Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
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«Lo m√°s destacable de la vida de Lolo es su Alegr√≠a continua y contagiosa»
- Rafael Higueras √Ālamo -
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Segunda ediciůn del libro inťdito del beato Lolo

El dulce equilibrio

Manuel Lozano Garrido
Signo, 24 de marzo de 1951

Cerr√≥ el libro y fij√≥ sus ojos en la clara oquedad de la ventana; aquellos ojos dulces de Mar√≠a Paz, que viv√≠an en un tran¬≠quilo lago de ideales remansados y que, como dec√≠a su t√≠o Antonio, que ten√≠a algo de poeta, "eran un cielo tranquilo y azul, en el que titilaba la paz ser√°fica de su alma”. ¬†Porque la¬† vida joven de Mar√≠a Paz¬† se hab√≠a deslizado siempre en un sereno equilibrio, que no hab√≠a sido quebrado ni a√ļn en la hora cenital¬† de su adolescencia. Y no es que ella hubiese sido insensible a los atractivos que, a sus dieciocho a√Īos floridos, le brindara el lado rosa de la juventud, sino que en el fondo de su coraz√≥n sent√≠a como una √≠ntima caricia ¬†al deslizar sus afectos sobre la paz en calma de las cosas. Amaba la tierna quietud de los prados dormidos, el vuelo de seda de los p√°jaros, el tranquilo discurrir de los arroyos y, sobre ellos,¬† la suma belleza de la virtud. Desechaba, en cambio, con una innata aversi√≥n, el lado estridente de unas circunstancias que en s√≠ encerraban un caudal de ilusiones torcidas, y por ello, cuando ¬†un hecho trataba de romper la placidez de su equilibrio, el instinto vital de Mar√≠a Paz volv√≠a siempre por su serenidad. Parec√≠a como si todo el sentimiento del "Poverello" le hubiese anidado en los hondones del alma.

Sin embargo,una desaz√≥n extra√Īa la acuciaba con insistencia aquella ma√Īana espl√©ndida del mes de mayo. Una serie de triviales sucesos encadenados estaban ocurri√©ndole con una rapidez inusitada. Hab√≠an dado comienzo, al salir de misa, en la llama de un chispazo fortuito. Recordaba que en aquel instante la brisa leve le iba cantando alegr√≠as frescas en el coraz√≥n y que todo su ser palpitaba henchido por el don gra¬≠cioso de aquel cotidiano vivir. Nunca con m√°s claridad hab√≠a sentido la certeza de su vocaci√≥n y destino; Dios la¬† llamaba al servicio sencillo, del que las cosas no eran sino un p√°lido reflejo. De repente ‚Äďbrusca- al torcer de una esquina hab√≠a surgido ante ella la figura de un mozalbete que con los ojos relampagueantes por un perverso instinto tiraba de un hilo cuyo otro extremo estaba atado a la pata de un gorri√≥n en desesperado revoloteo por desasirse del lazo tan cruelmente tejido; el tiranuelo se regocijaba en la tremenda impotencia¬† del animal, mientras el coraz√≥n de Mar√≠a Paz se vio s√ļbitamente envuelto por un dogal de ternura.

- ¬°Su√©ltalo! -dijo incontenible-¬† ¬ŅQu√© te hizo el pobre animal?

- ¡Es mío! ¡No quiero dejarlo! -respondió el muchacho.

Comprendió  que por aquel camino nada podría conseguir, y cambió de táctica:

- ¬ŅCu√°nto quieres por √©l?

El muchacho se detuvo; la crueldad daba paso a la codicia.

- Una peseta ‚Äďcontest√≥.

Y a los pocos minutos el piar del pájaro sobre el corazón de María Paz parecía que devanaba el copo del agradecimiento.

