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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
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- Beato Manuel Lozano Garrido -
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El dolor se arrodilla: Oración a las tres de la tarde del Viernes Santo

Manuel Lozano Garrido
Revista Vida Nueva (sf)

Cristo Jesús, hermano nuestro:

Déjame decir antes que nada que, a Ti, sobre el Calvario, no te clavaron sobre unos leños barnizados; ni que pasaste por la vida escoltado por los guardaespaldas que usan los poderosos; ni que tu hora definitiva tuvo arcos de triunfo y bandas de música, sino apenas el ruido de una losa sepulcral que se parte. Tú, el Rey de Reyes, tienes también sobre ellos la primacía y la corona de la sencillez, el aire y el modo de ir por la vida con eso que nosotros, con ojos humanos, llamamos la vulgaridad de un Juan Nadie. Nazaret te vio bajo el ángulo gris de hombre trabajador, y los traficantes que acudieron aquel día a comerciar a Jerusalén sólo notaron, hasta la hora del terremoto y los portentos, tu áspera apariencia de hombre condenado, eso que aún hoy se repite de vez en cuando en cualquier cantera o en el patio de una fortaleza.

Los que en esta tarde venimos a Ti sabemos muy bien de ese ángulo de madera sin cepillar que son las cruces; las cruces, Señor, que si uno no sabe cargar a su modo pasan la piel como las astillas que descarnan. Por muy bonitas que salgan en las procesiones y las pinten en los cuadros, las cruces nunca serán objetivamente bellas. Cristo: fuiste tan maravillosamente paradójico que hoy cualquier criatura se puede llamar a sí misma crucificada y no pecar contra la soberbia. Desde que la plantaste a mitad de camino entre la divinidad y el barro de los hombres, la Cruz es confluencia y encrucijada de amor. Lo que Tú cargaste de más de nuestro calibre de criaturas, nosotros podemos tomarlo de tu parcela de Dios. Te miramos, y, como nosotros, tienes manos que pueden acariciar, ojos con los que revisar limpiamente, pies con las agujetas de los buenos caminos, corazón para trajinar la sangre y rodarla mansamente por todas las venas del mundo. Tú, Cristo, sabes de llagas y heridas; de disnea que atenaza y ahoga; de fiebre que revienta los termómetros; de sed que pone los paladares como la tierra del cántaro recién cocido. Por eso, a Ti, Dios y hombre circunscrito a esa órbita de los cuatro clavos, nosotros, los pobres hombres y mujeres, los olvidados, los silenciosos, los que viven la hora dura de los seres en la cuneta; nosotros, digo, alzamos la frente sobre esta epidermis sin brillo de las cosas para ver sólo la credencial de hermano nuestro, de gemelo nuestro, que a las tres de la tarde de un día como hoy firmaste con sangre al sol y al viento de una fecha de primavera. Mira, ¿ves?, yo, uno cualquiera, tengo conciencia, y lo grito, de mi naturaleza de barro, tan cerca de la de la hormiga; pero quiero airear ese injerto de sobrenaturalidad y esperanza que nos has cosido con la redención. Desde las tres de la tarde del Viernes Santo todos los hombres estamos como “encielados”. Aunque la culpa nos seque y nos haga, las más de las veces, como postes de telégrafos. Es lo de menos, porque el verdor y la frescura los dan de nuevo la vitalidad de tu sangre y la transfusión de tu Gracia.

De cara a la pena de tus cinco boquetes en la pasión, uno baja la cabeza con cierto pudor de decir que sale de meditar tu muerte con una sensación de alegría. Y es verdad, porque lo que al fin queda sobre el griterío de la multitud deicida es el volteo de las campanas de la Resurrección. Fíjate, Cristo, que nosotros estamos aún en la flagelación y la esponja de vinagre cuando no nos escuece todavía el preámbulo del dolor, ese beso de Judas que es la caída del paraíso. A veces, uno mismo se sorprende mordiendo los labios o con un reguero de lágrimas que arden por las mejillas: es el dolor físico, el imperativo humano que gesticula en la carne; pero Tú, que eres médico de almas y tienes rayos X para la conciencia, sabes de ese poso dorado que es la alegría de nuestro corazón.

El dolor es una llamada tuya y un privilegio que canta en nuestra vida con la bravura de un río joven. Por eso, antes que nada, te damos, Señor, las gracias por la distinción de tu mirada, por la promoción de nuestras vidas al área redentora. Lo que vale, lo que nos pone de rodillas sobrecogidos de misterio es esa emoción de comprobar una por una tus pisadas y sentir que es nuestra sandalia la que se puede amoldar a tu huella, desmenuzar tus peripecias de condenado a muerte, el cargo de la Cruz, las caídas o el despojo, y hallarlas paralelas en los matices dolorosos de unas criaturas corrientes y molientes.

Beato Manuel Lozano Garrido, 18/04/2018