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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Chapuzas no, corazón: o te das en todo o te echas a un lado, como los impotentes»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

La trampa

En semanas pasadas se ha ofrecido alguna muestra de esa pieza corta, que es el ‘cuento’ y que Lozano Garrido cultivó magistralmente. Son abundantes los premios que obtiene en diversos concursos por estos escritos suyos. Hoy trascribimos uno que obtuvo el premio  “Ciudad de Villajoyosa 1967”: La trampa. Fue publicado en ‘Diario YA’.

Es difícil aplicar a uno u otro de los varios cuentos escritos por Lolo el calificativo de ‘éste es el mejor’. Pero sin duda que La trampa es candidato a ese liderazgo. Su estilo que va logrando una tensión in crescendo hasta la última línea…; su ternura en el diálogo lleno de lirismo del labrador con su oveja, suena al profeta Samuel cuando habla a David reprendiéndole; es de pura vena la descripción tan fina que hace de las costumbres del campo, de la herencia paterna, de la vida en soledad en el campo…

Pero el cuento, -éste cuento- no pierde lo que es esencial en el género: enseñar deleitando, dejar anotada una lección de valor profundo: el amor es fiel; si no, no es verdadero; pero si es fiel, ‘resiste sin límite’.

Con sabiduría describe la lección, para hacer dulce la dureza reprendida.

Rafael Higueras Álamo
(Postulador de la causa de Canonización de Lolo)

La trampa 1 (Cuento)

“Aunque yo esté solo, sólo con la vida, nunca estaré solo” (J. Hierro, «Alegría»)

Manuel Lozano Garrido
Diario “Ya”

Repelada en aquel tramo, sin las cuatro filas de tejas, la barda del corral era como un enorme mordisco de perro en una hogaza. Notaba el daño con la huida del sol, pero él cinchaba la burra aprisa y se decía:

— "Es el “bicho", que anda.  A Salvador, el de Sotería, le arrambló esta madrugada nueve gallinas de las que ponen y tres pollos."

La puerta del establo estaba abierta.

— "¡Pipes, pipes!", llamaba él, desde el umbral, para encerrarlas.  Le desagradaba mucho esperar con la comba de la barba delante, y así le dio un puntapié a la última gallina, que se colocó, cacareando.  Luego, tomó el ronzal y entró en la casa, seguido del animal, que guizcaba las orejas para espantar las negras y cansinas moscas del otoño.

Con septiembre, ya la hoz colgaba quieta de la viga del techo. Luego encaramaría las granadas y chorizos o el corte de tocino por el mes de las hojas amarillas.  A él, después de todo, le iba sobrando con los cuatro cachos del puchero a la tarde.  El pimentón ya estaba puesto a secar en un tablón, sobre el suelo de cemento, con los tomates y los higos del sequero.  Pimentón para la gachamiga de la mañana y magra para los cuatro bocados de la noche, estaban bien.  El resto del mundo le estorbaba.  Otra cosa era antes, con la moza moviendo el arroz con leche y azafrán o trajinando en la alcoba.  Que si las manzanas, para la ropa del arca, o el tejo, para el dolor de muelas; que la leña; que las nueces…

La moza

Tenía la cara redonda; redondas y negras, al mismo tiempo, las niñas de los ojos, como dos pimientas grandes; redonda,  dorada y caliente la figura, como un pan que sale del horno.  Con el tiempo, lo de la moza le mordisqueaba cada vez más.  El se iba siempre por derecho.  Hacer y sólo hacer. Por eso, siempre en silencio; le iba mejor así. No la besaba porque en su barba era como el campo al ir a escardarlo, que hace ronchas en la piel, pero a ver lo que quería decir el serón, o el pañuelo de hierbas que desataba para pagarle un corte de tela al recovero.  ¿Qué iba a querer él, sino que la chica tuviese alegría y gusto por las cosas de la vida?  Pero aquel zancarrón del pueblo… Por entonces vino allí de tractorista, en un cortijo de arriba, por temporada.  Un día, aquí; otro, en la vega; la mujer, “una pera del camino, que se muerde y luego, si empacha, se arroja”.

— Del viejo, lo mejor…, la cordera y la moza, que abrigan y dan perras”, le había oído decir al pedáneo, al ir al pueblo, carcajeándose dentro de un corro del bar.

