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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
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«Purifícame tú, agua de la humildad»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Oración de la Madre numerosa

Tú, Señor, ¿cómo me ves, teniéndote que rezar siempre, mientras voy remendando calcetines, vigilo la olla exprés o pago cuentas de colegios y zapateros? De verdad que me gustaría hacerlo de rodillas, serenamente, con el velo de encaje a la cabeza y un rosario de nácar entre las manos.

Luego, además, esta preocupación de que todo lo que tenga que contarte lleve dentro la simiente de un problema: que Ramoncal empieza a ir con las chicas y pienso que a veces me huye la mirada; que a Adolfo se le escapa el sentido de responsabilidad para con los libros; que Mari Carmen empieza a ser una tenaz mosquita de espejo; que se hace peligroso el llanto de Roberto; que ahora el padre suda como nunca en el despacho para ganar nuestro gigantesco pan de cada día. Pero a ver, ¿qué otra cara quieres que te ponga que esta seria de cruz gravitante que Tú mismo has sembrado sobre la ancha maternidad?

Las mujeres de anillo viejo no pueden hablarte más que con ese peso de un árbol crecido y ubérrimo sobre las espaldas o con el lento paso de vía crucis de unos hombros que aguantan, y cierta madurez en el ramaje de las ilusiones. Es la verdad y la digo, pero en seguida te ruego que me mires a los ojos cuando asocio las palabras “madre” y “cruz”. Fíjate si no hay en ellas el mismo estallido de primavera que en el “si” de mis relaciones, que en la mañana nupcial o que en el anuncio del primer hijo. Como Tú, las madres acabamos vistiendo de púrpura y llevando corona de espinas, pero apenas si importa cuando es el perpetuo azahar del amor el que nos nimba la frente y la santa túnica de la felicidad, la que cuelga desde los hombros. Cuando a nosotras se nos anuncia la maternidad, nuestro vientre se hace denso y tira hacia los ladrillos; son los senderos de las raíces. Los dos nos identificamos en el peso del mismo ciclo de fecundidad. Que ellos se pongan lejos y miren ahora a tu tronco, con sus dos mil años de fantásticas cosechas. Que se fijen también en mi bosque, con sus expertos retoños. Claro que los árboles verdes necesitan de fríos, huracanes, filos de popa y violento crecer en derecho, pero por dentro se mueve y canta una savia de vida que se llama felicidad. La Redención, como el trajinar por los hijos, tiene la alegre promesa de un vivero.  A tu Gracia y a mi maternidad les tocan milagrear las heridas en amor.

Hay a quien le defrauda que la ilusión se monde de su cáscara de vestido de domingo, farolillos y perfume tumultuoso de la juventud, pero yo me quedo con el buen gusto entre los dientes de una pulpa madura y nutritiva. Bendito seas, Señor, por tantas manzanas como cuelgas de mi árbol. Cada noche hago cuentas y me rezuma por los labios la miel de la bienaventuranza de cada día. Hoy es el tono serio con que el primogénito se esfuerza para el  codo a codo con nuestra responsabilidad; o la ternura con que Maribel se inclina sobre el  “moisés” del hermanito; ayer, la bondad que mana de José Fernando; un día y otro, los desprendimientos de todos, sus delicadezas, sus cortesías, el limpio acariciar de sus ojos; o su fragancia de almas, todo eso que acercan los hijos hasta el mantel de mi corazón, como trozos de esa hogaza espiritual que Tú le amasas cada día.

FATIGADA y todo, ¿qué otra cosa puede decirte una madre más que “gracias”? Gracias por tanto sillares de mujer fuerte y por esos dulces manantiales que nacen de lo hondo. Gracias por esa tu misma mirada a mis hijos (que aún no siembran), que a los pájaros y los lirios del campo. Gracias por este número sin fin de antorchas que han nacido y nacerán de mi lumbre. Y gracias también, Señor, por esa moneda tuya de oro que depositas en cada corazón y que ellos, te lo prometo, han de trabajar y crecer holgadamente en el buen afán  del amor por Ti en las criaturas.

Vida Nueva, nº 343, 24 noviembre 1962

Beato Manuel Lozano Garrido, 28/02/2012