Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Madurar cada día un poco más el corazón, como la luz, como la flor, como la fruta, como la vida»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Premios Lolo de Periodismo Joven

Laura M. Otón, IX Premio Lolo de Periodismo Joven Irene Pozo Hernández, VIII Premio Lolo de Periodismo Joven José Beltrán Aragoneses, VII Premio Lolo de Periodismo Joven Cristina Sánchez Aguilar, VI Premio Lolo de Periodismo Joven Laura Daniele, V Premio Lolo de Periodismo Joven Samuel Gutiérrez, IV Premio Lolo de Periodismo Joven Pedro J. Rodríguez, III Premio Lolo de Periodismo Joven Pablo J. Ginés, II Premio Lolo de Periodismo Joven María Gómez Fernández, I Premio Lolo de Periodismo Joven
Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Catequesis del Papa Francisco, 19 de octubre de 2016

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Una de las consecuencias del llamado «bienestar» es la de llevar a las personas a encerrarse en sí mismas, haciéndolas insensibles a las exigencias de los demás. Se hace de todo para ilusionarlas presentándoles modelos de vida efímeros, que desaparecen después de algunos años, como si nuestra vida fuera una moda a seguir y cambiar en cada estación. No es así. La realidad debe ser aceptada y afrontada por aquello que es, y a menudo hace que nos encontremos situaciones de urgente necesidad. Es por eso que, entre las obras de misericordia, se encuentra la llamada del hambre y de la sed: dar de comer a los hambrientos —hoy hay muchos— y de beber al sediento. Cuantas veces los medios de comunicación nos informan sobre poblaciones que sufren la falta de alimento y de agua, con graves consecuencias especialmente para los niños.

Ante ciertas noticias y especialmente ante ciertas imágenes, la opinión pública se siente aludida y nacen de vez en cuando campañas de ayuda para estimular la solidaridad. Las donaciones se vuelven generosas y de esta manera se puede contribuir a aliviar el sufrimiento de muchos. Esta forma de caridad es importante, pero quizás no nos compromete directamente. En cambio cuando, caminando por la calle, nos cruzamos con una persona necesitada, o un pobre llama a la puerta de nuestra casa, es muy distinto, porque ya no estoy ante una imagen, sino que estamos comprometidos en primera persona. Ya no existe distancia alguna entre él o ella y yo, y me siento interpelado. La pobreza en abstracto no nos interpela, pero nos hace pensar, hace que nos lamentemos; pero cuando vemos la pobreza en la carne de un hombre, de una mujer, de un niño, ¡esto sí que nos interpela! Y de ahí, esa costumbre que tenemos de huir de los necesitados, de no acercarnos a ellos, maquillando un poco la realidad de los necesitados con las costumbres de moda para alejarnos de ella. Ya no hay distancia alguna entre el pobre y yo cuando nos cruzamos con él. En estos casos, ¿cuál es mi reacción?, ¿miro hacia otra parte y sigo adelante? o ¿me paro a hablar y me preocupo por su estado? Y si tú haces esto no faltará alguien que diga: «¡Éste está loco porque habla con un pobre!». ¿Miro si puedo acoger de alguna manera a esa persona o intento librarme de ella lo antes posible? Pero quizás sólo pide lo necesario: algo para comer y para beber. Pensemos por un momento: cuántas veces rezamos el «Padre Nuestro», y no obstante no prestamos verdaderamente atención a aquellas palabras: «Danos hoy nuestro pan de cada día».

En la Biblia, un Salmo dice que Dios es aquel que «da el alimento a todos los seres vivientes» (136, 25). La experiencia del hambre es dura. Algo sabe quién ha vivido periodos de guerra o carestía. Sin embargo esta experiencia se repite cada día y convive junto a la abundancia y el desperdicio. Siempre son actuales las palabras del apóstol Santiago: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga tengo fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están sin ropa y desprovistos del alimento cotidiano y uno de vosotros les dice: «Iros en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (2, 14-17) porque es incapaz de hacer obras, de hacer caridad, de amar. Siempre hay alguien que tiene hambre y sed y me necesita. No lo puedo delegar a alguien. Este pobre me necesita, necesita mi ayuda, mi palabra, mi compromiso. Esto nos afecta a todos. Es también la enseñanza de esa página del Evangelio en la cual Jesús, viendo tanta gente que desde hacía horas le seguía, pregunta a sus discípulos: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman estos?» (Jn 6, 5). Y los discípulos responden: «es imposible, es mejor que tú les despidas...». En cambio Jesús les dice: «No. Dadles vosotros mismos de comer» (cf. Mc 14, 16). Se hace dar los pocos panes y peces que tenían consigo, los bendice, los parte y los distribuye a todos. Es una lección muy importante para nosotros. Nos dice que lo poco que tenemos, si lo ponemos en manos de Jesús y lo compartimos con fe, se convierte en una riqueza superabundante.

El Papa Benedicto XVI, en la Encíclica Caritas in veritate, afirma: «Dar de comer a los hambrientos es un imperativo ético para la Iglesia universal. [...]». El derecho a la alimentación así como el derecho al agua, revisten un papel importante para conseguir otros derechos. [...] Es necesario, por lo tanto, que madure una conciencia solidaria que conserve el alimento y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones» (n. 27). No olvidemos las palabras de Jesús: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6, 35) y «si alguno tiene sed, venga a mí» (Jn 7, 37). Son para todos nosotros, creyentes, una provocación estas palabras, una provocación para reconocer que, a través del dar de comer a los hambrientos y dar de beber a los sedientos, pasa nuestra relación con Dios, un Dios que ha revelado en Jesús su rostro de misericordia.

 


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Los invito a salir al encuentro de las necesidades más básicas de los que encuentren a su camino, dando lo poco que tienen. Dios, a su vez, les corresponderá con su gracia y los colmará de una auténtica alegría. Muchas gracias.

Artículo original en este enlace
www.vatican.va, 19/10/2016