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Las rosas blancas de Zoraida

LAS ROSAS BLANCAS DE ZORAIDA

Manuel Lozano Garrido
Cruzada n潞 2, II 茅poca, enero-febrero 1951

隆Qui茅n le iba a decir a Lope de Benavides, hijo de don Alfonso, el valiente conquistador de Baeza, que aquella tarde dorada, cuando fuera a apagar su sed en la fontana de Linarejos, los ojos negros de Zoraida habr铆an de prenderle en las entra帽as el fuego de un amor puro apasionado! Y, cabalmente, as铆 sucedi贸. Pero lo curioso del caso fue que en el coraz贸n de la bell铆sima doncella agarena la silueta gallarda del mancebo produjo efectos en un todo semejantes a los del castellano.

A partir de aquel d铆a, las visitas de ambos al lugar de su encuentro comenzaron a menudear y, lo que hab铆a empezado en un simple cambio de miradas, se cambi贸 bien pronto por un tierno idilio que, como las aguas cristalinas de la fontana, se deslizaba mansamente sin caer en la cuenta favorable o adversa de su futuro destino.

Era Zoraida la hija 煤nica de Omar, un platero moruno que, al amparo de las indulgencias concedidas por Fernando III el Santo, a ra铆z de la ocupaci贸n de Linares, prefiri贸, a la larga aventura del exilio, la de seguir habitando en suelo cristiano. Pero, a lo que el fanatismo isl谩mico de Omar no accedi贸 fue a la convivencia asidua con los invasores. Para evitarla abandon贸 los alrededores de la fortaleza y no par贸 hasta instalarse con su hija en una finca que, para el cultivo de la jardiner铆a,聽 pose铆a en el lugar llamado Linarejos.

As铆, tranquilamente,聽 Zoraida, dedicada al cuidado de las flores y Omar al h谩bil artificio de la plata, se deslizaban los d铆as cuando sucedi贸 el lance a que ya hemos hecho referencia y, tras 茅l, vino lo inevitable: los o铆dos cautelosos del platero oyeron la nueva de aquellas relaciones y decidi贸 cortarlas en su ra铆z. Zoraida recibi贸 entonces la orden terminante de no salir de la quinta y al d铆a siguiente, ante la estrecha vigilancia a que se vio sometida, falt贸 por primera vez a la cita con el cristiano. La retirada, a partir de entonces, fue tan brusca e inexplicable que Lope qued贸 tremendamente desconcertado.

Una noche, decidido a proyectar un rayo de la luz sobre aquel marasmo de tinieblas, ensill贸 su caballo y, abandonando secretamente la fortaleza, enfil贸 la v铆a romana, traspuso el puentecillo y no se detuvo hasta llegar a la peque帽a ermita de la Virgen de Linarejos, entonces recientemente aparecida.

Era por aquellos d铆as piadosa costumbre de los linarenses la de que, al pasar por aquel lugar, sol铆an alargar una vara por entre los barrotes de la reja hasta tocar con su punta el aceite de la lamparilla que, d铆a y noche, ard铆a en honor de la Virgen. As铆 tambi茅n hizo Lope con la ayuda de su espada y luego se perdi贸 por un estrecho sendero. Cuando lleg贸 al pie de la casa de Zoraida tom贸 un la煤d que en bandolera llevaba y estuvo largo tiempo desgranando las notas emotivas de una serenata. Pasaron las horas infructuosamente hasta que, al fin, abrumado por el nulo resultado de sus tentativas, volvi贸 sobre sus pasos y emprendi贸 el regreso hacia la fortaleza. Pero esta vez sus movimientos fueron seguidos por la siniestra figura de Omar, a quien la sola vista del cristiano abrasaba el coraz贸n en deseos de odio y exterminio.

