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- Beato Manuel Lozano Garrido -
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La imaginería, un arte sin truco

Al aproximarse la Semana Santa es oportuno que se ofrezca alguna reflexión de Lozano Garrido sobre ella. Son muchas y  con profundidad.

Me parece bien recordar algo que el otro día leí escrito por algún obispo andaluz. Era su intento centrar lo esencial de estos días santos. Llegaba a denunciar el que convirtamos las procesiones, en desfiles y los días del Triduo santo en días de interés turístico, precisamente por esas procesiones.

Somos humanos, corpóreos. Y ciertamente que nos entran las ideas por los sentidos, y los ojos y el oído hacen sentir al corazón. Cierto que son buenas,  muy buenas, esas manifestaciones plásticas: casi se puede ‘ver y tocar’ el misterio el amor de Dios manifestado en Jesucristo (que decía S. Pablo) a través de esas magníficas imágenes de Cristo, de la Virgen.  Digo, de paso, cómo era el fervor del Beato Lolo, cuando ya ciego él tocaba, con su mano casi totalmente inmóvil, las pequeñas imágenes que podía soportar sobre sus piernas. Con qué fruición escribe sobre la imagen de la Virgen de Tíscar, o sobre la Santa Cena… Pero también él escribe  -¡y hace de ello ya casi 50 años!- cómo se había descentrado lo esencial, el núcleo que da consistencia a esas mismas manifestaciones de fe que deben ser la Procesiones de semana santa.

Ofrezco este artículo: que sirva para revisar y reflexionar en lo que hacemos y veneramos en estos días. Santos.

Rafael Higueras Álamo
(Postulador de la causa de Canonización de Lolo)

La imaginería, un arte sin truco

Víctor de los Ríos enfoca los misterios pasionales como no se ha hecho en veinte siglos

Manuel Lozano Garrido
Signo nº 901-902, 16 de abril de 1957

Con «La Sagrada Cena» y «El Descendimiento», que ha ultimado estos días, son ya cerca de trescientas las figuras que tiene en su haber el imaginero santanderino Víctor de los Ríos, académico de la de Bellas Artes sevillana, miembro de la Comisión de Arte Sacro de León y, en suma, el hombre que parte de la Biblia y de los Evangelios para sus portentosas creaciones. De  «La Sagrada Cena» ha dicho Gómez Aparicio que es una de las realizaciones más atrevidas, más originales y más documentadas de la historia de la imaginería.

— En veinte siglos de cristianismo es la primera vez que se ha intentado una plasmación exacta del ambiente en que se instituyó la Eucaristía –nos ha dicho el artista, iniciando el diálogo.

— Pero el tema se ha dado con reiteración…

— Sí, pero con vicios que tienen su origen en Vinci y los renacentistas. «La Cena» que nos dejó como modelo el gran Leonardo se acercaba más a una fiesta báquica que a la ritual ceremonia hebrea.

— ¿Y usted…?

— He vuelto a la mesa baja y a los triclinios en U donde, recostados sobre el brazo izquierdo, ceñida la cintura y con los pies descalzos, consumían los judíos: el cordero en torno al jefe de familia, que iba desgranando el significado de los elementos y actos pascuales.

— ¿Y el vuelo creador no se ha resentido?

— Al contrario. Al liberar a las figuras de posturas encasilladas, se ha dado paso a una gran posibilidad de expresión en gestos y movimientos. Es curioso cómo el snobismo renacentista pudo sofocar este tesoro de inspiración.

— Y usted ¿cómo sacó partido del hallazgo?

— Aprovechando el ambiente de pasión que presagió Cristo a lo largo de la cena y la sorpresa que momentáneamente produjo el gesto de partida de Judas. El espanto encarna en rostros y posturas de todos los discípulos, en contraste con la serena y dolorosa impasibilidad del Maestro.

— ¿A qué otro punto ha llevado la rehabilitación?

— Al estudio anímico y hasta anatómico de los personajes. Entre otros, he vuelto por la hombría de Juan y la sanguinidad de Pedro.

De aquí a la intimidad del artista sólo hay un paso, el mismo hacia el que deriva la conversación:

— A su fervor por el Santo Sudario ¿se le ha dado ya su posibilidad?

— Sí, con el «Cristo Yacente», de Torreperogil, y ahora con «El Descendimiento», de Linares, mi último «paso» de siete figuras. El Cristo tiene la perforación en las muñecas, con el consiguiente pliegue de los pulgares, la rigidez tetánica y el pronunciamiento del arco torácico. A sus pies está Nicodemus, dispuesto para la providencial impregnación inmediata del áloe que posibilitó el milagro de la impresión.

— ¿Hay algún tema pasional al que no se le hayan arrancado todas su posibilidades?

— La lanzada de Longinos, soslayada incomprensiblemente.

— ¿Cabría lo que ha hecho en estos dos «pasos» con otros motivos?

— Sí, en la Crucifixión y con el «paso» de «Cristo Yacente». Hay que sacar a los Cristos de esas urnas confitadas para dar al aire el glorioso momento de la consumación redentora. Habría que llegar hasta la veneración de rodillas cuando pasa el divino cadáver. ¿No ha visto esa imagen madrileña que tiene al costado un viril para la exposición eucarística? Pues ¿por qué no dar cabida a la presencia real de Cristo en el eje de la conmemoración popular?

— Las procesiones de Semana Santa tienen un fin…

— Que es el arrancar la máxima religiosidad del hecho más sublime. Avivar la fe es lo fundamental.

— ¿Cómo lo han de cumplir las Cofradías?

— Anticipándose con el ejemplo. Poniendo al frente un director espiritual y siguiendo sus orientaciones. La Cofradía es hermandad en Cristo, y el penitente, penitencia.

— ¿Y la imaginería?

— Un arte sin truco. Gubia, estofado y… pare usted de contar. ¡Cuántos han presumido de realismo con unas simples venas de escayola!

— ¿Qué prueba la autenticidad de una talla?

— La persistencia de su compostura ante una cerilla en rotación.

— ¿Y qué es un imaginero?

— El que va a la verdad de los misterios pasionales sin dramatizaciones ni efectismos. Nada de  «a Cristo malo, mucha sangre».

— ¿Cabría incorporar el arte moderno a la plástica de Semana Santa?

— Toda idea avanzada habría que supeditarla a la evolución artística de las masas, porque la imaginería tiene un estilo eminentemente popular. Lo contrario sería un aislamiento de minoría que está en pugna con el espíritu amplio de estas celebraciones.

Anotamos ya que nuestro hombre era miembro y parte activa de la Comisión de Arte Sacro leonesa. Su experiencia aquí ultima nuestra conversación:

— Allí solemos organizar cursillos de verano para los que han de relacionarse con el arte. A los sacerdotes suelo hacerles modelar para que conozcan las dificultades, y mi consigna es que ellos sólo han de usar para con las imágenes la bomba de bicicleta y la brocha de afeitar, ambas para quitar polvo y las manchas.

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Lolo, periodista Santo
(Blog de ReligionEnLibertad.com)
Beato Manuel Lozano Garrido, 19/03/2013