Aquella noche supo que estaba allí por la “moto” bajo la higuera.  Cantaban los grillos y el polvo acre de la parva le tenía resecos los labios.  ¿Lloraba el agua o reía en la acequia?  Dentro, sí que le iba a reventar el corazón, de coraje, al descubrirlo.

El mango de la hoz le asomaba por el borde de las aguaderas.  Lo empuñó, y así echó a correr sendero abajo hasta empujar la puerta con el hombro.  En el corral, entonces, se quebró con sequedad una risa.  Fugazmente vio a la chica abajo y un hombre echado de pechos sobre el filo de la barda.  Luego, al entrar él, de pronto, sintió las tejas que se quiebran y un golpe de cuero que cae por el otro lado.  Se dijo que era mejor cortarle la retirada, y giró sobre los talones, pero ya era tarde.  El ruido de la “moto” estalló bruscamente, hasta ahogarse en el croar de las ranas.  Así sus manos ya se aflojaron y la hoz quedó acostada sobre el suelo.

La puerta permanecía radicalmente abierta y el eco de una frágil pisada remoloneaba todavía por la calle.  Entró y la fue buscando, a sabiendas de que ya no encontraría ni sus ojos ni su cuerpo redondos. 

El chico era otra cosa

Él lo trabajaba como un madero de roble, porque en la vida había que ser así de duros, así de fuertes, así de verticales, para no caer tronchados por el huracán. Él, que el baile, la fiesta, la tasca. La tierra, en cambio, allí, hembra y sola, con la pasión del fruto corroyéndosele.

— La planta, las olivas y el trigo del viejo… Soy yo solo, de hombres, pensaba.

Vino una noche y le oyó acercarse desde fuera, llegando de las tinieblas:
— ¿Se puede?

Por primera vez notaba escalones en el ronquido de su voz:
— ¿Desde cuándo un hijo pide permiso para entrar en la casa de su padre?

Él hizo esquife de su cuerpo, como señalando con él:
— Es que no vengo solo…

Sobre un negro punteado de estrellas vio una cabeza inclinada, con grandes cabellos peinados a raya en medio, recogidos por la nuca. El mozo siguió andando, en la diagonal.

¡La mujer! Una hembra que se le gana la vida golpes de coraje, sobre el viento y la lluvia, tal y como un fruto… La tasca. La fiesta…

— Cosas de hombres ¿no? Pues desde ahora tendrás que ser hombre de verdad.

Volvió la espalda y, tomando una llave que había en el  respaldo de la puerta de la corraliza, se la alargó por el viento. Él no hizo por recogerla y sonó un chasquido en el cemento:
— Ahí tienes: una tierra y dos habitaciones. Con eso, si traes mujer, ¿qué más para notarse macho?

Ya, si cerraba la puerta, era por la garduña.  El ronzal se lo puso sobre el hombro y echó a andar.  Leal, nadie como la burra, gacha la cabeza y siempre detrás, en silencio.

De la tienda del “Comino” venía el torpe sonsonete de un acordeón, que se quebró tan sólo de verle entrar. Él anduvo derecho hasta el mostrador y sacó el pañuelo de hierbas. El “Comino” tomó una frasca y le llenó dos vasos. Él cogió uno y se lo fue volcando a caño; notó el gluglú que le iba haciendo en el garguero y se dijo que nada más le interesaba. Lo de aquellas gentes se lo sabía de memoria.

Sentía que le odiaban. Mejor ¿no le envidiarían?

— Metro, Metro Perejiles, se decían, por él.

Él, de pila, se llamaba ‘Demetrio’. Perejiles, no sabía por qué, era su padre. Con los motes del pueblo, ya se sabe, se heredan y uno los toma como un bien, lo mismo que la mula. Ellos, cobardes, le echaban dentro la bilis de su poca estatura. Pequeñajo como era, a ver quién tenía rabia de caballo para ser libre como ninguno.

— Metro, Metro Perjiles.

