Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Da gracias al ángel que clavó en tu frente el lucero de la verdad y lo bruñe a todas horas»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Beato Lolo, amigo, ruega por nosotros

No tuve la fortuna de conocer a Lolo personalmente. Le publiqué artículos en alguno de los Medios de Comunicación que dirigí; pero me llegaban indirectamente a través de agencias de prensa. Le conocí a través de aquellos escritos y, sobre todo, de sus libros, una vez que a él se le llevó ya el Padre común.

Me afilié, inmediatamente a la Asociación de Amigos de Lolo. Soy, pues, formalmente al menos, amigo de Lolo. A través de la asociación he ido entrando en su mundo, he escrito y hablado sobre él con cierta frecuencia. Me siento amigo de Lolo.

Desde el día en que la Iglesia nos autorizó a invocar su intercesión, proclamándole Beato, añadí a mis oraciones diarias la universal jaculatoria para orar a los beatos y santos, con un añadido personal : Beato Lolo, amigo, ruega por nosotros. Hoy por hoy, y provisionalmente hasta que la Iglesia, si lo considera oportuno, le inscriba en alguno de los tradicionales grupos de santos (mártires, confesores, doctores...), Lolo encabeza para mí el grupo de santos amigos. Y me he preguntado si al Beato Lolo le encajaría esta clasificación.

Si algo me impresionó siempre en Lolo, además de sus dos grandes cualidades --la transformación del dolor en alegría y la continua presencia de Dios--, fue su benévola y amistosa mirada sobre la gente. Sus escritos son un friso de caracteres sobre los que proyecta una mirada de comprensión y de cariño (amistad): el chupatintas, el minero, la maestra de pueblo, el gerente de una empresa, el médico, el que va en el metro o se pone delante de un periódico, el propio periodista... Sobre los defectos y fallos de todos ellos, echa la capa de la comprensión, porque de la corbata o el abrigo para atrás hay sólo una criatura que navega con dificultades.  Y, aún a los que socialmente aparecen como los hombres del alma dura, el  los mira benévolamente por una razón muy superior: también ese hombre a veces cae de rodillas ante Dios, cuando se quita los lápices y la cartera del chaleco, para echar contigo un rato en el que sólo sea un hombre de rodillas, sin matemáticas en las sienes...

Y todo lo demás de todos sus personajes,  es positivo; porque en ellos está Cristo: al minero que sube cada mañana para enterrarse en la mina, le ve pasar desde su balcón como Cristo en bicicleta. Una amistad, en la que él cree y proyecta sobre todos, porque viene del Amigo por excelencia, el que siempre echa una mano: Porque un Cristo al que se puede contar las palpitaciones o que siente el cansancio del trabajo del taller, es como un amigo que nos echa la mano por la espalda y nos dice "Aúpa, hombre, que esa tentación es fácil de vencer y se puede ser bueno durante las 24 horas del día". Y uno levanta la cabeza y tensa los músculos porque son unas fibras gemelas las que lo dicen y dan el ejemplo. (1)

Desde su sillón de ruedas eleva su oración por la infinidad de gentes sencillas a las que ama y desea que sean santas. Y así invoca a María en su plegaria final de El sillón de ruedas:  Siémbranos la bondad hasta llegar a una perfección "standard"; santos a manojillos: los municipales, las mujeres que van a la compra, las mecanógrafas, las telefonistas y los pobres hombres en sillón de ruedas.

Pero, sobre todo, Lolo creó amistad, enseñó amistad, hizo que la semilla de la amistad fructificase de manera impresionante. El día glorioso de su beatificación dejó una imagen que puso lágrimas en los ojos de los miles de asistentes. Acabado el rito de su beatificación, por el fondo de la gran explanada, un grupo de hombres, introdujeron, llevándolos sobre sí mismos, sus restos mortales, ya gloriosos. Eran los amigos de Lolo. Los que, de niños y adolescentes, se sentaban a su alrededor, le subían sobre una tarima, para que les viera, antes de quedar ciego, con su cabeza inclinada hacia abajo como un crucifijo. Y le escuchaban las lecciones de cómo ser cristiano. Apenas murió supieron que su amigo era santo. Y se empeñaron en la tarea de llevarle a los altares. Lo han conseguido.

Sí, gracias a ellos, ya somos muchos los que podemos ponernos de rodillas y pedir cada mañana y cada noche:Beato Lolo, amigo, ruega por nosotros.

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(1) De un art. publicado en "Cara y Cruz" nº 27 Marzo 1962

Venancio Luis Agudo, 30/12/2010