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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
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Cheques en blanco en el tren de la Esperanza

Reportaje escrito por Manuel Lozano Garrido, Lolo, desde Lourdes, para la revista Vida Nueva.

YO ENFERMO, EN LOURDES

CHEQUES EN BLANCO EN EL TREN DE LA ESPERANZA

Carta a Antonio en su pulm贸n de acero despu茅s de Lourdes

Manuel Lozano Garrido
Revista 鈥淰ida Nueva鈥, 15 de julio de 1958

La 煤nica vez聽 que he charlado contigo fue una ma帽ana en el Asilo de Lourdes, en aquella sala inmensa en que an贸nimo y silencioso como siempre, Luc铆a, la enfermera, me hab铆a hablado de ti, de tu circunstancia y de tu hermosa superaci贸n callada, tan callada, que has estado a punto de pasar a nuestro lado sin otra huella que unas pobres s谩banas arrugadas.

Fue ella la que me cont贸 de tus dieciocho a帽os y dos de poliomielitis, de tu cabeza siempre horizontal, los brazos ca铆dos, que hab铆a que plegar para el descanso, las piernas d贸ciles, siempre en ajena y mansa obediencia. Yo apenas hab铆a tenido de ti una visi贸n fugaz en el tren que nos condujo desde Madrid. Dios ha dado a nuestros ojos un destino de verticalidad opuesta. Mi cabeza est谩 doblada, mirando siempre a unas criaturas y a un fango a los que 脡l persiste en que lleve un poco de luz escrita. Tus pupilas se alzan continuamente a las estrellas y cada una te reserva un avemar铆a que t煤 desgranas sobre la eterna quietud de tus miembros.

Luc铆a, toda de blanco, rod贸 mi cochecito hasta el pie de tu gr谩fica y, en un di谩logo de tres metros de distancia, apenas me contaste de tus temporadas en el pulm贸n de acero del Hospital del Ni帽o, desde donde puede que ahora me leas. Yo s茅 que ah铆 ten茅is radio, 鈥渃ine鈥, televisi贸n y prestidigitadores, pero聽 tambi茅n a veces puede que conozcas ese minuto hueco y agrio que se llama aburrimiento. Para entonces he pensado ofrecerte un recuerdo de algunos hechos, junto a una recopilaci贸n de ideas, de nuestra marcha a Lourdes, y me hace ilusi贸n que tu mirada vertical pase sobre estas l铆neas de imprenta en una nueva visitaci贸n.

LOS MILAGROS

  1. EN LA FUENTE

Era alta y firme, con el pelo ahilado de n谩car. Llevaba una gabardina y descansaba sobre el escal贸n, junto a una bolsa de viaje. Desde all铆 segu铆a el rebullir de la chica de blanco con una dulzura que llenaba de mansedumbre sus duros ojos teutones. La enfermera encontr贸 al fin un vaso, le dirigi贸 una sonrisa y ella se puso al lado para cubrir su puesto, mientras iba a la fuente. Despu茅s estuvo en el ansia y la sed espiritual de los labios enfermos y sostuvo el agua para la unci贸n ritual del pie y la mano, los o铆dos y la palabra, el aliento y el coraz贸n.

Entretanto, un murmuro seco y detonante le traicion贸 la plegaria:

鈥淕egr眉sst seisest Du Maria鈥︹

  1. EN LAS PISCINAS

Tal vez fuera el fruto inicial de su matrimonio. Entreg贸 el ni帽o al camillero y cay贸 de rodillas, entre un llanto sonoro y convulso. 脡l le tom贸, temblando al roce de la carne, sonrosada, y march贸 a las piscinas mirando siempre a los menudos ojos huidos, apagados, muertos. El grupo se le abri贸 en abanico y fue pasando junto a un hombret贸n de barbita blanca y una vieja con saya y mo帽o alto. Despu茅s sumergi贸 en el agua a la inocencia con una violenta invocaci贸n a la ternura. Al fin volvi贸 hasta la madre con las notas a煤n redondas sobre la carne virginal.

S贸lo acert贸 a decir:

鈥淛e vous salve Marie鈥︹.

Y el llanto repicaba en el coraz贸n de ella:

鈥淔ull of grace鈥.

  1. EN LA BENDICI脫N

El altavoz dec铆a en castellano:

  • 鈥淪e帽or, el que amas est谩 enfermo鈥.

