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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Si la tierra es un planeta de primer orden, no es por su tamaño, sino por el hecho singular de la presencia y libertad del hombre»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Cuando el Espíritu sopla donde quiere: Angelita la chica que dijo SÍ

Hoy es Pentecostés. Una palabra que me suena como un trueno que repite en eco agigantado: IGLESIA,  IGLESIA, IGLESIA.

Leyendo este artículo del Beato Manuel Lozano, hoy, justamente en este día  de Sinaí y de Cenáculo; de Pentecostés de Antiguo Testamento (con Moisés  y las tablas de piedra en el Sinaí), y Pentecostés de Nuevo Testamento, (en el cenáculo,  ya sin Jesús, pero todavía con María y con los apóstoles), hoy siento la necesidad, la urgencia que me ahoga, de escribir de la Iglesia. Con pasión, con amor, con ardor.

Motivo por el que lo que debiera haber sido una breve introducción se ha convertido en una reflexión que te invito a leer desde este enlace: Hoy es Pentecostés

Rafael Higueras Álamo
(Postulador de la causa de Canonización de Lolo)

CUANDO EL ESPÍRITU SOPLA DONDE QUIERE

Angelita, la chica que dijo SÍ

Treinta años sin apenas saber lo que es la salud.
Su “SLOGAN”: “A mí, el Amor me lo endulza todo

Manuel Lozano Garrido
Enfermos misioneros nº 80, mayo 1967

Tanto como el título de un libro apasionante, “La Creación no ha terminado todavía”, es la referencia de esa maravillosa realidad que ocurre a cada momento en el corazón del hombre. Y es que Dios crea santos todos los días, y si hermosos son los astros y los pájaros, hay un cielo -constelado por la ternura-  en el que la bondad brilla con una luz más noble aún que la de los luceros.

En el pensamiento y el cariño paterno, el corazón del hombre es así el lugar geométrico de toda la Creación. Si la santidad no es noticia, es porque a las columnas de los periódicos sólo salta, por extraño, lo sorprendente. Es suceso, por ejemplo, que un médico tenga que recurrir apuradamente a una operación a corazón abierto, pero ningún diario hace referencia, por lo habitual, a cómo la mano de Dios trabaja los corazones, porque esto ocurre a cada hora, y cada uno puede dar un buen testimonio.

"La santidad es, por tanto, el pan de cada día"

La santidad es, por tanto, el pan de cada día, aunque la novela y los festivales se empecinen en la angustia. Alguien, por ejemplo, dice “si”, y en aquel mismo segundo el Universo se enriquece de una nueva escalera celeste.

Hay santos que suben a los altares, como también otros que Dios permite no levanten un palmo del resto, para que así valgan de levadura entre ellos. Los vemos así como nosotros, pero la Gracia empapa toda su naturaleza y con lo que uno se roza es con la huella caliente del propio Dios que habita en ellos. Un “si” común estuvo en el comienzo de su grandeza. La santidad no tiene geografía ni se ata a ninguna condición. Lo bueno del cristianismo es, a la vez, eso: su exención de privilegios, su “estandarización” de lo santo.

No hace todavía cinco meses que falleció en un pueblo de Zaragoza, Tarazona, una chica que apenas si había podido pisar en su vida  -y aún así casi tampoco- más que los contados ladrillos de una sala de sanatorio. Treinta años de vida entre aquellas paredes, con el dolor siempre sobre sus hombros y ninguna otra prepectiva que la cuadrícula de su ventana. Su vida fue aparentemente idéntica a la de los otros muchos, pero su corazón vivió ilusionadamente la generosidad, hasta hacer de sus difíciles palpitaciones las notas de una maravillosa sintonía de fe y amor.

Había nacido, como decíamos, en Tarazona (Zaragoza), un día de agosto de 1924, de familia sencilla y laboriosa. En sus trece años hay una fecha en la que ella pudo escribir: “Fue delicioso mi viaje por una carretera bordeada de grandes pinares”. Cuando lo escribió no existía la actual moda del turismo, ni aún en España hubiese sido posible, tan viajada entonces por los tanques, los aviones y los proyectiles. Al final de aquel  -¿infantilmente inconsciente?-  itinerario había un gran caserón con este rótulo: “Sanatorio antiberculoso”. Centenares y hasta miles de cartas escribiera después Angelita, y casi en todas ellas había el figurar siempre como domicilio idéntico remite: “Sanatorio, Sanatorio, Sanatorio”. Porque sólo un caserón sanitario pudo ser el hogar de quien tuviera el ángel del dolor conjuntamente en el nombre y la propia vida. Su débil tórax de niña, conoció pronto una herida que ya jamás cerrara su labio. Aquella a la que las compañeras llamaron espontáneamente la “Peque”, por su juvenil internamiento, vería pasar sin ninguna esperanza médica la larga procesión de las generaciones y los años, sin que en su ánimo jamás sufriera merma la esplendorosa alegría que le caracterizo, a la par que la ilusión y la esperanza.