La escena se repiti贸 varios d铆as, con id茅nticos resultados y similar expiaci贸n hasta que, al fin, el torvo pensamiento del platero maquin贸 la idea diab贸lica de eliminar al joven Benavides. R谩pidamente puso manos a su obra. M谩s de una vez hab铆a tenido en las manos alguno de los estiletes que usaban los 鈥淐aballeros de Santiago鈥; con habilidad reprodujo uno exactamente y luego le grab贸 las iniciales de un soldado de la guarnici贸n.

Lleg贸 el d铆a elegido para su prop贸sito. El aire ambarino de la ma帽ana se satur贸 por el aroma de las rosas blancas que Zoraida cortaba en el jard铆n. Cuando, terminada su tarea, entr贸 en la casa, mir贸 a su padre y 茅ste esquiv贸 la mirada. Entonces tuvo el presentimiento de que algo terrible amenazaba su felicidad, y, para ponerla a salvo, puso en juego todos sus ardides de mujer. Tom贸 una brazada de rosas y aprovechando la preocupaci贸n del platero y la ausencia de su doncella, enviada a buscar su pa帽uelo abandonado, emprendi贸 veloz carrera por el sendero que conduc铆a a la ermita y no se detuvo hasta llegar a la f茅rrea impedimenta de la reja. Alz贸 los ojos vidriados por el llanto y clav谩ndolos en la faz serena de la Virgen dijo, mientras sus manos dejaban caer la lluvia impoluta de sus rosas: "Se帽ora: todo lo que Lope ame tiene que ser bueno. Si t煤 le salvas, te prometo hacerme cristiana".

La noche era de las de luna clara. Se dir铆a que la plata de los crisoles de Omar se hab铆a derramado por todos los senderos. De pronto, en la ermita se oy贸 el repiqueteo de unas espuelas y a la luz de la lamparilla se recort贸 la silueta de Lope; segundos despu茅s se arrodillaba y desnudando la espada la extendi贸 hacia la lucecilla, pero, inesperadamente, sinti贸 en el brazo armado unas punzadas. Al tratar de retirarlo, se le enred贸 en algo y el filo de la espada quebr贸 el cristal de la lamparilla. 隆Eran las rosas que, providencialmente, hab铆a dejado aquella ma帽ana Zoraida!

Cuanto despu茅s sucedi贸 lo fue con excesiva rapidez: una roja llamarada se elev贸 y Lope, deshaci茅ndose de su capa, se apresur贸 a extinguir el incendio.

Mientras tanto, a sus espaldas, el platero, que acechaba como de costumbre, pens贸 llegado su instante y, sacando el estilete, lo elev贸 en el aire con decisi贸n, pero en aquel momento una luz fulgurante le hizo detener el brazo homicida. En el centro de aquel resplandor pudo ver a una majestuosa Se帽ora que, con gesto mitad severo, mitad suplicante, le reprochaba por la ruindad de su acci贸n. Y sin saber por qu茅 cay贸 de rodillas.

Meses despu茅s, Zoraida, ya cristiana, y Lope, unieron sus vidas ante la imagen de la Virgen Milagrosa; aquel d铆a los rosales de la doncella agarena volcaron su blancura a los pies de la Se帽ora de Linarejos, que sobre su frente luc铆a por primera vez la corona en la que las manos sutiles de Omar hab铆an logrado aprisionar el resplandor que motivara su conversi贸n.

Y cuando Lope, siendo ya 鈥淐aballero de Santiago鈥 march贸 a la conquista de C贸rdoba, 聽tom贸 como una filiar obligaci贸n la de extender por tierras de infieles la devoci贸n a Santa Mar铆a. De aqu铆 el que hoy abunde tanto en las entra帽as de Andaluc铆a la advocaci贸n de Virgen de Linares o Linarejos. Y, de este relato, esas rosas blancas que tanto admiramos en las proximidades de la ermita.

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Lolo, periodista Santo
(Blog de ReligionEnLibertad.com)
Manuel Lozano Garrido, Lolo, 12/10/2013