Metro sería, pero él encaramaba siempre la cabeza, como las águilas. De perras, no necesitaba más que aquel par de “rubias”2, que ahora hacía por sacar del pañuelo, anudado, con sus dedos roídos por las uñas. Los hombres, o recios o nada. Viviendo bajo las “cimbres”, se movían siempre como  si untaran el alma de sebo, sinuosos y escurridizos, a fuerza de sortear las piedras que les mandaba la montaña y que, en la noche, venían a estrellarse contra sus casitas de adobes. Él, en cambio, tendría o no una vara de estatura, pero siempre como el roble, como los árboles, recto y duro, galleándose con la cima de los montes. Había hecho bien su padre,  “Perejiles”, dejándole la planta de lo alto, con el viento siempre haciendo gigantescos caracoles sobre los pinos o con el rayo tirándole al monte cuchillos de fuego.

Hacía calor, un calor que hinchaba el aire como la harina de maíz cuando la mojan.  Allá en lo hondo, por la Dehesa, las nubes, negras, se pegaban al cuello, unas de otras, como los perros jadeantes de una collera.

La oía ya roncar, por detrás del cementerio, como un viejo con asma.

— Pasaría de largo si no fuera por este “escuernacabras” que la está recogiendo y la va a encarrilar por el valle. Una cosa con otra, arriba con las estrellas.

Tenía delante la gran cuesta. Al empezarla, le gustaba sentarse en la albarda, con las piernas por delante, haciendo pinza con las rodillas en el cuello de la burra. Luego sacaba la maza de esparto y subía trenzando una soguilla. Así apalancando las corvas, el cuerpo no se le iba más que un poco para atrás y la enorme muela de la Peña Osuna le llenaba plenamente los ojos. Viéndola, tiraba a veces de dos espartillos y uno lo dejaba esperar, mordisqueándolo entre los labios.

Una cosa con otra, ya llevaba medio palmo de soguilla. Estaba de ver cómo se iba cuajando la tormenta. El cielo era como la rueda de sus chisques: un manotazo de alguien y una venilla blanca que se pinta en las nubes. A él, ya de seguro que no le pillaba en el camino. Ahora iba cruzando “la Ventana”, aquel corte tan cerca de la planta, donde el viento sonaba a portazo duro y seco; la tormenta ¡bah!, era, ni más ni menos, que como ese aire: mucho ruido y pocas nueces. A él, que no le quitasen aquella vieja alegría de cuando la notaba venir en el monte, asomándose al borde de la cueva y oyendo la voz cascada del rabadán y los gañanes por el valle, comunicándose los unos a los otros el comienzo de la zarabamda. Llamar, llamar y, en un santiamén, todo el ganado apretándose, con las cabezas muy juntas.

Si te achicas, te come la Naturaleza. Fiera, ella; caballo, ella. ¿Qué pasa con un potro? Que, o le saltas al lomo, o te rompe la crisma de un par de coces. Más que madre, a veces se siente madrastra. Se parece a los perros de cortijo: gruñe, enseña los dientes, incluso te muerde si te confías, pero, si te andas listo y le rascas en el entrecejo, se ablanda como los merengues y es tuya.

Por el quiebro de la “Ventana”, el aire iba empujando la cara de la burra. A veces le lagrimeaban los ojos, allí, de la fuerza con que soplaba el viento, pero él hacía por tirar para arriba los párpados, y así dar con el vergel, que desde allí empezaba a verse.

Respirar, ahora ya, sin la mala sangre de la gente.

— ¡Dios, que tirón el bosque, de un año para otro! Eso vale sus perras, ya lo creo.

Cuando le iba quitando el cabezal a la burra, un trueno retumbó en el mismo tajo de la “Ventana” y le pudo ver el cristal de los ojos del mismo color de las liras. Entonces miró a lo alto y se dijo:

— A lo mejor trae pedrea, pero todavía me da tiempo para echarle un repaso a la huerta.

El cielo, inmenso y redondo, era así como dos manos puestas en cuenco para abrigar la llama de un sol que iba agonizando.

— Este rabión de ahora me tiene “selicaos” los habicholones. ¿No te digo? Friticos están los pobres.

Con las yemas de los dedos, daba leves golpecitos a las matas, como si estuvieran desfallecidas:

— Ya verás tú como yo te resucito. No agua, sino azucarillos, de buena y dulce que es, te voy a dar ahora.

