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Las Indulgencias, en la Historia y en la espiritualidad de la Iglesia

El tema de las Indulgencias, en la Historia y en la espiritualidad de la Iglesia, es tan amplío y rico que resulta difícil apuntar algunos aspectos o detalles en un breve comentario, dando con ello pie a posibles confusiones.

1.

En primer lugar es imprescindible recordar la realidad del pecado, como ruptura y enfrentamiento con Dios, pero también como acto desordenado que repercute en la creación entera. Y eso siempre es así: no cabe pensar en un pecado tan solitario que no empobrezca al mundo entero, además de que sea ofensa a Dios.

Esa realidad del pecado sólo puede resolverse por la entrañable misericordia de Dios que nos ha visitado y redimido (Lc. 1, 68 ss): la salvación que trae Jesucristo está unida al perdón de los pecados. El camino del pecado, que es alejamiento de Dios, requiere y exige un camino de ‘recirculación’, de conversión, que es camino de vuelta a Dios, pero uniendo -por una parte- gracia y misericordia de Dios, y -por otra- libertad y voluntad de conversión en el hombre: conversión que se manifiesta en obras de penitencia, como son la oración, el ayuno y la limosna, fundamentalmente.

2.

Por otra parte, es necesario recordar algunos momentos de la Historia de la Iglesia; lo hago de modo muy esquemático con el riesgo que ello supone de caer en imprecisión.

En los comienzos del siglo IV se vive en la Iglesia la “penitencia pública”: por determinados pecados muy graves se pide y se urge, que el pecador no sólo se arrepienta de corazón -eso siempre-, sino que también manifieste externamente su penitencia públicamente. Ingresaba entonces en el ‘ordo poenitentium’, grupo u orden de penitentes. Hacía ayunos, usaba ropas de sayal áspero, no participaba plenamente en la liturgia –sobre todo, no recibía la Comunión Eucarística-, sino que se quedaba a la puerta del templo para que todos pidieran a Dios por él. Eran penitencias muy duras y duraderas las de estos penitentes. A veces para toda la vida. El Papa, o el Obispo, al entrar en el templo y verlos, podía “rebajar” esos plazos en días o meses o años. También se introdujo después, para proteger su intimidad, que tuvieran el rosto tapado para no ser reconocidos. Hay un refrán latino: Qui indulget, non urget, sed facile remittit. “El que perdona (da indulgencia) no exige urgiendo, sino que remite, aplaza o descuenta”. Es que indulgere viene de in y de urgere= no-urgir, no-exigir.

3.-

Con estas obras de penitencia (oración, ayuno y limosna) se deseaba restaurar el desorden que el pecado había puesto en la creación. No sólo se busca el perdón de Dios y el arrepentimiento del pecador; además esos actos penitenciales se hacen para quitar o borrar las “secuelas del pecado”, las penas temporales, consecuencia también del mal realizado.

Pero ya en el siglo VI se comienza a considerar la penitencia no como algo infamante (señalar a esta o esa persona con túnica de pecador), sino que la penitencia pasa a ser una práctica para todos los cristianos, pues todos somos pecadores. Y así, el ‘inicio’ de la penitencia, imponiendo ceniza, pasa a ser una práctica para todos los cristianos. Nunca el pecador es una mancha para la Iglesia cuando se convierte en penitente.

4.

A finales del siglo XI la idea de indulgencia cambia mucho. El Papa Urbano II en la época de la Primera Cruzada, concede indulgencia plenaria a quienes vayan  a esta lucha para rescatar los Santos Lugares.  Por otra parte se iba difundiendo la idea más y más de que el mérito de las obras buenas podría aplicarse a los difuntos que aún se purificaban (purgatorio). Era como un  corrimiento de la idea: si el penitente con sus oraciones, ayunos y limosnas conseguía “reordenar” el desorden que con el pecado había hecho, entonces quien hiciera esas obras buenas, no sólo conseguía para sí muchas gracias, sino que podía enriquecer con ellas a los demás, vivos o difuntos. En realidad esto es lo que significa Comunión de los Santos: que todos los bautizados vivos o muertos, en la tierra o en el cielo, mutuamente se enriquecen con sus obras buenas y se empobrecen con sus pecados.

