Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«La prensa es como una gigantesca mesa redonda, donde cada uno se reúne con los demás, sin dejar por eso el trabajo o la familia»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Oración desde un asilo

Revista del Asilo | Por Manuel Lozano Garrido de Linares (Jaén), inválido hace 20 años.

Pica el sol en esta tarde de primavera casi vencida. Cae a plomo y calienta las figuras sentadas en el jardín.

También, bajo mis sienes de anciano arden las cosas que fueron. Un día como hoy era joven y cantaba al ancho viento de la campiña, los puños sobre el arado, el corazón y las ansias hacia una muchacha limpia y alegre que me esperaba cada día al atardecer. Una mañana, ya recogida la cosecha, me puse al fin un traje oscuro y solemne y la bendición de Dios hizo mi mujer a aquella moza de ojos transparentes y mejillas como las manzanas rojas, rojas. Después llegaron los hijos y aquella gloria de verlos crecer como el grano, como la espiga, como la cosecha madura y morena que se abre en la tarde de junio.

Luego los hijos también llegaron a vestir un traje oscuro y solemne y se unieron sacramentalmente con otras mozas garridas. Yo continuaba yendo al campo, pero al crepúsculo, tejiendo esparto en el cancel de la casa, empecé a sentir los tirones del corazón, que se me había hecho grande y se desparramaba por los hijos y los nietos distantes.

La historia es idéntica para estos mismos hombres que toman el sol a mi lado y para muchas mujeres de pelo blanco, en otro tiempo mozas también con mejillas de manzana.

Nuestro dolor tuvo entonces el nombre de soledad, y soledad se llama también esta tarde en el asilo, sin cartas, sin las visitas de unos amigos que murieron, en diálogo con unos recuerdos que hieren en la lejanía. Así vivimos un día y otro, de cara a lo que se perdió, porque el futuro es peor y tiene unos nubarrones de cansancio, insomnio y piernas fatigadas.

Y sin embargo, yo vengo hoy hasta Ti, Señor, con una noble ilusión, con la más profunda esperanza. Se nos habrán marchado los hijos, no hay sudor de brega en nuestras frentes, la voz se nos achicó para el grito que atiza a la yunta, pero venimos a decirte que, pese a todo, queremos estar en medio del quehacer de los hombres de hoy, como un árbol de tronco antiguo y rugoso que todas las primaveras madura su cosecha entre las ramas, como estamos en el marco de la puerta cepillada, en los muros de la iglesia donde vamos a rezar, en la manera de hacer y en la bondad de las criaturas de hoy, a las que un día les dimos el giro, la fatiga y el ejemplo.

El futuro se amasa también con sudores del corazón, con renuncias del alma, con ansias puras y deseos generosos. Nadie mejor que nosotros conoce lo que es tener entre las manos el alma y el cuerpo de un niño, como el barro entre las del alfarero, y empezar a moldearlos con palabras, con ejemplos o con amor y luego notar que tienen los mismos andares, similar valentía, idéntico afán de sacrificio que nosotros.

Los hijos, Señor, nacen más del corazón que de la carne y, pese a todo, los ancianos bien podemos decir que apenas si hemos estrenado nuestra paternidad. Desde que abrimos los ojos, hasta esa hora de acostarse con los rayos del crepúsculo, en las largas horas de pasillo o en la añoranza, en las comidas que cuestan o en los duros achaques de mi cuerpo, hay un milagro de paternidad que aún podemos dar con ilusión a las criaturas de hoy. Es verdad que ya no vamos a ver a los nuevos hijos de nuestro corazón, pero será porque han de nacer para poblar inabarcables lejanías.

Deja que a tu lado repase cierta historia, aunque te la sepas al dedillo. Es la de un hombre que empezó a vivir muchos años antes y aún continúa palpitando, aunque nadie se atrevería a llamarle “viejo”. Murió -ya te descubro- en una cruz, pero apenas importa, porque su pensamiento, su palabra y su acción están en medio de nosotros, tan vivos y tan sonoros como el compañero con el que charlamos en los paseos. Fíjate: fue un mozo que cepillaba tablones, igual que yo y el otro, y un buen día empezó a sembrar y sembrar el corazón.

Bueno, pues Él quiso pagar con toda su sangre de hombre y de Dios la salvación de las criaturas de todos los tiempos. Aquello fue tan hermoso que, ahora mismo y todos los días, sigue como nuevo y nosotros podemos estrenar nuestra resurrección.

Tus méritos están sobre el cielo de todos los países, esperando a que nosotros ayudemos a repartirlos, porque, como hombres también, es de justicia que figuremos en la liquidación de cuentas, aunque lo que demos sea de poca monta, ya que del valor te encargas Tú. Pasa como cuando quería que mi hijo empezara a conocer lo que es el ahorro y le dejaba la ilusión de que iba juntando para el traje apenas con unas pesetuchas. Luego, a la hora de pagar, mi cartera.

Bueno, pues esta invención tan formidable de tu corazón es la que pone en nuestra vida un maravilloso horizonte de esperanza. Los ratos de paciencia, de renuncias, las ilusiones perdidas, los momentos de soledad, los achaques y la aceptación de la vida, puestos a tus pies, los coges complacidamente y los unes a tus méritos para dejarlos caer por el mundo y muchos notan un latigazo de energía, de fortaleza o de esperanza, y así ocurre que nosotros, desde el patio de nuestro asilo o la cama de esmalte, estamos en aquel milagro de resurrección.

¿Verdad, Señor, que a ningún hombre se le puede llamar higuera estéril hasta más allá de la muerte, aunque tenga el cuerpo en una pura ruina? ¡Si lo sabrás Tú que viviste la hora más fecunda invalidado por unos clavos!

Beato Manuel Lozano Garrido, 20/02/2016