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- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Cástulo, la perla del Guadalimar

Jaén: sus pueblos, sus costumbres, sus campos… (6ª entrega)

El Beato Manuel Lozano Garrido toma su pluma muchas veces en su vida para hablar de la Provincia de Jaén. La siente en lo profundo; desea para ella un resurgir humano, económico, espiritual… Valora sus costumbres y su arte. Pero descubre también sus posibilidades ocultas de mayor desarrollo. Es periodista que pisa el suelo, a pesar de no bajarse nunca de su sillón de ruedas. Palpa con sus manos inmóviles la realidad muchas veces dura de sus comprovincianos; ve  en su ceguera las alegrías y los dolores de los giennenses… Deja constancia de ello en muchos de sus artículos. Hoy te presento la sexta entrega de una serie de ellos.

Rafael Higueras Álamo
(Postulador de la causa de Canonización de Lolo)

CÁSTULO

LA PERLA DEL GUALIMAR

Manuel Lozano Garrido
Revista LINARES, nº 46; abril 1955

Una antiquísima tradición atribuye al río Guadalimar la entrega generosa de abultadas perlas, que iban a engrosar el tocador de esclarecidas damas castulonenses y hasta de muchas de nuestras predecesoras actuales, para después realzar su fastuosa belleza. Se dice, que hasta hace escasamente un siglo, era aún normal ser sorprendido, al revolver ciertos joyeros, por el  ópalo brillante de estas esferitas mínimas de clara genealogía guadalimeña.

Verosímil o discutible, lo que no cabe polemizar es que a la margen diestra del río, se cuajó un día, en la ciudad ribereña, el más suntuoso regalo con que pudo soñar el hombre de estas tierras. En el espejo de aguas lentas, que apenas ahora reflejan la yunta y la mancera, y sobre el que riela la canción opresiva del silencio, se delineó antaño la traza maravillosa de una geometría pétrea y el perfil de unas siluetas femeninas, a cuyo amor se doblegaba la estela de los más bravos capitanes.

Cástulo fue la más rica perla que cristalizara el Guadalimar. Desde sus prolegómenos que se pierden en los de la historia patria, hasta esa generosidad sobre la muerte, todo un ciclo de riqueza confluye cabe estos muros abatidos sobre los que tamborileó el eco gigante de la Historia.

La plata que une

Ya su origen nos habla de la atracción que ejercían sus circundantes riquezas subterráneas. Las primeras noticias que alcanzamos dicen de un núcleo indígena que cultivaba las minas en 1.019 (a.C.) y cuya amistad codiciaba el mercantilismo fenicio. Textos competentes indican como fundador a Cyrreo Phocense, de cuya esclarecida estirpe había de nacer la mujer cuyo encanto gravita aún sobre la ciudad sepulta, como una alegórica supervivencia de las virtudes que le dieran lauros.

Por el linaje que la alumbrara, la primitiva agrupación debió tener ya su importancia. Lo prueba la sorpresa de las vanguardias cartaginesas al darse de bruces con toda una perfiladísima organización plutocrática de sentido hereditario. El gobierno lo ejercían poderosas familias nativas que transmitían a la descendencia un derecho tácito al mando, prolongado a lo largo de azarosas y contrapuestas dominaciones.

Si el comercio fenicio fue atraído a Cástulo por un imperativo de lucro, el belicismo africano halló en ella abundante materia prima para el arsenal de sus ulteriores aventuras. Todo el valor estratégico que suponen la plata y el plomo soterrados lo alcanzaron Asdrúbal y Aníbal forzando al máximo las explotaciones mineras. En consecuencia, zona de riqueza, pasó a ser la sede permanente de los dos atrevidos hermanos conquistadores. Desde Sierra Morena a la margen del Guadalimar, un ritmo febril de trabajo se apodera entonces de la geografía, y la belleza y suntuosidad de sus edificaciones. Enmarcan el momento un hecho histórico y otro sentimental: la subida al mando de Aníbal, un mozo de apenas veinte años, y su vinculación matrimonial a Himilce (significando “princesa”), una doncella castulonense de quien los cronistas posteriores no saben qué admirar más, si sus portentosas discreción y belleza, de las que Silio Itálico hizo encomios sin cuento; si su linaje, que hacen derivar del fundador y del rey Milicio; si su riqueza, de la que era prenda la mina de Membaca, que aportaba en dote, y que producía entonces “300 libras de plata pura y acendrada”.

Himilce, a la vez que hito emotivo, es también símbolo de la habilidad diplomática de sus connaturales, que alcanzaron ese punto de elasticidad que permite la concesión, sin menoscabar las características raciales.

Bajo la feliz coyunda, las zancadas de Cástulo tienen entonces sitio de honor en la marcha ciclópea del capitán que agoniza a las sombras mismas de los sillares romanos.

