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En “LO HONDO” la amenaza de la SILICOSIS

Aumenta el éxodo de los mineros de Jaén

Manuel Lozano Garrido
Pax, nº 82; 15 junio 1956

Durante muchos años se ha venido profetizando al triángulo Linares-La Carolina-El Centenillo el inminente agotamiento de sus filones de plomo. El rendimiento, cada vez más escaso, de una explotación longitudinal permitía adelantar el abandono de un laboreo cuyos orígenes se remonta a los primitivos cartagineses y romanos. Pero el Plan de Ordenación de la Provincia, con su mecanización y sus investigaciones a profundidad ha llevado a cabo una revisión de conceptos, dejando claro el hecho de que  queda a distintos niveles la más rica metalización.

Zanjada así la supervivencia de la zona, otro hecho ha venido a abrir nuevo interrogante, dejando en el aire su problemática social: el progresivo abandono de las minas por los trabajadores y en especial de aquellos trabajos de profundidad que se distinguen por su rigor y su riesgo. Sobre los trabajadores de “lo hondo” pesa hoy un cúmulo de circunstancias que les empujan al exterior hacia una situación de estabilidad y confianza. Así ocurre que en los momentos actuales, de paro acentuado por las heladas, “los martillos” siguen sin cubrir su cupo de hombres y se cree que difícilmente lo harán en lo sucesivo. ¿Qué pasa, pues, en las galerías para que no tiente una remuneración inmediata y aun para que se produzca la emigración masiva?

RAZONES

Recientemente, con motivo de una amenaza tributaria, se ha puesto de manifiesto la desventaja que para los más importantes yacimientos de España supone su situación a profundidad, en contraste con otros que rinden ya a escasa penetración. Perforar a 650 metros bajo tierra, a más de un gravamen en el coste de producción, supone ciertos trabajos complementarios de excavación, desagüe y entibación que acentúan la ya de por sí penosa labor de extracción. El obrero que lo ha vivido jamás olvidará cuando hubo de barrenar con el agua a las rodillas, entre nubes de un polvo viscoso que se le adhería opresivamente a los pulmones. Si añadimos la frecuencia de accidentes, falta de viviendas, cita con la enfermedad silicosa e insuficiente remuneración, habremos entrado de lleno en la demarcación del problema.

LA SILICOSIS

Haciendo referencia al mal que, como consecuencia del trabajo afecta a los mineros, se suele decir que “están emplomados”. Contra lo que se cree, no es el plomo el que produce la enfermedad silicosa ni ésta ofrece características de contagio. El proceso es más sencillo y deriva de esa tolvanera de polvo que levantan las perforadoras y que, asimilado por la respiración, se sedimenta en los bronquios, ocasionándoles una rigidez evolutiva. El mal lo palian las caretas protectoras, pero con ellas se hacen difíciles la visión y esa holgura física que el organismo pide para el trabajo. Falto de formación y lleno de vitalidad y de juventud, el obrero acaba desechándolas como un obstáculo que lastra su esfuerzo. Pero aún admitida la utilización, todo se reduciría a demorar pocos años una amenaza que tiene su llegada implacable. Lo que sí es seguro que cinco o seis años de permanencia en “lo hondo” bastan ya para acusar el grado inicial de la afección. Sólo de esta zona surgen cada año un porcentaje que se centra en la cifra de 265.

UN FALLO

Pero hay algo que afecta aún más al obrero. Y es el portillo abierto en la favorable legislación actual que les deja en una situación de inseguridad futura. La ley establece que, cuando se dictamine la presencia de la enfermedad, el minero debe pasar a trabajos de superficie si los hubiera y sólo en caso negativo quedaría en el hogar con un devengo del cincuenta por ciento del salario. En tal caso, el auxilio sólo tendría vigencia durante año y medio, cesando al final del período. Prácticamente la medida llega a esta situación extrema, ya que en el exterior raramente se producen vacantes.

SALARIOS

Casi todas las derivaciones que el obrero sufre tienen como raíz un jornal medio de 21,65 pesetas, en el que ha de incluir “talega” y desplazamiento a la periferia.

Así, bajo un ángulo de incuria económica, sí que cabe explicar tantas purulencias morales como lacran un ambiente que, si de algo adoleció, no fue nunca de mucha formación cultural o religiosa. Con un jornal insuficiente, rara es la familia a la que no afectan desavenencias íntimas. Y cuando el hogar deja de ser acogedor, la taberna surge como una nao salvadora.
Pero dejando a un lado las sangrías de la taberna, el obrero que rinde su esfuerzo no puede resistir períodos semanales de inanición por insuficiencia de salarios. Y no lo hace porque toda una legión de logreros le tientan, ofreciéndole préstamos fraudulentos que llegan a un interés anual del doscientos setenta por ciento. Hoy por hoy, los “perrilleros” son el cáncer que más afrentosamente mina nuestras clases trabajadoras.

Silicosis y usura siempre los han sufrido estoicamente los obreros de la minería como una rémora sin solución. Lo que ahora ha sucedido es que la industrialización se ha abierto como un ciclo liberador y el obrero se ha dado a ella sin regateos. Se gana más, se trabaja con más seguridad y no existe la amenaza de la silicosis. ¿Puede extrañar esa corriente que va de la mina a la fábrica?

SOLUCIONES

Si no se le dan bases racionales al trabajo, las explotaciones minerales están sentenciadas a muerte.

Para que la economía minera llegue a la actividad que cabe esperar de su riqueza, haría falta un clima de atracción que hoy no tienen los centros laborales. De lo contrario, las propias minas habrán dictado su condenación.

Beato Manuel Lozano Garrido, 19/08/2015