Recordaba la noche mientras la custodia iniciaba la bendici贸n de las filas.

La hab铆a despertado un rasguear como el de un alacr谩n en la garganta. A la luz mortecina del pasillo fue pasando revista a la penumbra inquieta del reum谩tico y del nefr铆tico, el alineado y el cardiaco. Despu茅s vino la tos comiendo los cuartos de hora, los minutos, los segundos鈥 Por la ma帽ana vio en el espejo unas 贸rbitas como pozos de luna y ciertos hilillos de sangre en el pa帽uelo. Despu茅s, en la Gruta, se lo hab铆a contado a Ella y una paz dulce y h煤meda le hab铆a resbalado sobre las sienes con fiebre.

Ahora Cristo llegaba y estaba all铆 mir谩ndole desde aquel c铆rculo nevado. 脡l cerr贸 los ojos y pens贸 en el term贸metro y las plastias, los esputos y el 鈥減neumo鈥. Luego todo lo vio blanco como en una exaltaci贸n delirante de soles y nieves, rosas y arc谩ngeles. En el campanario tembl贸 la hora y 茅l deletre贸:

鈥淒ios te salve, Mar铆a鈥︹

Leo ahora 鈥淒ios tiene una O鈥 y pienso que es una iluminaci贸n poner a Cristo-Ni帽o entre compa帽铆as petrol铆feras y trozos de celuloide. Yo, personalmente, he visto fotografiar con 鈥淟eikas鈥 hechos del Evangelio, mientras en el cielo cruzaban los aviones comerciales. Lo pienso ahora y la evidencia me da escalofr铆os. Delante de la fuente y las piscinas, en la explanada del Rosario, la tarde estuvo tangible palpando lenguas y o铆dos, deteniendo a los hombres asombrados para urgir a una criatura al 鈥渓ev谩ntate y anda鈥. Jam谩s podr谩 ser vivido tan entra帽ablemente un clima de milagro.

Y, sin embargo, pienso que no ser铆a muy disparatado insistir en que los milagros no encajan muy airosamente en los planes y en la econom铆a de la Redenci贸n. Cristo ahora y en Tiber铆ades los fue jalonando como una concesi贸n secundaria. Los hizo calladamente y jam谩s se cuid贸 de contabilizarlos. Sin ir m谩s lejos, t煤 has o铆do de esa cancerosa curada en nuestra peregrinaci贸n que volv铆a sencillamente, como una triunfal ocasi贸n de Dios desperdiciada. Yo dir铆a que el prodigio es una 鈥渄ebilidad鈥 del Creador que nos hace como en un par茅ntesis, vuelve otra vez al tema y contin煤a:

鈥淐omo 铆bamos diciendo鈥︹

Nosotros, s铆, pensamos mucho en la concesi贸n porque siempre tenemos en la imagen la idea chiquita de lo que se puede o铆r, gustar y tocar. 鈥淎 los hombres 鈥揹ec铆a el cura de 鈥淟a frontera de Dios鈥- les importa el milagro por los frutos que trae y por las piernas que cura鈥. Rara vez un milagro aparatoso apela a un coraz贸n pervertido. Zola tuvo en Lourdes ante los ojos un portento y s贸lo vio una supercher铆a, entretanto que la Ciencia se aunaba para refrendarlo. Lo esencial es el amor de Dios y, tarados o herc煤leos, nuestra inmunidad espiritual para que un d铆a, al fin, podamos t煤 y yo jugar al f煤tbol sobre los prados de Dios, mientras 脡l va, nos mira y nos cascabelea una alegr铆a infinita en el coraz贸n.

T脷 Y YO COMO 鈥淩ECURSO鈥

鈥淗ace fr铆o: no pueden salir sin abrigarse鈥.

Baj谩bamos por la orilla urbanizada del Gave y el agua pon铆a sobre nuestros p贸mulos un helado temblor de madrugada. En las ruedas de los cochecitos bull铆a un fulgor niquelado y, sobre ellos, la oraci贸n volaba sobre el ala doble de un tullido y su camillero. El carill贸n dio el Ave de las siete cuando engros谩bamos las infinitas hileras que rayaban la plaza. Por entre las cubiertas que guardaban del sol el espejo me dio, invertido, el limpio contorno de ella y apenas recuerdo otra cosa que el hallazgo blanco de Cristo, redondo sobre la risa inocente de dos ni帽os inm贸viles. Luego, cuando nos 铆bamos, una muchedumbre de sanos al fondo me hizo caer en la cuenta de nuestra actuaci贸n de privilegio.