*     *     *

En casa le aguardaba una nueva emoci√≥n en la carta de su amiga Pilar. Dej√≥¬† el p√°jaro que, saltando por el suelo de la habitaci√≥n, empez√≥ a dar muestras de alegr√≠a, y se enfrasc√≥ en la lectura de las letras de Pilar, que desde una ciudad andaluza le pintaba con vivos colores sus andanzas por la tierra nativa. Bull√≠a en la carta el esp√≠ritu inquieto de la antigua colegiala; aquel esp√≠ritu que en los d√≠as de convivencia escolar tantos ratos de regocijo les hab√≠a proporcionado y por lo que la recordaba con tanta a√Īoranza. Sus frases estaban salpicadas de ingeniosos dichos y al final de la carta la invitaba con insistencia a las pr√≥ximas fiestas, que promet√≠an ser divertidas en extremo. “Mis padres ver√≠an tu venida con sumo gusto; adem√°s, t√ļ sabes que ellos no se meten en nuestras cosas”.

Su primer impulso fue el de un s√≠ que la colm√≥ de alegr√≠a. M√°s de una vez hab√≠a acariciado en su intimidad el deseo desaborear en su pr√≠stina belleza aquel pintoresquismo provinciano, del que su amiga era el m√°s vivo ejemplo. Y, sin embargo, hab√≠a un no s√© qu√© extra√Īo en los √ļltimos renglones de la carta que velaron su alegr√≠a; aquella frase: "T√ļ sabes que ellos no se meten en nuestras cosas", le tra√≠a algo que asociaba al recuerdo de los padres de su compa√Īera; el estupendo fondo de Pilar lo hab√≠a visto ella peligrar en m√°s de una vacaci√≥n, por la ligereza ambiente de unos padres que todo lo fiaban en las manos¬† de los educadores. Entonces pens√≥ que aquel deseo tal vez pod√≠a encerrar alg√ļn obst√°culo a su vocaci√≥n, e inclin√≥ la vista para, releer la invitaci√≥n de Pilar. En su abstracci√≥n le pareci√≥ o√≠r vagamente la voz juguetona de su hermano, que correteaba por el jard√≠n, y el picoteo del p√°jaro sobre el alf√©izar de la ventana. Busc√≥ el escrito, y sus ojos se enredaron con estas palabras finales de la p√°gina: "El vuelo de la juventud..."

Se detuvo perpleja. La juventud era entonces como un p√°jaro que llevara dentro de s√≠, como un instinto vital, la imperativa necesidad de volar hacia horizontes ilimitados. S√≠, era verdad; hac√≠a tiempo que se lo ven√≠a a ella cantando la espiga de infinito que d√≠a a d√≠a le estaba germinando en el trigal de sus sue√Īos; un sentimiento inexplicable que la urg√≠a a no desentonar en el aleteo radiante de las obras creadas y a saborear las mieles de toda belleza en su m√°s puro y sublime sentido.
Un grito y un como vagido bruscamente contenido la sacaron con dureza de sus pensamientos. Corrió a la ventana impulsada por un nefasto presentimiento y pudo contemplar sobre el verdeante césped del jardín, la figura del in­feliz pajarillo, que en sus deseos desesperados de libertad había encontrado la muerte entre los pies juguetones de su hermano.

*     *     *

Cuando transcurri√≥ un buen rato trat√≥ de hallar en la lectura un consuelo a su tristeza. Abri√≥ el libro por la se√Īal que indicaba el sobre azulado de Pilar y empez√≥ a leer: “El vuelo de la juventud es como el primero del ave que con sus alas puede llevar a la vida o a la muerte”. El p√°jaro..., la vida..., la muerte...

Fue como un dardo de luz que disipó en un instante la noche oscura de su alma. Aquella frase le estaba repicando en el corazón con la firmeza de un proverbio salomónico; era el equilibrio vacilante que volvía por sus fueros en entredicho.

Desde el jardín irrumpió arrollador el mensaje inefable de la primavera y los ojos de María Paz, radiantes más que nunca por el gozo de la dicha, se perdieron en la infinita grandeza de lo azul; de aquel cielo azul al que se aferraban en un decidido propósito de jamás volver a desprenderse.

Su mano derecha dejó caer, indolente, la carta de Pilar...

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Lolo, periodista Santo
(Blog de ReligionEnLibertad.com)
Manuel Lozano Garrido, Lolo, 21/10/2013