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Benedicto XVI: Al decir 'Yo creo', es mi vida la que debe cambiar y convertirse

Valiosa catequesis del santo padre sobre la fe expresada en el Credo.

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 23 de enero de 2013 (Zenit.org)
Durante la habitual Audiencia de los mi√©rcoles, el papa Benedicto XVI se dirigi√≥ a los fieles y peregrinos que llegaron hasta el Aula Pablo VI para escuchar sus ense√Īanzas. Esta vez, el tema estuvo centrado en la fe del creyente, que se hace vida en la profesi√≥n de Credo de la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas:

En este A√Īo de la fe, quisiera empezar hoy a reflexionar con ustedes sobre el Credo, es decir, sobre la solemne profesi√≥n de fe, que acompa√Īa nuestras vidas como creyentes. El Credo comienza as√≠: "Creo en Dios". Es una afirmaci√≥n fundamental, aparentemente simple en su esencia, pero que nos abre al infinito mundo de la relaci√≥n con el Se√Īor y con su misterio. Creer en Dios implica el adhesi√≥n a √Čl, acogiendo su Palabra y gozosa obediencia a su revelaci√≥n.

Como ense√Īa el Catecismo de la Iglesia cat√≥lica: "La fe es un acto personal: es la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela a s√≠ mismo" (n. 166). Ser capaz de decir que se cree en Dios es por lo tanto, junto a un regalo --Dios se revela, va a al encuentro con nosotros--, es un compromiso, es la gracia divina y responsabilidad humana, en una experiencia de di√°logo con Dios, que por amor, "habla a los hombres como amigos" (Dei Verbum, 2), nos habla a fin de que , en la fe y con la fe, podamos entrar en comuni√≥n con √Čl.

¬ŅD√≥nde podemos escuchar a Dios y su palabra? Fundamental es la Sagrada Escritura, en la que la Palabra de Dios se hace audible para nosotros y nutre nuestra vida de "amigos" de Dios. Toda la Biblia cuenta la revelaci√≥n de Dios a la humanidad; toda la Biblia habla de la fe y nos ense√Īa la fe contando una historia en la que Dios lleva a cabo su plan de redenci√≥n y se acerca a nosotros los hombres, a trav√©s de muchas figuras luminosas de personas que creen en √Čl y confian en √Čl, hasta la plenitud de la revelaci√≥n del Se√Īor Jes√ļs.

Es muy bello, en este sentido, el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, que acabamos de escuchar. Aquí se habla de la fe y se sacan a la luz las grandes figuras bíblicas que la han vivido, convirtiéndose un modelo para todos los creyentes. Dice el texto en el primer verso: "La fe es la certeza de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve" (11,1). Los ojos de la fe son por lo tanto capaces de ver lo invisible y el corazón del creyente puede esperar más allá de toda esperanza, al igual que Abraham, de quien Pablo dice en la Carta a los Romanos que "creyó, esperando contra toda esperanza" (4,18).

Y es sobre Abraham, en que me gustaría centrar nuestra atención, porque es el primer punto de referencia importante para hablar acerca de la fe en Dios: Abraham, el gran patriarca, modelo ejemplar, padre de todos los creyentes (cf. Rom 4,11 -12).La Carta a los Hebreos lo presenta así: "Por la fe, Abraham, llamado por Dios, obedeció partiendo a un lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, habitó en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas, como también Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa.Esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios "(11,8-10).

El autor de la Carta a los Hebreos se refiere aqu√≠ a la llamada de Abraham, relatada en el libro del G√©nesis, el primer libro de la Biblia. ¬ŅQu√© le pide Dios a este patriarca? Le pide que parta, abandonando su pa√≠s para ir al pa√≠s que le mostrar√°: "Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostrar√©" (Gen. 12,1). ¬ŅC√≥mo habremos respondido nosotros a una invitaci√≥n as√≠? Se trata, de hecho, de una partida en la oscuridad, sin saber a d√≥nde Dios lo guiar√°; es un viaje que pide obediencia y confianza radicales, al que solo la fe puede tener acceso. Pero la oscuridad de lo desconocido --donde Abraham debe ir--, es iluminado por la luz de una promesa; Dios agrega a la orden una palabra tranquilizadora que le abre a Abraham un futuro de una vida en toda su plenitud: "Har√© de ti una naci√≥n grande, y te bendecir√©, har√© grande tu nombre... y en ti ser√°n benditas todas las familias de la tierra "(Gn. 12,2.3).

La bendición en la Sagrada Escritura, se relaciona principalmente con el don de la vida que viene de Dios y se manifiesta principalmente en la fertilidad, en una vida que se multiplica, pasando de generación en generación. Y a la bendición está conectada también la experiencia de ser propietario de una tierra, un lugar estable para vivir y crecer en libertad y seguridad, temeroso de Dios y construyendo una sociedad de hombres fieles a la Alianza, "reino de sacerdotes y nación santa" (cfr.Es. 19,6).