Ver谩s. Yo quise hacer la preparaci贸n de Lourdes leyendo el relato de las apariciones y ya entonces pens茅 en la universalidad del mensaje de penitencia. All铆 no hab铆a particularismos y los enfermos aparec铆an en un t茅rmino secundario, como en una concesi贸n de la ternura virginal. Resolviendo con l贸gica humana, llegaba a la consecuencia de que tambi茅n ahora habr铆amos de ir perdidos entre la masa de afluyentes. Pero no es la l贸gica la que regula las acciones divinas, sino el amor, y 脡l pens贸 en nosotros como el recurso de colaboraci贸n.

Volviendo sobre la raz贸n, todas las exhortaciones a la santidad, despu茅s del Evangelio, no son m谩s que una repetici贸n. Lourdes, F谩tima y el serm贸n de cualquier cura de aldea son 鈥渙portunidades鈥 nuevas de Dios que entran de lleno en sus setenta veces siete de indulgencia.

En la ra铆z de nuestra creaci贸n hay un principio de solidaridad y responsabilidad mutua y aun de dependencia. Un escritor ateo ha comprendido que 鈥渆n este mundo no podemos hacer un movimiento sin exponernos a matar鈥. Alguien m谩s cristiano ha dicho que 鈥渘uestros pecados ocultos envenenan el aire que otros respiran鈥. El pecado, adem谩s de una realidad ego铆sta, es la usurpaci贸n indebida de un fruto. Como en todo fraude, hay una personificaci贸n en el da帽o, en este caso Dios y la comunidad. Lo esencial para nosotros es un destino feliz y eterno, y detenerse en un goce humano es hacer ya una meta de lo que s贸lo es un espejismo pasajero y comprobable. La apelaci贸n normal de la palabra de Dios queda ante la falta detenida por la muralla que alzamos con nuestra elecci贸n ego铆sta. Encastillados, es entonces cuando s贸lo resta el supremo asalto de ponernos ante los ojos la crucifixi贸n que hacemos con el mal a nuestra carne o a la del familiar o el amigo.

Pero -pi茅nsalo bien- los clavos de nuestra cruz est谩n atornillados 煤nicamente por el desaf铆o de un Juan Garc铆a, las horas de fango de un Pedro L贸pez arroja sobre su hogar y, en ocasiones, por la propia falta. Nunca debemos mirar a Cristo como un fr铆o macerador de carnes humanas cuando su cuerpo taladrado se arroga el derecho de ser el primer m谩rtir del latrocinio.

Mas a Dios no le basta hacerse solidario de nuestra tortura y es por lo que sus manos gigantes afrontan los vidrios rotos por nuestras manos torpes de ni帽os y los vuelve a unir pacientemente, encaj谩ndolos en su gran idea de nuestra felicidad. As铆 es, luego, cuando las gotas del Calvario reverdecen para ser canalizadas una a una en cada arteria lacerada. El dolor, invento de la esperanza, es, a su vez, una nueva Encarnaci贸n. En el sufrimiento, hay, pues, esa cara f铆sica horrorosa, deforme, alucinante, en la que se concretan nuestras actuaciones, y ese lado purificador, santificante, divinizador, que perfila los rasgos sangrantes de Dios. Nuestra circunstancia supone un buen pu帽ado de ceros a la derecha en el cheque de la felicidad.

Tal vez el acto m谩s acariciado de Lourdes sea el de la procesi贸n de las antorchas. Se reitera cada noche con deleitosa machaconer铆a, como un s铆mbolo recopilador. All铆, en la mano de toda mujer y todo hombre, cada vela deletrea con fuego la palabra esencial del mensaje a Bernardette: penitencia. Yo me he tra铆do en las pupilas aquella lengua de oro con un penacho rojo en la entra帽a. Ahora, cada d铆a le pido a la Virgen que me la vaya bajando serenamente, pac铆ficamente, al coraz贸n para que mi noche y mi d铆a, mi angustia y mi sonrisa tengan tambi茅n un claro fulgor de inmolaci贸n. Es lo que tambi茅n quiero para ti, Antonio. Y si alguna vez viene la duda, pensar茅 en vuestros trescientos cheques en blanco.

Beato Manuel Lozano Garrido, 10/02/2012