La huella de las legiones

El poderío romano sorprende a Cástulo en un camino avanzado de grandeza. Aparentemente, la nueva era es un duro contratiempo para las gentes favorecidas de Cartago. Y sin embargo, Cástulo palia las circunstancias, y de la nueva coyuntura saca provecho en grado sumo.

El proteccionismo de las legiones reporta a la ciudad su índice máximo de grandeza. Coincide ésta con la famosa paz octaviana y con el más famoso aún nacimiento de Cristo. El Sol, que en la mañana de Navidad ve al Redentor sobre un rústico establo, alumbra un cuadro antagónico tierra adentro, a la otra vera del “Mare Mostrum”. Ante el “Calcedonensis Fori”, la plaza de Cástulo, toda una portentosa línea de edificaciones colosales se abre camino entre la orgía de mármoles que doblega la gracia del estilo helénico. Hasta la mayestática fijeza del león escultural que aprisiona en su zarpa un corderillo indefenso, y ante el que se juramentaban los magistrados meditando la sentencia al pié - “Acuérdate, cuando estuvieres airado, que la noble ira del león deja toda su ferocidad con los que no le resisten y se le sujetan”-, llega el clamor del circo, el murmullo de la Fuente Cabalina o la limpia dicción de los trágicos que representan en el vasto teatro. A veces, la campiña cercana en que andando los años ha de resonar la pisada de Tarik, el invasor agareno, oye un fragor como de combate oceánico; es que en la naumaquia, el amplio embalse donde se escenifican batallas navales, evolucionan las quillas para entretenimiento de las multitudes. Otras, es el rumor monocorde que se alza de los baños públicos, donde, entre un revuelo de túnicas púrpura, miente y platica la flor y nata de la ciudad. La Vía Aurelia, la famosa ruta internacional de entonces, que prolongándose en la Heraclea, unía Roma con nuestra Gadir (Cádiz), en el sur, cruzaba de medio a medio lo que hoy es Linares y sus famosas Ocho Puertas. De aquí, cierta vía espaciosa volcaba sobre Cástulo una cosmopolita y abigarrada muchedumbre. Por doquier, la escarlata de los mantos, el florilegio de los capiteles, la plata que tornasola o el esquife de las murallas vocean el momento cumbre de Cástulo, que vive su edad de oro.

Al fin, cristiana

Parece que no es dable alcanzar un punto superior de felicidad. Y sin embargo Cástulo, ansiosa entre las primeras, se abre también a la dicha que ofrece la predicación cristiana. La luz eterna que está sobre la Roma temporal se filtra incontenible por entre la granítica estructura de las calzadas romanas. Nos la trae San Eufrasio, desde su sede iliturgitana, y el hombre de aquí se aferra a ella con la fuerza que nace del hallazgo de la verdad. Después, el nombre de la ciudad se metamorfosea en el de Cazlona. En su seno florece al par la rosa de un templo cristiano, y el rocío divino cristaliza la perla entre las perlas del Guadalimar: Santa María de Cazlona, que, andando los siglos, se trasplantaría milagrosamente a un lentisco de Linarejos. El estruendo y la lujuria de las bacanales callan, al fin, aherrojadas por la plegaria que armoniza Secundino, primer obispo con sede en la ribera del río. La voz de los pastores de Cazlona tiene también la resonancia ecuménica de los concilios: S. Secundino está en el de Illiberi; Marcelo, en el de Córdoba; Amiano, en el Sardicense y Teodoro, en el de Toledo.

Pero detengamos la enumeración somera de las glorias de Cástulo. ¿Para qué seguir? ¿No basta lo expuesto para afirmar que sus murallas fueron como un cofre gigante que atesoró la mayor riqueza patrimonial del río?

Elegía final

El camino que aleja de Linares por el sur es un sendero de elegías y silencios. Ya al comienzo, apenas los pasos amortiguan la resonancia de la ciudad, se alza el dolor tremante de un Camposanto. Si continuáis la marcha os sorprenderá al cabo el murmullo moroso, casi imperceptible de una corriente. Deteneos al fin. Si fijáis la vista en torno, saborearéis entonces la clásica estampa bucólica, apenas alterada por las ruinas recosidas de un viejo paredón. No os engañéis. A unos centímetros, bajo el “campo de soledad, mustio collado” que allanan vuestros pies, columnas y basamentos dormitan, fatigados por el largo acontecer de los siglos. ¿Cómo y quién hizo posible tan tremendo escamoteo? Prolija contestación que llevaría ancho espacio y que merece una glosa al margen.

Lolo, periodista Santo
(Blog de ReligionEnLibertad.com)
Manuel Lozano Garrido, Lolo, 14/01/2013