"Un corazón que espera no se deja abatir nunca por el pesimismo"

Un corazón que espera no se deja abatir nunca por el pesimismo”. Ésta es una frase fácil, si se dice sentado en el banco de un paseo, con cara saludable a una mañana de sol; pero ha sido escrita por alguien que tuvo siempre sobre su vida la palabra “muerte” en toda su seguridad científica. ¿A quien no le tiemblan las rodillas ante un dictamen de desahucio? A ella se lo sirvieron desnudo en adolescencia, y como reacción dijo esto: “El médico me ha dado un corto plazo de vida. Lo que he sentido verdaderamente ante esa noticia ha sido un gozo que me ha desbordado el corazón, como una cascada incontenible. Fue como si dentro de mí repicaran mil campanas. Este es un final razonable y glorioso para el camino que Dios eligió para mí. Sólo a la luz, que proyecta sobre nosotros un Dios crucificado por Amor, tiene explicación.”

¿Motivo de canción? ¿Deseo de liberación’…¡Oh, no! La vida para ella era hermosa, pese a todo: “Siento que amo el cielo azul, los pájaros, las flores y las montañas”. Su secreto estuvo en esa raíz de superación que arrastra a besar los pies del Crucificado: “Él murió por mi en plena juventud. Si nos dejamos penetrar de esa inefable verdad de que murió por amor nuestro, ¿habrá algo que no parezca demasiado para corresponder a ese amor?

"La Alegría, una expansiva y hasta contagiosa alegría "

Treinta años de enfermedad, en su mayoría de absoluta permanencia en cama, pulmones y corazón profundamente heridos, siempre viviendo en el ambiente de soledad de un sanatorio, lejos de familiares, autoformándose, en permanente y hasta urgente peligro de muerte, ¿podría alguien exigirse de ese modo la misión de sonreír? El lema de quien así vivió fue, sin embargo, este: la Alegría, una expansiva y hasta contagiosa alegría. Quien siempre tuvo sobre su conciencia la exigencia de aislarse de los demás, no vaciló en impregnar el pecho de todas las amistades con un espíritu de optimismo cristiano. Su “slogan” rezaba de este modo: A mi, el Amor me lo endulza todo. Es un “leit-motiv” que suena incesantemente en su corazón, para desbordarse jubilosamente por toda su correspondencia.

¿No resulta una paradoja  –se dirá–  vivir como una campanita, estando siempre al borde de la cama de operaciones o con el duro martirio del viento del Moncayo sobre la carne? ¿Qué secreto fue el tuyo, Angelita?

¡Cuantas preguntas para una explicación tan paradójicamente sencilla como viene a ser la palabra “Sí!”. “A la noche, como cada una de ellas, le he dicho a Jesús que “sí”, pero que, al menos Él, sepa que estoy extenuada de cansancio”.

“Sí”, mañana y noche, un día y otro, treinta años seguidos. El año que hiciera trece, pudo escribir: “Ahora me ha venido todo el recuerdo de un día muy feliz, con una Comunión muy dulce, en la que yo dije “sí”. Teniendo por testigo a mi Madre del Cielo. Hoy he querido ir a ratificar ese “Sí”, después de trece años. Mas una palabra no es la razón suficiente de una vida; el Amor si: ¿acaso sabia yo vivir sin Jesús?

"Dios me ha señalado mi camino con absoluta claridad. Un camino áspero a la naturaleza, pero en el que la fe descubre horizontes maravillosos"

No hay vida humana que no haya sido encendida sin una misión. El lugar y las circunstancias no cuentan ante la grandeza del destino. Ella así lo supo desde el principio de su enfermedad: “Dios me ha señalado mi camino con absoluta claridad. Un camino áspero a la naturaleza, pero en el que la fe descubre horizontes maravillosos”.

No se crea, con todo, que el camino de Angelita Gómez fue un sendero floreado. Ciertamente fue todo lo contrario, salvo que la fe hizo de primavera en una vida que, humanamente, había sido deshojada en infancia. “Las rosas sin espinas me las reserva Dios para el Cielo”.

Si, en su vida, las más de las noches fueron dolorosamente solitarias, he aquí sólo un botón de muestra de cómo hiere una tribulación: “¿Es esta, Madre, la herida que yo te pedí, para amar más a Jesús y darme más? Pero mi pregunta no puede tener respuesta. Si lo supiera, esta dulce seguridad anularía mi dolor… Y tengo que sufrir. Jamás pensé que se pudiera sufrir tanto que hasta el corazón acusara el dolor físicamente. Jesús: que dure esto lo que Tú quieras. Y sé que Tú nos das un corazón mayor de lo que pueda soportar”.

De Angelita Gómez se pueden, y se deben, decir todavía muchas más cosas de la misma importancia. Por ejemplo, su voluntariamente escondido apostolado por correspondencia: la ofrenda última de su alegría, incluso; en el terreno final de un Getsemani. Son cosas para escribirlas despacio; ahí queda este pequeño muestrario; murió –triunfó– al borde de una Fiesta de Cristo Rey, en la víspera del día de la Comunión de los Santos, este dulce misterio de fraternidad cristiana que fue el norte de toda su vida.

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Lolo, periodista Santo
(Blog de ReligionEnLibertad.com)
Beato Manuel Lozano Garrido, 20/05/2013