Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Mi sed es de Ti, Señor, ¿por qué has de darte siempre con cuentagotas?»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Lolo, enfermo, dolor viviente... y misionero

El pasado 11 de octubre, Lolo “estuvo” en Tarragona. Fue en el marco de “El DOMUND, al descubierto”, un conjunto de actos para dar a conocer la actividad misionera a toda la sociedad. Ese día 11, la protagonista era la cooperación espiritual con la misión. Ana González, delegada diocesana de Misiones de esa archidiócesis, tuvo especial interés en que Lolo no faltara a la cita. Tras otras riquísimas intervenciones, y como un puente entre la de Mercè Guasch sobre los “Enfermos misioneros”, y la de Maite Paül sobre el acompañamiento de enfermos en los Religiosos Camilos y la Hospitalidad de Lourdes, Rafael Santos, director de la revista “Illuminare” de Obras Misionales Pontificias, hizo esta breve presentación de la vida y el espíritu misionero de Lolo:

Manuel Lozano Garrido, a quien seguimos llamando familiarmente “Lolo”, nació en 1920, murió en 1971 y fue beatificado en 2010 en su Linares natal, en Jaén. Lolo fue un laico de Acción Católica, periodista, escritor y “enfermo misionero”, que, a causa de una grave afección reumática, pasó veintiocho años en silla de ruedas y los nueve últimos, además, ciego.

Médicos cercanos a él dijeron que Lolo era un “dolor viviente”. Lo fue en cuanto que vivía lleno de dolores. Pero fue mucho más un “dolor viviente” en el sentido de que su dolor estaba lleno, desbordante de vida. Eso explica que su rasgo más llamativo sea la alegría; según sus propias palabras, al peregrinar a Lourdes en 1958, él le había ofrecido a la Virgen “la alegría, la bendita alegría, la fecunda alegría”.

Lolo estuvo muy vinculado a la Unión de Enfermos Misioneros. De hecho, de 1959 a 1971, escribió más de cuarenta artículos en las publicaciones de Obras Misionales Pontificias, treinta de ellos en la entonces revista, hoy tríptico, Enfermos Misioneros.

El papa Francisco, en Evangelii gaudium, nos propone una consideración impactante: “Yo soy una misión en esta tierra” (n. 273). Lo sorprendente en el caso de Lolo es que la suya, a priori, parecía una “misión imposible”...

¿Cómo es posible que alguien que no puede moverse y que, al final, tampoco puede ver llegue a desarrollar un apostolado impresionante entre sus amigos, en su ciudad, en la sociedad, en la Iglesia? ¿Cómo es posible que alguien a quien la enfermedad ha dejado “en rigurosa postura de 4”, como él mismo dice, irradie tal alegría que muchas personas acudan a su casa no para animarle a él, sino para que él los anime a ellos?

Beato Lolo dibujado por Fano¿Cómo es posible que alguien a quien la parálisis le acaba impidiendo hasta coger un bolígrafo, y que además se queda ciego, escriba nueve libros y más de 300 artículos en los que, como dijo el papa Benedicto XVI con motivo de su beatificación, “propagó las verdades evangélicas” y “supo irradiar el amor a Dios”? ¿Cómo es posible que alguien que en uno de sus libros se autopresenta diciendo: “Profesión, inválido”, no solo no se sienta un inútil, sino que esté totalmente convencido de la utilidad excepcional de su dolor para la Iglesia y para el mundo?

La clave de Lolo es la unión con Cristo; su secreto es experimentar que ese sufrimiento, “aceptado y ofrecido a Dios con amor” (RM 78), se convierte en un tesoro, porque se une a los padecimientos redentores del Señor. Es lo que dice san Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24).

Por eso, Lolo vive el ofrecimiento de su dolor como una riqueza que aportar a la Iglesia y como una auténtica fuente de vitalidad misionera, hasta el punto de llegar a escribir: “Cada cruz sobrellevada con espíritu sobrenatural, un filón”. Es lo que vemos en la Patrona de las Misiones, santa Teresa de Lisieux, cuando, caminando dolorida y cansada, le dice a una hermana de comunidad: “¿Sabe lo que me da fuerzas? Pues ando por un misionero... Para disminuir sus fatigas, ofrezco las mías a Dios”.

Hay un detalle muy significativo que expresa la sensibilidad misionera de Lolo: él tenía en la pared de su casa un mapamundi, con banderitas de colores clavadas en los lugares donde estaban sus muchos amigos misioneros. Escribe a propósito de esto en la revista Enfermos Misioneros (octubre 1961):

¿Qué podía hacer yo, siempre quietecito, en aquel redondel de pies infatigables? Miré el mapa y vi que el centro estaba vacío. Y como nadie me veía, saqué tímidamente una bandera del corazón y la planté en el eje de aquella geografía. Aquí tenéis, amigos —pensé—, un pozo de dolor. ¿Queréis que se vayan reuniendo en él vuestros ríos de sudor para subirlos todos juntos a ver si ponemos en marcha la entraña del mundo?”.

Al leer estas líneas, es inevitable recordar también la exclamación de santa Teresita: “He hallado mi puesto en la Iglesia...: ¡en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor!”.

Pero lo que hace más impresionante esa imagen de las banderitas de colores clavadas en el mapa es algo que el médico personal de Lolo dijo de él: “Es como si tuviera clavado un alfiler en cada célula de su cuerpo”. Ofreciendo sus dolores por los misioneros, uniéndolos a la pasión de Cristo, Lolo convierte esos alfileres clavados en las células de su cuerpo en banderitas misioneras clavadas sobre un mapamundi.

Es lo mismo que expresa una pequeña conversación, que es como una síntesis de la vida de Lolo. Una vez alguien, hablando con él, le dijo: “Cuánto pesa la cruz, ¿eh, Lolo?”; y él respondió: “Pesa, pero tiene alas”.

Obras Misionales Pontificias, 13/10/2016