Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Trabajo en equipo, por el bien de los demás, de la información, el diálogo y la creación de una conciencia social
es el NOBLE EJERCICIO DEL PERIODISMO»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
Únete a los Amigos de Lolo en Facebook Únete a los Amigos de Lolo en Twitter
 
Suscripción gratuita al Boletín de los Amigos de Lolo
Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

El valle de Belerda (Tíscar, de memoria)

Manuel Lozano Garrido
Diario Jaén (sf)

Tíscar es como el aleluya que canta esa grandiosa polifonía que integran la luz, el aroma, los colores, los murmullos y los paisajes.

Hoy he vuelto a Tíscar. En la lira de mí vida se ha roto la cuerda de las dulces visiones, pero Tíscar es como el eco de un gigante, que rueda en el tiempo y en las distancias para mantener la voz con energía. Un día, desde esa atalaya que es el sendero que pespunta la ladera de Peña Negra, mis ojos deletrearon morosamente la grandeza y la majestad del valle de Belerda y desde entonces conservo intacto en lo hondo la vibración sentimental de una hora de belleza.

Hoy he vuelto a Tíscar y, con los ojos centrados, he resucitado nota a nota las hermosas endechas de aquel himno y las impresiones las traigo aquí hoy, pinzadas en la letra de molde.

Después de muchos días, he sedimentado mis impresiones del valle de Belerda. Ante todo, pienso en esa predilección de Dios hacia el lenguaje de las parábolas. Por eso, la vida nuestra, el rebullir, cantar y sufrir de los hombres también puede tener su cuerpo visible de laderas y de valles. Se me ocurre que, sobre la pizarra de este mundo panorámico, Dios ha podido desplegar gráficamente la gran teoría de la existencia como en una hermosa mañana de juicio final. La vida espectacular y triunfante digo que está aquí, escoltada por su angustia y su triunfo. Ancho, exuberante, el valle se abre a una amplitud que se rodea de montañas. Es como un coliseo gigante, en el que todo eso que aglutinan el dolor y la muerte -lo limitado-, y la gloria -la inmortalidad-  siguen paso a paso desde las gradas -sombra y sol- los detalles de la representación de la vida. Todo lo que la existencia tiene de poderoso y representativo, está sobre la ancha arena de la hondura. Hasta mí llega el fulgor de ese mundo de los sentidos que se afirma y que se exalta desmesuradamente. Es portentosa esa sensibilización especial que tienen las imágenes, los sonidos y las fragancias. Por ejemplo: los que riegan, los que van por los caminos o el humo que se ahila en las chimeneas, se ofrecen con una meticulosidad de microscopio. Por añadidura, la huerta desperdiga toda su violenta teoría de tonos verdes. Y, sobre todo, el delirio del cielo, la gama de los matices infinitos, como un edén de los colores. A su vez, la estereofonía de la gente del valle, las palabras que se dicen modosamente en las puertas de los caseríos  y se transplantan con la misma gravedad, un perro muy lejano que habla y respira y le oímos como si nos jadeara a la silla, el golpe de la azada, el rechinar del trillo… Y siempre, como en un ritmo de perfumes, la albahaca, el trigo, los maizales. Lo que nuestros cinco trofeos nos crecen habitualmente en las calles y en las oficinas, su fuerza y su regusto, lo sube el valle sobre un pedestal y lo corona.

Pero las conquistas de cada hora nos las corroe el pensamiento y la evidencia de lo limitado. Por eso, desde la línea final del valle, se empieza a crecer la otra cara visible de lo que nos mina y nos sentencia. El páramo es como una inmensa pantalla, en la que se va proyectando ese matiz trágico de nuestra sustancia que tiene al dolor y a la muerte como protagonista. El “suspense” de nuestra naturaleza de barro, él lo escribe con su desolación y sus grandes manchas de sienas y de ocres. El páramo tiene su latido de vida, pero es una vida disminuida en la grandeza de las proporciones, casi soterradas bajo el brochazo avasallador de la arcilla. Aún la expansión vegetal de la Dehesa, se diluye en un verde distante, como de cielo anubarrado. Incluso en su ascensión hacia los cielos, el páramo tiene los hitos blancos, de unas cumbres nevadas, que son, al fin  y al cabo, señales de desolación. Eso sí: en su línea de frontera con el valle -la vida- sitúa esas dos avanzadillas de angustia que son un cementerio y una salina. El cementerio es, como todo su paisaje, un símbolo descarnado, sin componendas ni paños calientes. Encaramado en una colina, aún abanica su mensaje con los últimos rayos del sol que se pone. Pero, con todo, el páramo es, sustancialmente, bello, impresionante, arrebatador, como lo es todo dolor que se transciende y toda muerte que se glorifica.

Por último, el ángulo feliz que encarna la Naturaleza tiene un revoloteo de pájaros de piedra que se levantan desde la misma tierra que pisamos. Circunstancialmente me ha caído el lado de una geografía de triunfo. Las cumbres son como las agujas de la gran catedral de la Naturaleza, porque aquí todo ya es como una oración de rocas, como una bravura del espíritu que se inmortaliza. Por eso, mirar a la Peña Negra y al castillo es como lanzarse descaradamente a una degustación espiritual.

Si el paisaje es una parábola, también podría tener su moraleja. El valle -gozo-, el páramo -dolor-, y las cumbres -gloria-: son como las tres partes de un bello rosario -el de la vida humana- que tiene sobre los cielos la ancha promesa y la bendición de una cruz inmortal.

Beato Manuel Lozano Garrido, 29/07/2015