto que no se sabe de ningún usuario de esa telefónica que haya tenido quejas del servicio.

Cuando un hierro sale rojo de la fragua, da tanto calor que arrebata la cara del herrero. La seguridad y el poder que trasmina el fuego de Dios, están a la altura de la misma felicidad que comunica. Rezar es crearnos una acequia que garantiza un caudal de gracia que la vida necesita. Rezar es, a la par, vivir con un San Gabriel al lado, que se queda como testigo de una nueva Encarnación a nuestro nombre.

El Dios que amasó los planetas y nos dio el prodigio de los soles, es también el mayor portento de los desvelos paternales. Nuestra debilidad garantiza el lado asequible de su corazón, como un recién nacido tiene fijo el sudor del padre y hasta los mimos que se ganó con su infancia. Gertrudis Von le Fort pensaba bien: "la humildad es una hija de la omnipotencia y penetra hasta el rostro del Señor".

En la oración pasa como en las vasijas que, cuanto más desnudo aparece el barro, más fina se filtra el agua y se purifica el corazón.

En lo individual, la oración, es como un chorro fresco que viene a orear el ardor de las pasiones o la tibieza de la vida gris; como un molde de vida sana, útil, noble y bella que viene a configurar los perfiles de la actuación de cada día. La oración arranca incesantemente las malas hierbas que nacen en la sementera de nuestra felicidad.

Aunque seáis mujeres hay que apretar mucho las clavijas de la oración incesante, llevando a vosotras la frase de San Agustín que diría: "La oración es la fortaleza de las mujeres y la debilidad de Dios". El gran poder de las vírgenes les viene de su humildad. La paradoja del Dios limpio y glorioso que muere en el patíbulo de los asesinos, se cumple en el brío que sentimos los hombres en las tentaciones de la vida por el vaso de cristal de vuestro cuerpo y alma que se talla y se hace roca al fuego que insufla el Espíritu Santo.

Y ya, quiero que mis últimas palabras remachen la urgencia y la función social de la oración. El mundo, con los hombres, las realidades, los sueños, los peligros y las esperanzas gravitan sobre las leves superficies de vuestras palmas. Veinticuatro horas repartidas, apenas si tocan a milésima de segundo de oración por cada criatura, pero el esfuerzo del alma, la transverberación de todas las cosas por el espíritu de plegaria, puede operar el milagro de encaramar lentamente el mundo, hasta situarlo en una órbita de santidad. Es una hermosa misión que se os encomienda. Vuestra generosidad tiene la palabra.

Vuestro siempre,
Manuel Lozano Garrido

Beato Manuel Lozano Garrido, 08/07/2015