5.

Pero pronto, en el siglo XIII (año 1215) se celebró el IV Concilio de Letrán y ya se llama la atención sobre el abuso de las indulgencias. Un nuevo corrimiento de ideas se había producido; esta vez era una idea mercantilista: ‘porque  pago, me llevo lo  comprado’. ¡Nunca podemos olvidar que, en la salvación que Dios da, TODO ES GRACIA!

Incluso aparecieron predicadores de indulgencias que, para ser más gráficos, decían: Tan pronto cae la moneda de la limosna, sale el alma del Purgatorio.

6.

No obstante en la época de la construcción de la Basílica de S. Pedro se ofrecían indulgencias a quienes ayudaran a construirla. Precisamente eso fue la gota que colmó el vaso para que apareciera la Reforma que impulsa Lutero. No fue, por supuesto, la única causa de tal Cisma, pero sí el detonante.

Dando un  salto de siglos, en los días finales del Concilio Vaticano II, mientras se recontaban los votos de las últimas sesiones (10 noviembre 1965) se introdujo en el aula una información sobre los estudios que se estaban haciendo en el tema de las Indulgencias en la Iglesia. Fueron tres días ciertamente muy duros aquellos. Pero al menos sirvieron para pulsar opiniones muy valiosas.

7.

Al fin Pablo VI, el 17 febrero 1966 y el 1 enero 1967 publicó dos Constituciones Apostólicas, respectivamente sobre el sentido y valor de las obras de penitencia, y sobre las Indulgencias. No se puede olvidar que la predicación de Cristo comienza diciendo: Poenitemini, Convertíos; o sea, cambiar de vida, volverse a Dios, es convertirse, es hacer penitencia, ponerse en camino de vuelta para entrar en el Reino de Dios. En relación a las Indulgencias (1 enero 1967) Pablo VI habla de restaurar el orden (desequilibrado por el pecado) a través de obras buenas, voluntarias, no exentas de sacrificio.

Establece también que ya sólo existirá indulgencia plenaria y parcial (se suprimen las indulgencias temporales  de más o menos días, meses o años). Y dice: El fin de las Indulgencias consiste en… incitar a los fieles a realizar obras de piedad, penitencia y caridad, especialmente aquellas que contribuyen al incremento de la fe y del bien común (nº 8).

En conclusión: “Lucrar” indulgencias (resulta chocante hasta ese verbo: ganar o lucrar) no puede servirnos para fomentar una idea mercantilista de cambio y venta con Dios, dejando en olvido que ‘todo es gracia’. Tampoco valdría una idea de tasar, poner precio, y  aplicar una rebaja en el tiempo del Purgatorio, por decirlo de un modo popular.

El fin de las Indulgencias ya lo dice Pablo VI: es incitarnos a hacer obras buenas, de piedad, penitencia y caridad, no tanto por el ‘pago’ a cambio de tal o cual acto que hagamos, sino porque esas obras, si de verdad son buenas y de corazón, fomentan el verdadero cambio interior, que es nuestra conversión y acercamiento a Dios por la piedad, y a los hermanos por la penitencia y la caridad. Y entonces estamos corrigiendo el desorden del mundo metido a causa del pecado. A esta tarea de mejorar nuestro mundo, que todos hemos estropeado con el pecado, todos también estamos llamados. Se entiende entonces el valor de la limosna y del ayuno con una visión positiva y optimista, de transformación de estructuras malas (de pecado) a las que todos hemos contribuido. Pensemos en  el deterioro de la naturaleza por abuso de ella, en las crisis mundiales por trastrueque de valores humanos profundos y verdaderos… Las Indulgencias tendrían que alentarnos a esta tarea de mejorar las estructuras de nuestro mundo, con una visión de esperanza y de Evangelio.

Rafael Higueras Álamo, 30/10/2012