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Homilía en la Misa de Acción de Gracias por el Beato Manuel Lozano

Homilía del Sr. Obispo de Jaén, D. Ramón del Hoyo López, en la Misa de Acción de Gracias por el Beato Manuel Lozano Garrido. Celebrada en la S.I.Catedral de Jaén, el pasado sábado, 19 de junio de 2010.

Saludos

1.- Sin duda que ha sido una verdadera y especial gracia, en la historia de nuestros días, poder vivir desde muy cerca, un hecho singular e histórico en nuestra Iglesia diocesana: la declaración como Beato del Siervo de Dios MANUEL LOZANO GARRIDO, en su Ciudad natal de Linares.

Nunca vamos ya a olvidar aquella solemne celebración del pasado día doce, que supuso un torrente de gracias como la lluvia que quiso visitarnos en una especie de apoteosis final. Un laico de estas tierras, un cristiano de cuerpo entero, nació, creció y le tenemos presente ante Dios, donde nos espera e intercede por sus amigos y por esta Iglesia querida de Jaén.

Por todo ello, desde este primer templo catedralicio de la Diócesis “DAMOS GRACIAS A DIOS”, porque el camino seguido por el nuevo Beato, nos revela, muy por encima de todo, que la fuerza de Dios estuvo siempre presente en su vida. Queda patente que sin esa ayuda constante divina, Manuel Lozano no hubiera sido capaz de responder a tan difíciles situaciones por las que atravesó su vida con sus solas fuerzas.

Damos gracias a Dios, sobre todo, no porque el nuevo Beato hiciera cosas grandes, que las hizo, sino porque siempre estuvo dispuesto para dejar que Dios actuara en él. Aquellos paréntesis y parrafadas que mantenía de vez en cuando con Dios revelan muy a las claras que era “el amigo” y, esta es, al fin y al cabo, la santidad: Dejar obrar a Dios en nosotros.

Damos gracias a Dios, porque a todos nosotros nos ha llegado ya la gran lección de su fe, esperanza y amor de nuevo Beato, siempre abierto a la amistad con Dios, a no soltarse de su mano, y con Él, hacer de lo extraordinario algo ordinario, lograr cosas grandes desde el amor que puso en todo, hasta en lo más insignificante.

2.- Quien quiera comprender la orientación conciliar sobre la vocación universal a la santidad de todos los bautizados tendrá que acudir de los capítulos 4 al 7 de la Constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, que debió conocer y hasta seguir puntualmente su desarrollo, Manuel Lozano en aquellos años sesenta, del siglo pasado, postrado en su sillón de ruedas. Había escuchado esta verdad, sin duda, en los círculos de Acción Católica, y con la ayuda de sacerdotes amigos y compañeros hizo completamente suyas, con vigor y sin titubeos, aquellas profundas enseñanzas. Se dio cuenta de lo más esencial en la vida de un cristiano, el objetivo intrínseco y fundamental de la Iglesia, diríamos, es la santidad, que él entendió correctamente como cumplimiento continuado, en nuestra vida, de la voluntad de Dios. Es hacer espacio para Dios, y, con mi vida llena de su presencia, lograr que Dios habite en el mundo. El mundo, así se convierte en su reino, por la presencia de los laicos. Son lámparas encendidas que se abren paso entre tinieblas. Entendió la santidad no como una cualidad moral, sino para que la Iglesia se convierta, por nosotros, en morada de Dios en el mundo. Así lo hizo y vivió en su tierra y en su tiempo nuestro querido y venerado Beato, y nos marca, alegre desde el cielo, esta dirección que le llevó a alcanzar la meta deseada.

3.- Estamos invitados a hacer el mismo recorrido, asidos de la mano de Jesucristo “el sólo Santo”, cuyo Espíritu vivifica a su Iglesia, Él la hace Santa, y de ella y en ella bebemos la fuerza y vigor para la santidad.

Todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a  esta santidad, que nos llega de Dios, como escribía San Pablo a los fieles de Tesalónica: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tes 4, 3).

Sin embargo esta llamada universal a la santidad debemos vivirla en la diversidad de situaciones, condiciones y circunstancias de cada uno de nosotros. La “llamada” a seguirle es, para cada destinatario, distinta en matices. Dios quiere establecer con cada uno un proyecto único, irrepetible y determinado conforme a las cualidades personales depositadas en cada uno y que nos distinguen de los demás. Dios no reemplaza nuestro ser, sino que lo potencia desde su Providencia y Gracia, para conducirlo a su plenitud: Esa es la Santidad, a la que se llega por el camino de la confianza y docilidad plena. Escribe San Pablo a los Efesios, en este sentido “a cada uno de nosotros ha sido dada la gracias conforme a la medida del don de Cristo” (Ef 4, 7).

Así lo hizo el Señor con Manuel Lozano, enfermo gran parte de su vida, y respondió, creció en santidad y hoy, desde la presencia del Señor, nos invita a seguir sus caminos de entrega al amor de Dios.