Música de acordeón, sí que era el murmullo del caño de la alberca. A Metro, que le quitaran aquel regusto cuando, echándose el sombrero para atrás, se remangaba el blusón de alpaca e iba metiendo los brazos hasta el codo. Nunca, que no fuese aquel sitio, se había visto la cara, con los dientes roídos, la barba crecida y los ojos menudos y vivaces, afilándose siempre-

— El agua, mi agua. Oro es esto, ya lo creo. Mi cabeza alta la compro yo con esta fuente.

El cortijo, nada de nada, cuatro adobes de pie y una corraliza, pero sí que era un palacio para él y los animales a su cobijo. 

Antes de entrar le dio una vuelta.

Encontró la tierra removida en el bancal e hizo un gesto de contrariedad. Pudiera ser el viento, pero, por  la hondura, más bien se echaba por el lado de la garduña.  ¡Si le conocía él su rastro! Aunque hubiese baches, que bien pudieran ser de jabalí.

Al darse cuenta del roto sobre la tapia del corral le dio un tirón el pecho.

— Bicho eres y no de los pequeños, se dijo.

La oveja, la cabra, el cerdo y las gallinas estaban en su sitio, bien asegurados por la puerta del establo.

Fue a encerrar con ellos a la burra y luego vino a sentarse, pensativo, en el escalón de la casa para liquidar el puchero.

— ¿La garduña? ¿"El jabalí"?, se preguntaba, de uno a otro.

Para dormir, buena era una manta sobre el suelo.  La luz, ¿para qué, si él pegaba la cabeza al cemento, después de regar o echar los piensos, y ya no pestañeaba hasta el amanecer? Así y todo, se dio cuenta de que la desazón no le dejaba parar en el camastro.  Si sería por la tormenta, que estaba ya encima…

Por la puerta entreabierta veía la noche radicalmente negra y, de pronto, los árboles blancos, como si por un milagro se hiciera mediodía en un segundo. Después, el trueno, zamarreándole la mandíbula, pegada al pavimento.

Lo sentía venir  bajo la tierra, casi a galope, darle como una topada en el carrillo y luego perderse, para morir entre el croar de las ranas en la charca y el canto del picapinos. Los pájaros, para él, sólo suyos; la abubilla y el colorín; como también los otros: el aguilucho, el búho, el mochuelo; que cantaban duros, secos, siempre iguales, pero no dejaban de dar su compañía.

Por más decir, ¿aquello que se oía era una lechuza? Ahora que se daba cuenta decía que no.  Sonaba más fuerte, más llena, más hiriente) sin duda que era el cárabo.

— Claro que sí; ésta es la época. Viene y anuncia el mal tiempo. Si está ahí, es que también baja la cabra del monte, la salvaje. Él es el que la guía.

Se canteó un poco sobre la manta, para oír mejor y empezó a decirse que el cárabo no aullaba. De la garganta de los hombres de abajo, le dijeran lo que le dijeran, pero ¿saber qué era graznar o un aullido...?  Aquello que venía del bosque, sonaba a tajo recio de la navaja.

Echado como estaba, se dio un golpe en la frente y, casi en seguida, se puso de pie.

-¿El lobo? ¡Si nunca hubo reaños para hurgarme ni una hoja, cuanto ni más la cuadra! ¡Cómo no lo ciegue el hambre…!

Hambre, sí que la había por allí arriba. Sin ir más lejos, ahora, a los forestales, les daban permiso para cazar un jabalí y hacer matanza, de los muchos que existían.

- Pues sí que es lobo, se dijo, ya seguro; y los ojos relampaguearon como si a la vez tuviera dentro una tormenta de verano.

¡Un lobo!  Apenas una hora antes, mirándose el rostro en la charca y pensando en la marcha de la moza, se había dicho que iba para viejo.  Su propio brinco de montar en la bestia tampoco era el de antes.

Las manos, con todo nunca le temblaban.  En un pulso, se le doblaría aún sin que quisiera.

Un lobo, los lobos, así como un hombre; tan rapaz, tan fiera como aquel, por ejemplo, de la "moto", con sus uñas de ladrón escarbando en su honra.

Se miraba las manos a la luz de los relámpagos y notaba que, por dentro, un “yo” sesudo le iba diciendo:

— No te ciegues y mira lo viejo que  estás.

— ¡Viejo, viejo…!  Que se ponga el que quiera con un hacha, a ver quién de los dos se trinca un pino antes.

