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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
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«Cada hombre es un sistema planetario de vocación, aspiraciones e ideales, girando en torno al astro del corazón que las calienta y vivifica»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Navidad. Alegría con y sin Pandereta

Carta de Manuel Lozano Garrido, Lolo, a unas monjas amigas en la Navidad de 1961.

Hermanas:

¿Verdad que con las palabras suce­de como con las cosas nuevas, que de pa­sarle la mano pierden el brillo y se hacen rutinarias? Me acordaba de esto con las felicitaciones de Navidad. Estuve despa­chando las de los amigos y pensaba en que - qué lástima de la palabra - "felicidad", tan limpia, tan hermosa, tan fundamen­tal; y tan gris, a fuerza de saludos de tien­das de comestibles. Me he dicho que tenía que felicitaros con el corazón, sobre los "crismas" bonitos y las frases de circuns­tancias, y aquí estoy, con el pensamiento de cada una de vosotras de cara a Dios y ese deseo de que seáis eterna y radiantemente dichosas, que es el fin de la naturaleza humana.

Pienso y os digo que nunca es más oportuno el pensamiento de la felicidad, que en este día. El 25 de diciembre, más que una hermosa fiesta hogareña, más que una esperanza, es una evidencia de felici­dad, la sed infinita que hay en la raíz del corazón que desciende ya del cielo y se nos pone sobre la palma de cada uno.

En realidad a partir de Belén, cada criatura que se esfuerza no hace sino mar­char por un camino de gloria fácil, dejar­se llevar por esa fuerza divina que le en­carna y le arrastra velozmente hacia una meta en donde se cumplen limpia y perpe­tuamente los sentimientos de paz, de ale­gría y de gozo. Desde Navidad, con el Niño que nace, somos como los bebés de un rei­no de bienaventuranza. Nadie mejor que vosotras lo ha entendido así. Lo dicen las alas de vuestros pies y el revuelo de vues­tro corazón ahora que empezáis a instalar el Nacimiento, o el brillo de vuestros ojos cuando ensayáis canciones, rebuscáis musgo por la huerta o desempolváis las viejas figuras de colorines. La ternura y el escalofriante misterio de un Niño recién nacido lo anunciáis tan sólo con el mensa­je de la alegría.

Mirad, os quiero contad que ano­che nosotros también pusimos el Naci­miento. No os puedo decir que es pobre porque nunca será pobre ni aún un leve pensamiento de Dios. No es más que las tres figuras del Misterio, puestas delante de los libros, sobre un travesano de la bi­blioteca. Luego quisimos que allí hubiera también como un símbolo palpable de nuestro reconocimiento y hemos colgado del techo una gran estrella de purpurina, con su guirnalda y todo de verde y pape­les que relucen. Sin embargo, ahora mis­mo me decía que hay que ver la indiferen­cia de este Belén con canas y aquellos otros que empezamos a instalar con unas figu­ras que fuimos comprando al lado del abuelo y que cada año alineábamos sobre la mesa del comedor con la misma ilusión infantil y las mismas canciones de una vida que se despliega en esperanza. ¿Por qué no hay ahora en mi cuarto una bulla de zambombas? ¿ Es que la ilusión de Navi­dad se derrite al fuego de la vida, como la leyenda infantil del regalo de los Magos?

Lo bueno de la Navidad es que está sobre las edades y los tópicos, los fraca­sos y los triunfos, los accidentes y las de­bilidades. Lo hermoso de esta felicidad es que Dios está en el destino de cada perso­na y allí se hace árbol de Amor que vive siempre en primavera, aunque en el cuer­po en que habita haya tribulaciones, peli­gros y sufrimientos.

Cuando Dios da a compartir su alegría lo hace sin cortapisas, con nieve o sudando, con días de fiesta o jornada de trabajo, con cantares o entre lágrimas, al nacer o con el impacto de la muerte. Su júbilo sobrenada sobre los domingos y las fies­tas oficiales. Es una fuente que siempre tiene a punto su chorro claro para cada hora. Permanece siempre, se crece siem­pre, fructifica siempre.

Por eso hay que tener cuidado con la zancadilla de las "luces". Con la ale­gría cristiana cabe el peligro de que nos la escamotee "nuestra" alegría, el molde de la alegría en uso. Y como la alegría una raíz tan limitada de risas y festejos, la paz se nos puede perder durante las circuns­tancias serias y difíciles. En un dolor de cabeza o durante una humillación no hay carcajadas, pero a ver quien puede negar el gozo que hay allí de la aceptación por amor. Las celdas se barren los lunes y los martes, sin fulgores de domingo; quejas y curas de enfermos se hacen en la noche y correcciones y titubeos de cartillas de ni­ños en los días grises; pero Dios sigue cada día sonriendo al fondo, sobre la aparente oscuridad y el baño común de las cosas. No habrá destellos ni iluminaciones, pero un algo secreto nos dice que estamos en buen camino y que, desde donde quiera que nos miren, los ojos de Dios permane­cen serenos y confirman nuestros pasos. Esa es la sustancia eterna de la alegría, la que vale porque está sobre las consolacio­nes momentáneas.

Tan ancho y tan pleno es el mensa­je de la encarnación que también Cristo nos ha dejado la lección de estos ángulos "negros". Belén tiene ofrenda de requeso­nes, misión de ángeles y sonrisas de Niño sonrosado, pero nadie puede quitarnos, a su vez, el edor del establo, el frío, la po­breza o la angustia de una noche sin posa­da. Son realidades que Dios quiso incrus­tar en su misión como un elemento más a lo que salva. Antes que "padre" o "ma­dre", ya quedó en el pesebre la primera palabra del tesoro redentor de la alegría dolorosa. Lo que de verdad nos dijo en­tonces es que la alegría será siempre po­sible; que tiene un signo "más" que se cre­ce sobre los triunfos, pero también sobre los fracasos aparentes, los dolores y el duro y lento caminar de cada hora. ¿ Para qué darle vueltas? : la Pasión sangra ya en el Niño que sonríe entre la muía y el buey.

Por favor, que nadie me piense un aguafiestas. A ver si me entendéis: lo que quiero dejar bien claro es este cuerpo ro­busto de la alegría cristiana, su transcendencia y su universalidad.

Desde el concepto vulgar sólo se puede sonreír con el cuerpo sano, sin pro­blemas, o con discos y con monedas en el billetero. Por el contrario, desde Belén, la paz, el júbilo y la serenidad florecen ver­daderamente en la dura labor del trabajo y la obediencia, en la áspera línea de los vencimientos, en tantas contradicciones, quejas y dolores como rezuman las camas de los dolientes. El color de la comunidad cristiana es el blanco de la alegría y no el negro, (como alguien ha querido tachar­le); y es el blanco pensando en el símbolo clave del sepulcro abierto de Cristo.

Sangre hay también en las palmas agujereadas del Mesías que resucita, como en las leves manilas del Niño entre paña­les, pero ya sólo cuenta la luz y la paz.

Vuestro siempre,
Manuel Lozano Garrido

www.amigosdelolo.com, 23/12/2010