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El “BOOMERANG” de Andrés Segovia

Manuel Lozano Garrido
Diario Jaén (Segovia, 1971)

Cuando periodistas y locutores sacan a colación el nombre de Andrés Segovia, suelen hacerlo con un grato calificativo que le honra en su dimensión o su verdad y a nosotros nos favorece en su asociación: el de linarense universal.

Nacido en ese exacto y palpitante corazón de la ciudad que son las Ocho Puertas, su genialidad, luego su renombre y siempre su arte, fueron ensanchando las muestras de admiración hasta acomodarlas a los límites del planeta. Su nombre hoy salva las características de un idioma para tomar la políglota expresión de los aplausos. Aquello que empezó siendo la simple hoja de un tomo, en el Juzgado de Linares, le ha llevado a ser, por el milagro de la belleza, un hombre sin fronteras y quizás por su categoría, el primer ciudadano del mundo que se inscribe en el censo de lo universal a golpe de gracia y armonía de sus seis cuerdas.

Nunca perdimos así en Linares a Andrés Segovia, sino que, por el contrario, el es el que ha ido dilatando consigo el perímetro de nuestras calles y plazas, para darnos a la anchura de lo universal. Linares se escribe, de este modo, con las mismas siete letras de la palabra Segovia y se pronuncia al ritmo de sus seis cuerdas vibrantes.

Pero la fama y la popularidad, con esos rostros amorfos que les da el cosmopolitismo o los aplausos bien sonados, pero sin memoria de rasgos familiares ¿pueden llenar la necesidad afectiva de un corazón? El de Andrés Segovia ha vivido el impalpable hielo de los vestíbulos de los grandes hoteles y la dureza de esas manos que abrazan secamente con el cinturón de seguridad de los aviones transoceánicos. La civilización, a fuerza de achicar a los pueblos, los universaliza en el tesoro y la necesidad común de los amigos que frecuentan la tertulia, los familiares que se saludan a la vuelta de la esquina y las calles que se iluminan con las farolas de los instantes felices, colgadas en forma de dulces recuerdos.

Si Linares pecó de olvido con Segovia, bien que lo ha recompensado en los últimos años. Si un día vino y, como se cuenta en la anécdota, quiso preguntar a un guardia urbano por su persona y le contestó que “no le sonaba”, hoy viene y pasea con una grata familiaridad que es el incógnito para saborear la hora del nuevo retorno. ¿Por quién y cómo se hizo este prodigio? Por la cordialidad de unos hombres que me resisto a personalizar para no ser injusto en las omisiones. Junto a Tomás Reyes Godoy, trigo necesariamente los apellidos de López Poveda, porque al aire de este contacto ha surgido un empeño y una tarea que es muy meritoria en su realización e incalculable en su diana. Alberto López es hoy por hoy una pieza clave en la vida y el afecto de Andrés Segovia y su relación va a dar a la ciudad lo que sólo fuera concebible por el trabajo de todo un equipo. La vida de Andrés Segovia está siendo reconstruida por él detalle por detalle y hora por hora unas veces por revelaciones directas del ilustre guitarrista y otras por unas indagaciones incluso internacionales, que otro hubiera abandonado por difíciles o imposibles, pero que a fuerza de tenacidad se están coronando triunfalmente. Jalones de su vida, detalles familiares, fechas y ambientes de conciertos todo va siendo pasado por el rigor de los hechos históricos para cuajarse en una biografía del impar guitarrista que, por la pureza de sus fuentes, no es fácil igualar.

Día por día, centenares de cartas de dirección internacional se cristalizan en la mesa de despacho de López Poveda. Muchas fallan, pero otras vuelven con una respuesta que compensa la reclusión y el sacrificio del autor. Amante servidor del orden, sus archivos “segovianos” con un imitable ejemplo de organización y efectividad.

Estadísticas, cartas geográficas que se pespuntean de banderitas con las actuaciones del maestro, salen de su mente para ir exigiendo en su abundancia las paredes de las salas de un museo en el que se dé a  todos el más exacto perfil artístico y humano del personaje que vio la luz bajo nuestro cielo. Junto a su busto, allí será posible ver un día la inseparable guitarra que hoy vibra en las manos del mago, como también oír  su propia palabra expresando emocionalmente el deseo de reposar un día al cobijo de está ciudad que, puede que con retraso, pero nunca tarde, supo calar en su corazón por la fuerza sentimental de una sincera y consecuente amistad.

La obra de López Poveda merecerá ser conocida para gozo y admiración de todos los linarenses, familiarizados con las fotografías de Andrés Segovia, pero ajenos todavía a ese mágico  “flash” que le está retratando en su más válida imagen de la interioridad.

En lo que a mí toca, como linarense, le doy desde aquí las gracias por ese “boomerang” o regreso sentimental a su pueblo que ha acertado a realizar con el artista, a fuerza de desinterés generoso, de sentimiento de patria chica, de cordial amistad y de corazón.

Beato Manuel Lozano Garrido, 29/06/2017