4.- Las lecturas proclamadas de este Domingo nos recuerdan que el camino de la santidad no es fácil, como no lo fue el de Jesucristo.

Con frecuencia los mensajes del Señor son muy consoladores y suelen darnos ánimos para el camino, desde la misericordia y cercanía del corazón de Jesucristo.

Hoy San Lucas, en el Evangelio (Lc 9, 18- 24) y el Profeta Zacarías en la primera lectura (Zac 12, 10- 11; 13, 1), nos aseguran que la misión y vocación de Cristo pasaría por la cruz y que, también quienes quieran ser sus discípulos deberán cargar con su propia cruz y así seguir al Maestro y Pastor.

El profeta tiene palabras de aliento y salvación. Se refiere a “un espíritu de gracia y clemencia” en favor de un Salvador, pero a la vez anuncia que su salvación vendrá por su muerte, “mirarán al que traspasaron”, y habrá llanto profundo. Jesús, el Hijo de Dios, sería al que traspasarían en la cruz y a quien se refería la Profecía.

El Evangelista, nos refiere, por su parte, la encuesta que planteó el mismo Jesús de Nazaret ante los suyos, haciéndoles la siguiente pregunta: ¿Quién soy yo? Pedro respondió certeramente, inspirado por el Espíritu: “El Mesías de Dios”, Jesús no profundiza en aquella ocasión sobre esta respuesta, lo haría más adelante, pero les hizo estas dos afirmaciones, que no debieron gustar nada a sus Apóstoles: que Él, el Mesías, iba a ser entregado a la muerte y resucitaría al tercer día, y además que “el que quiera seguirle” tendría que negarse así si mismo y así seguirle”.

San Pablo, en la otra lectura, (Gal 3, 26- 29) nos da la clave para hacer nuestro camino y dar respuesta a las dificultades y cruces que nos llegan de continúo: Jesucristo es nuestra salvación, “porque a todos nos salva Él”, asegura a los Gálatas. En Él estará siempre nuestro apoyo y confianza.

5.- Muy queridos fieles:

“Sin Cristo no podemos hacer nada” (cf. Jn 15, 5).

Manuel Lozano Garrido esculpió en su corazón desde niño esta gran verdad que aparece en el Evangelio de San Juan.

Mucho oró y rezó ante el Santísimo Sacramento y a la Santísima Virgen María. La oración arraiga siempre a la persona en el primado de Cristo y la conduce a la unión íntima con Él y con su Espíritu.

El Santo tiene siempre la humildad y la valentía de responder siempre “Sí”, como María lo hizo en el recorrido de su vida, confiada en Dios. Se entregó sin titubear por caminos desconocidos por los que Dios les irá conduciendo hasta la su encuentro con Él.

Buen camino el elegido por San Pablo del que nos habla en la lectura proclamada a los filipenses.

Dice abiertamente: “por Él (por Jesucristo) lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo...Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome a lo que está por delante corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús”.

Su único tesoro no estaba aquí, estaba en el Cielo, y era Dios mismo.

Como Pablo y tantos santos, para Manuel Lozano estaba allí también puesta su mirada: en Dios, en la eternidad. La esperaba y la deseaba. Por eso se despide con tanta paz y seguridad, pensando encontrarse un día con los suyos.

6.- Una palabra final:

El proceso no ha concluido. Precisamos de otro milagro probado para su Canonización: para que su culto pueda extenderse a toda la Iglesia. Pidamos su intercesión. Hablemos a los enfermos, ayudemos a invocarle en situaciones extremas. Si Dios quisiera su canonización de nuevo extenderá su mano milagrosa bajo la petición del Beato Manuel Lozano Garrido. ¡Ojalá pudieran aún contemplarlo nuestro ojos!

Agradecemos también, una vez más, a la Asociación “Amigos de Lolo” su buen hacer hasta lograr el alegre momento que estamos disfrutando, pero deberán continuar por el camino que le indico y haciendo conocer la rica figura del cristiano laico, Beato Manuel Lozano; llevar sus virtudes a las generaciones jóvenes y seguir manteniendo su espíritu eucarístico, mariano, misionero, y defensor de la verdad. Preparen el nuevo Ritual para su fiesta anual diocesana, 3 de noviembre de cada año, junto con la Comisión que tanto y tan bien ha trabajado en la preparación del acto de beatificación. Gracias de corazón a tantos colaboradores y benefactores, Instituciones públicas, como el Excmo. Ayuntamiento de Linares, y otras muchas privadas.

Que el Beato Manuel Lozano Garrido, presente desde hoy por sus reliquias en esta primer Templo diocesano, interceda por nuestra querida Iglesia de Jaén, y mueva sobre todo los corazones de los niños y jóvenes, a quienes le encomendamos de forma especial, junto con los enfermos, misioneros y periodistas.

Que así sea.

Ms. Ramón del Hoyo López (Obispo de Jaén), 23/06/2010