— No es lo mismo.  A lo mejor, eso es maña.  Para liarse con un lobo hay que tener la calambre del rayo en los nervios.

— Apretaba los puños y las cuerdas de la garganta se le ponían de duras como las varas de avellano.

— Toca aquí, toca aquí. Se decía, empinándose y galleando con el “yo” de dentro, prudente y asustadizo.  Y luego ya, como si el otro le hubiera tocado: ¿Qué? Di tú, ¡ea!

— Y si te vas a él ¿con qué le sales?  ¿Le matas a cantazos?

La escopeta estaba en la vivienda de abajo, como también la hoz, colgada del techo.Tener allí, no tenía más que la azadilla, apoyada en el rincón.  Se escupió en las manos, frotándoselas, y, después, la agarró por el mango.

El aullido se iba aproximando.  Lo notaba cada vez más claro y recio, como la radio del Comino, cuando le iba dando voz poquito a poco. Surgía un relámpago, sonaba el cielo como si lo resquebrajaran, y, casi en seguida, el lamento venía de más cerca, como si la bestia hubiera dado un trotecillo a la luz del resplandor.

— ¡Anda, lo que se dice éste…!; se señalaba entre las costillas a la altura del corazón, como si allí hubiera un Metro cobarde. Papillas me van a dar a mí el año de Maricastaña. ¿Quién fue el que una vez barrió de fieras “La Fresnedilla”? Tres lobos, dos jabalíes, y cinco garduñas ¡Y eso que no cuento los hurones y los bichos de pico!

Con la azadilla colgándole, se salió fuera, para hacerse cargo mejor de la situación.  De allí, donde el viento sonaba a molino grande de café sobre los pinos, venía a reclamo de la fiera.  La cabeza la echaba para atrás, con el oído pegado en aquella dirección, y la luz esporádica le iba arrojando su resplandor sobre el rostro blanco e inmenso, como una sábana de dote. Solo la labarca murmuraba, extraña e impasible.

Odiaba al lobo porque venía a hurgar en lo suyo, pero, en el fondo, lo admiraba también, porque siempre se iba por derecho, no como los “mantas” de abajo, que metían en la madriguera de un pobre y le hincaban los dientes en el cuello.  Hurones, unos; garduña, el cacique. Lo que hubiese disfrutado si, por una vez, le alcanza a él una sequía.

— Qué, Metro, ¿a por agua?

El, con el sombrero de paja quitado, dándole vueltas a la altura de la correa.

— El agua, de rica que es, es sangre, y se paga, no sé si lo sabrás. Después de todo, uno es bueno y está dispuesto siempre a serviros. Es como si también necesitas echar unos jornales.

¡Jornales! Ocho duros la almendra de vara, y llevando también la borrica propia, para el acarreo. De la levita, que le tirase Salvador, que es de los que se ahogan en un pozo, con los cinco críos que tiene.

— De estar uno en el cuerpo del bicho, ¿qué hiciera?, se preguntó, sin dejar de coger con las pupilas el manto de la noche.  -Lo primero, la cuadra, y ya una vez allí, entre la cabra y los otros, me había de quedar con la borrega.

Ahora, el aullido más bien zigzagueaba de través, como si el animal se diera en el hocico con las púas del peligro. De pronto, le notó como si ya dejase de vacilar, y se corriera hacia el respaldo de la casa, por donde venía a caer la corraliza. Entonces él giró rápido y atravesó el zaguán, camino del establo. La puerta estaba bien apostillada, pero, a través de ella, pudo oír el leve esquilón de la oveja, que temblaba. Viniera o no viniera, los animales se mantenían bien seguros, que buen roble le había echado él a los tablones, pero la barda, allí también, le acusaba de un viejo fracaso, que nunca debiera repetirse.

— Aprisa, Metro, que esta vez sí que le llevas la delantera.

Era bueno no ver a la borrega en las tinieblas para que no le ablandase el plan. Trasteando, la tomó de la cuerda, y ella, confiada, se le fue detrás hasta el patio. La ató en la pared, dándole soga para que se quedara bien, en descubierta, a la cara de todo. Ella se en­cogía, casi tiritando, pero él hizo por no sentirlo. A su corazón, le daban con los nudillos en aquel momento y saltaba la sangre de duro que lo ponía. Sin más, le dio la espalda y fue retrocediendo, hasta situarse un poco más hondo del dintel la cuadra. Una galli­na inquieta rebullía en el establo, por encima de la burra, pero su oído no estaba atento más que a las ‘señas’ de la cerca. Las  piernas las tenía haciendo horquilla y un brazo lo doblaba hacia lo alto, sujetando la azada.