As√≠ Abraham, en el dise√Īo de Dios, est√° llamado a convertirse en el "padre de una multitud de naciones" (Gn. 17,5;. Cf. Rom. 4,17-18) y a entrar en una nueva tierra donde vivir. Pero Sara, su esposa, es est√©ril, incapaz de tener hijos; y el pa√≠s al que Dios le lleva es lejos de su tierra natal, y ya est√° habitado por otros pueblos, y no le pertenecer√° nunca realmente. El narrador b√≠blico hace hincapi√© en esto, aunque muy discretamente: cuando Abraham lleg√≥ al lugar de la promesa de Dios: "en el pa√≠s estaban en aquel tiempo los cananeos" (Gn. 12,6). La tierra que Dios le da a Abraham no le pertenece, √©l es un extranjero y lo seguir√° siendo para siempre, con todo lo que ello conlleva: no tener miras de posesi√≥n, sentir siempre la pobreza, ver todo como un regalo. Esta es tambi√©n la condici√≥n espiritual de aquellos que aceptan seguir al Se√Īor, de quien decide partir aceptando su llamada, bajo el signo de su invisible pero poderosa bendici√≥n. Y Abraham, "padre de los creyentes", acepta esta llamada, en la fe. San Pablo escribe en su carta a los Romanos: "√Čl crey√≥, esperando contra toda esperanza, y se convierte en padre de muchas naciones, como se le hab√≠a dicho: As√≠ ser√° tu descendencia. √Čl no vacil√≥ en la fe, a pesar de ver su propio cuerpo casi muerto --ten√≠a unos cien a√Īos--, y la matriz est√©ril de Sara.

Ante la promesa de Dios no vaciló por incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que lo que había prometido era también capaz de llevarlo a término" (Rm. 4,18-21).

La fe conduce a Abraham que seguir un camino parad√≥jico. √Čl ser√° bendecido, pero sin los signos visibles de la bendici√≥n: recibe la promesa de ser una gran naci√≥n, pero con una vida marcada por la esterilidad de su esposa Sara; es llevado a una nueva tierra pero all√≠ tendr√° que vivir como extranjero; y la √ļnica posesi√≥n de la tierra que se le permitir√° ser√° el de un pedazo de tierra para enterrar a Sara (cf. Gn 23,1-20). Abraham fue bendecido porque, en la fe, sabe discernir la bendici√≥n divina yendo va m√°s all√° de las apariencias, confiando en la presencia de Dios, incluso cuando sus caminos le aparecen misteriosos.

¬ŅQu√© significa esto para nosotros? Cuando decimos: "Creo en Dios", decimos como Abraham: "Yo conf√≠o en T√≠; conf√≠o en T√≠, Se√Īor", pero no como en Alguien a quien recurrir solo en los momentos de dificultad o a quien dedicar alg√ļn cmomento del d√≠a o de la semana. Decir "Creo en Dios" significa fundamentar en √Čl mi vida, dejar que su Palabra la oriente cada d√≠a, en las opciones concretas, sin temor de perder algo de m√≠ mismo. Cuando, en el rito del Bautismo, se pregunta tres veces: "¬ŅCrees?" en Dios, en Jesucristo, en el Esp√≠ritu Santo, la Santa Iglesia Cat√≥lica y las dem√°s verdades de la fe, la triple respuesta est√° en singular: "Yo creo", porque es mi existencia personal que va a recibir un impulso con el don de la fe, es mi vida la que debe cambiar, convertirse. Cada vez que participamos en un Bautismo, debemos preguntarnos c√≥mo vivimos cada d√≠a el gran don de la fe.

Abraham, el creyente, nos ense√Īa la fe; y, como extranjero en la tierra, nos muestra la verdadera patria. La fe nos hace peregrinos en la tierra, insertados en el mundo y en la historia, pero en camino hacia la patria celestial. Creer en Dios nos hace, por lo tanto, portadores de valores que a menudo no coinciden con la moda y la opini√≥n del momento. nos pide adoptar criterios y asumir una conducta que no pertenecen a la manera com√ļn de pensar. El cristiano no debe tener miedo de ir "contra la corriente" para vivir su fe, resistiendo a la tentaci√≥n de "uniformarse". En muchas sociedades, Dios se ha convertido en el "gran ausente" y en su lugar hay muchos √≠dolos, diversos √≠dolos y especialmente la posesi√≥n del "yo" aut√≥nomo. Y tambi√©n los significativos y positivos progresos de la ciencia y de la tecnolog√≠a han introducido en el hombre una ilusi√≥n de omnipotencia y de autosuficiencia, y un creciente ego√≠smo ha creado no pocos desequilibrios al interior de las relaciones interpersonales y de los comportamientos sociales.

Sin embargo, la sed de Dios (cf. Sal. 63,2) no se extingue y el mensaje del Evangelio sigue resonando a trav√©s de las palabras y los hechos de muchos hombres y mujeres de fe. Abraham, el padre de los creyentes, sigue siendo el padre de muchos hijos que est√°n dispuestos a seguir sus pasos y se encaminan, en obediencia a la llamada divina, confiando en la presencia benevolente del Se√Īor y aceptando su bendici√≥n para ser una bendici√≥n para todos. Es el mundo

bendito de la fe a la que todos estamos llamados, para caminar sin miedo tras el Se√Īor Jesucristo. Y a veces es un camino dif√≠cil, que conoce tambi√©n la prueba y la muerte, pero que se abre a la vida, en una transformaci√≥n radical de la realidad que solo los ojos de la fe pueden ver y disfrutar en abundancia.

Decir "Creo en Dios" nos impulsa, por lo tanto, a partir, a salir de nosotros mismos continuamente, al igual que Abraham, para llevar en la realidad cotidiana en que vivimos, la certeza que nos viene de la fe: la certeza, es decir, de la presencia de Dios en la historia, a√ļn hoy; una presencia que da vida y salvaci√≥n, que nos abre a un futuro con √Čl en pos de una plenitud de vida que nunca conocer√° el ocaso.

Traducido del original italiano por José Antonio Varela Vidal V.

Artículo original en este enlace
www.zenit.org, 24/01/2013