Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«¿Por qué vibramos más con el Dios que habita en un niño que con el que luce entre las estrellas?»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
Únete a los Amigos de Lolo en Facebook Únete a los Amigos de Lolo en Twitter
 
Suscripción gratuita al Boletín de los Amigos de Lolo

La Santidad una provocación

El arzobispo Ángelo Amato (Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos) acaba de visitar Madrid, para la celebración de la festividad de Santo Tomás de Aquino en la Facultad de Teología San Dámaso. España es últimamente un destino muy habitual en su agenda. «¡Hay demasiados santos españoles!», bromea.

Los auténticos reformadores de la Iglesia son los santos, suele repe­tir el Papa. Pero a veces pensa­mos sólo en los grandes santos del pa­sado, olvidando que los tenemos hoy tal vez en número mayor que en casi cual­quier otra época de la Historia. ¿Cómo se manifiesta hoy la santidad?
Los santos tienen una cara vuelta hacia Dios, de quien reciben la gracia para su propia santificación. Pero esta santidad personal tiene un segundo rostro vuelto hacia la Humanidad. Santo Tomás, san Ig­nacio de Loyola, santa Teresa de Ávila, san Juan de Dios… son grandes místicos, y grandes benefactores de la Humanidad, en el sentido de que su experiencia de Dios ha creado en su corazón una fuente de ca­ridad hacia el prójimo. Han fundado ca­sas de acogida, centros de enseñanza, han inventado la universidad... En Granada, san Juan de Dios fundó propiamente el hospital moderno... Los santos están in­mersos en lo social porque están inmersos en Dios.
 
¿Qué puede decir de España y de sus nuevos santos?
¡Hay demasiados santos españoles! [Ríe]¡Es lo que se dice a veces en la Congrega­ción! Por ejemplo, el año pasado en octu­bre tuvo lugar la canonización del Herma­no Rafael, un joven arquitecto que encon­tró en la oración su expresión y su voca­ción, y que ha hecho mucho bien con sus escritos. Podemos mencionar también la beatificación de Josep Samsó i Elías, sacer­dote, hombre culto y gran benefactor de su pueblo… Es un testimonio del Evan­gelio impresionante en tiempos de persecu­ción y durante la Guerra Civil.
Gracias a Dios, los santos siguen exis­tiendo en España. Está próxima la beati­ficación del Beato Leopoldo de Alpandei­re, en Granada. En Valladolid, se espera la beatificación del padre Hoyos. En Li­nares, diócesis de Jaén, la de Lolo, un joven laico brillante que tuvo una enfermedad que no detuvo su apostolado de la pluma y que fue un gran periodista.
 
Al santo y al Beato, normalmente, se les reconoce por su intercesión para un milagro, que la Iglesia sólo reconoce cuando no hay margen de duda. Curio­samente, cierta mentalidad cientificis­ta, que tanto gusta de crear polémicas con la Iglesia, guarda silencio. ¿Son los milagros una provocación?
La santidad es ya una provocación en sí misma. El milagro es una provocación en todos los tiempos. Jesús hizo milagros, y algunas personas creyeron y otras no. Un famoso enciclopedista francés dijo: «Yo creería en los milagros si una mano am­putada se recuperara». ¡Y tenemos el mila­gro de Calanda, en el tiempo de la Inquisi­ción, que era muy severa con los falsos misticismos y milagros! En la Iglesia, el milagro nunca ha sido recibido con aplau­sos. Este hecho de un joven al que prime­ro la falta media pierna y, dos años des­pués, le crece la pierna es un milagro que habría podido convertir a Voltaire. Y el obispo sintió tal pavor que llamó rápida­mente al notario y a los testigos...
El milagro es una provocación que nos demuestra la presencia de Dios. La gente sencilla reza a los santos y obtiene el mila­gro. Ésta es la realidad.
 
¿Qué valoración puede hacer del traslado de las beatificaciones a las dió­cesis, introducido por Benedicto XVI?
Después de estos años de experiencia, vemos que estas beatificaciones tienen un aspecto pastoral extraordinariamente posi­tivo. A Roma quizá irían unos pocos de mi­les de personas. En cambio, durante la pre­paración de la beatificación en la diócesis, toda la comunidad local comienza a cono­cer a la persona y se maravilla de su vida heroica. Por ejemplo, el 7 de junio del año pasado, celebramos en Antananarivo, capi­tal de Madagascar, la beatificación de Rafael Rafiringa, un gran personaje nacional. Estu­vo presente casi la nación entera: 250 mil personas, con los dos Presidentes enfrenta­dos. Les dijimos: «No habrá beatificación si proseguís con la guerra». La beatificación los apaciguó y asistieron ambos... En su­ma, estas beatificaciones tienen interés y un objetivo pastoral. La pastoral de la san­tidad debe estar incluida en una diócesis junto con la pastoral de la vocación, la pas­toral de la caridad con el prójimo, la pasto­ral de la cultura, la catequesis...
 
¿Puede decirse que el siglo XX ha si­do el de los Papas santos, comparable a los tiempos de los primeros cristianos?
En los primeros siglos, todos los Papas fueron santos. Después se produjo una es­pecie de desaparición de la santidad, a ex­cepción de algún caso, como Gregorio VII o Pío V. En cambio, a partir de Pío IX has­ta hoy, los Papas han vuelto a esta senda. ¿Por qué a partir de entonces? En 1870, el Papado perdió el Estado pontificio, pero, curiosamente, estos Papas sin poder tempo­ral añadieron a su ministerio una especie de poder espiritual, su propia santidad. Tene­mos a los Beatos Pío IX y Juan XXIII, a San Pío X, las causas de León XIII, Bene­dicto XV y Pío XI; está el Papa Pacelli, Pío XII, y Juan Pablo II... Y también Juan Pablo I: su causa lleva buen ritmo… En cierto modo, estos Papas no sólo hablan, si­no que testimonian la fidelidad al Evan­gelio a través de su vida.
Fuente: Alfa y Omega nº 675
www.amigosdelolo.com, 08/02/2010