Alguien iba engordando los minutos como una masa de harina. De pronto oyó el golpe duro de un cuerpo que salta y afinca y dos tejas rodaron por el suelo. Luego, las pisadas avanzaron sobre el tejadillo, por encima mismo de su  cabeza. Una, otra, ya le sobrepasaban. Dos, tres más y, o se detenía a observar, o asaltaba por fuerza. Sus nervios parecían pestugas, de tan tirantes.

— A lo mejor, ahora se decidía.

Se dio cuenta que él también doblaba las corvas, echando fuerzas en la delantera de las plantas.

Arriba, los pasos se detuvieron ocasionalmente y él supo así que habla llegado la hora definitiva. Como si le hubieran arrojado un puñado de pólvora, la noche se iluminó y, a su resplandor, vio, en el aire, el negro y largo perfil de la alimaña, con la boca abierta y las zarpas engarfadas sobre el viento. Su vieja fiera herida dentro del pecho, le dio coraje para saltar casi a la vez. El lobo cayó sobre el costado de la oveja, pero el cuerpo de él fue también como un toro que embiste, y, al choque, los tres rodaron por el suelo. Se revolvía en las sombras, daban vueltas y vueltas, pero él hacía por no perder aquella ventaja de montarle por la espalda. Una de las veces tocó algo redondo y estrecho y se dijo que era el pescuezo. Sin vacilar, apretó con fuerza la mano y supo que si por la gran tarascada de respuesta que lo clavaba en el brazo. Era como haberse colocado allí, apretado del revés, el collar de un perro de guarda. Así y todo, no le dolía, zambullido en la pelea. Sabía que estaba debajo, cara arriba, pero la mano se la había subido al animal hasta la misma mandíbula y ya le dominaba la cabeza. Si le quedase  libre la otra, bien que era suyo. A ver qué hacía. Apegando bien uno de los hombros a la tierra, hizo fuerza y basculó todo su cuerpo, girándole de costado. Hale, hale, apenas otro poco y ya. Se alegró de ver que sí, que podía y rodaban. Que le dijeran ahora si no tenía tendones de mozo.

— Aprovéchate del vuelco. Si no, pierdes la ventaja y te ves de nuevo  como al principio.

Le caían los girones del blusón, y en las manos iba notando un algo húmedo, quo no sabía si era la baba del animal o sangre propia. Ya tenía la otra mano sobre el cuello y sus dedos se ahincaban. La furia le daba empujones por la sangre, apretándoselos como una llave inglesa. Seguro que iba bien, porque el bicho jadeaba. Cuando dio un relámpago le vio los ojos y quiso notárselos apagándose lentamente. Luego supo que iba estando al alcance del fin porque las fuerzas de la alimaña empezaban a achicarse hasta   hacerse de cachorrillo, ¿Lo mataba, si podía? ¿Todo aquello, tan difícil antes, acabándose así tan pronto, casi tan aprisa como retorcer el pescuezo a la gallina de un arroz?

— Que muera, pero que también viva a la vez. Te vas, te montas en la "moto" y me vienes cinco veces de noche, que yo te espero, para matarte las cinco.

Sin aflojar, quitó una mano y fue ocupando el sitio con la planta del pie. Con la otra rodilla le sujetaba por el vientre. Entonces se hizo de la correa. Ya, después, le ató el hocico y las patas juntas, con fuerza, y, de cuatro zancadas, se fue al establo. Allá en lo alto estaba el cencerro, grande, hueco, sonando a latón. Lo fue tomando y regresó de nuevo. Iba a lo que iba, aunque se hubieran reído los otros nada más de verle. Con una sonrisa maliciosa en los labios, despacio, seguramente, se lo fue atando al pescuezo del lobo y, ya así, tiró de él y, arrastrando, lo sacó a la delantera, cruzando por la casa. Sin más, le soltó la correa, lo dejó allí y entró, apostillando la puerta. Lo sentiría de madrugada, reanimándose con la fresca. A oscuras, empezó a reírse. "Tolón", oiría, primero, lentamente. "Tolón, tolón", después, aprisa, por el terror de la fiera. "Tolón, tolón, tolón", allá, en lo hondo perdiéndose en la espesura, a galope de su mismo terror. Le llegaría la noche; otra vez el alba; de nuevo el atardecer yel badajo dale que te pego taladrando la frente y el cerebro. "Tolón, tolón", su propio toque a muerto, comido de su hambre, avisando su paso, y al borde de un escopetazo. Él, en cambio, Metro, roncando ya sobre la media manta, sin aquel ve­neno antiguo que lo acusase.

De donde le tiraba ahora la vida era desde el corral.

De paso como iba, se fue quitando la blusa y la arrojó en un rincón. Le empujaba la querencia del animal, en el patio. ¿Estaría herida? Él, con la lucha, no se había dado cuenta, pendiente, como tenía que estar, de la quijada del bicho. "Mixtos" llevaba y le echaría uno para verla despacio. A tientas, la fue hurgando ya por el lomo. Tenía una parte húmeda y viscosa, pero la herida no debía de ser muy profunda.

Sí, notó que estaba tiritando. No debía de ser de frío, sino un temblor blando y muy frágil, como de mujer que llora a solas con su pena.

Rascó una cerilla y, en seguida, le fue mirando los ojos.  Se los notó tristes, tan aguados y débiles, que un algo dulce y quejumbroso le quebró las piernas, como si fueran dos leños de una lumbre, y cayó de rodillas, con un brazo a horcajadas del pescuezo del animal, como se le echa a un amigo en horas de intimidad.  Con la otra, le hurgaba detrás de las orejas y le iba tocando suavemente el largo de la quijada.

— ¿Por qué tiemblas, mi vida? ¿A qué le temes, vellón de oro, cordero de azúcar, balido de zagal que nace? ¿Qué te apura, mi bien, si yo te cubro siempre como las alas de un águila? Cimientos tienes a mi vera que no dan las riscas del monte.

Le pasaba los dedos levemente por el testuz, susurrándole, casi con los labios pegados a su oreja.

— A ocho duros me pagan por ti, casi seis mil reales, y no te doy ni por el dinero de todas las alcancías.  Si sabré cuánto vales… Mosto de viña y hasta arrope te doy, si te viene a gana.

Su cara ya la tenía piel con piel y ahora se la iba apretando con ansia, limándole con el dejo de la voz los pinchazos de la barba.  Lejana, sorda, cansina, la tormenta se derrengaba morosamente por el horizonte. De cuando en cuando daba lentos resplandores, como un candil que se apura en el aceite.  Apenas borrosamente vio así los ojos del animal, lánguidos, tristes, apesadumbrados, como si se dolieran de una vaga añoranza, y a él, un gran dolor le sorbió el pecho, como si en lo hondo tuviera un pozo seco, duro, solo, vacio, sin nada de esperanza.  Un hombre podado de fiereza y ajeno a la mirada de los otros se le condolía en la soledad.

— Campanilla de plata, tú; sol de madrugada, tú; colores del arco iris, tú. ¿Quién pudo venir a ti, llenándote el oído como la flauta de los brujos? ¿Qué gloria te van a dar que no la tengas a mi lado? En cambio, ¡si me vieras a mí en tu ausencia, con el techo encima de uno, como si fuera de risca de la dura! ¿Por qué no vas y me dices ahora que ya nunca te alejarás de mi lado?

Se dio cuenta que algo así como un hilillo de alberca le iba pujando fuertemente por los lagrimales y se los quiso enjugar con el dorso de la mano.  Entonces un gran suspiro se le escapó bruscamente:

— Estás ‘pasaíco’ como la uva, Metro. No somos nadie. Para que después vayas y digas que todavía no eres viejo…

Viejo, viejo, viejo.

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[1] Este cuento fue galardonado con el primer premio en el concurso Ciudad de Villajoyosa en 1967. Fue publicado en Signo, revista de la Juventud Nacional de Acción Católica.
[2] Nombre que se daba a la moneda de una peseta.
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Lolo, periodista Santo
(Blog de ReligionEnLibertad.com)
Manuel Lozano Garrido, Lolo, 20/09/2013