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- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el Jubileo de las personas excluidas socialmente

JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN EL JUBILEO DE LAS PERSONAS EXCLUIDAS SOCIALMENTE

Aula Pablo VI
Viernes 11 de noviembre de 2016

Gracias a Christian y a Roberto, y gracias a todos ustedes por venir aquí, por encontrarse, por encontrarme, por rezar por mí y, como dijo el Cardenal [Barbarin], también que sus manos sobre mi cabeza me den fuerza para seguir con mi misión en la oración de la imposición de las manos. ¡Muchas gracias!

Yo fui tomando nota de algunas palabras de los dos testimonios y, después, también de los gestos después de haberlos dado. Una cosa que Roberto decía es que, como seres humanos, nosotros no nos diferenciamos de los grandes del mundo, tenemos nuestras pasiones y nuestros sueños que tratamos de llevar adelante con pequeños pasos. La pasión y el sueño, dos palabras que pueden ayudar. La pasión que, a veces, nos hace sufrir, nos pone trabas internas, externas, la pasión de la enfermedad, las miles pasiones, pero también el apasionamiento por salir adelante, la buena pasión, y esa buena pasión nos lleva a soñar. Para mí un hombre o una mujer muy pobre, pero de una pobreza distinta a la de ustedes, es cuando ese hombre o esa mujer pierde la capacidad de soñar, pierde la capacidad de llevar una pasión adelante. ¡No dejen de soñar! El sueño de un pobre, de uno que no tiene techo, ¿cómo será? No sé, pero sueñen. Y sueñen que un día podrían venir a Roma, y el sueño se realizó. Sueñen que el mundo se puede cambiar, y esa es una siembra que nace del corazón de ustedes. Recordaba uno de los que habló al principio, Etienne Billemaine, una palabra mía, que yo uso mucho, que la pobreza está en el corazón del Evangelio. Solo aquel que siente que le falta algo mira arriba y sueña, el que tiene todo no puede soñar. La gente, los sencillos, seguían a Jesús, porque soñaban que él los iba a curar, los iba a librar, les iba a hacer bien, y lo seguían y él los liberaba. Hombres y mujeres con pasiones y sueños. Y esto es lo primero que les quería decir: enséñennos a todos los que tenemos techo, porque no nos falta la comida o la medicina, enséñennos a no estar satisfechos. Con sus sueños, enséñennos a soñar desde el Evangelio, donde están ustedes, desde el corazón del Evangelio.

Una segunda palabra —que no fue dicha sino que estaba en la actitud de los que hablaron y en la de ustedes, y que a mí me vino al corazón—, cuando Robert dijo en su lengua: «Et la vie devient si belle!». ¿Qué significa? Que la vida se nos hace hermosa, somos capaces de encontrarla bella en las peores situaciones, en las que ustedes viven. Eso significa dignidad, esa es la palabra que me vino. Capacidad de encontrar belleza, aun en las cosas más tristes y más sufridas, solamente lo puede hacer un hombre o una mujer que tiene dignidad. Pobre sí, arrastrado no, eso es dignidad. La misma dignidad que tuvo Jesús, que nació pobre, que vivió pobre, la misma dignidad que tiene la Palabra del Evangelio, la misma dignidad que tiene un hombre o una mujer que viven con su trabajo. Pobre sí, dominado no, explotado no. Yo sé que muchas veces ustedes se habrán encontrado con gente que quiso explotar vuestra pobreza, que quiso usufructuar de ella, pero sé también que este sentimiento de ver que la vida es bella, este sentimiento, esta dignidad los ha salvado de ser esclavos. Pobre sí, esclavo no. La pobreza está en el corazón del Evangelio para ser vivida. La esclavitud no está para ser vivida en el Evangelio sino para ser liberada.

Yo sé que para cada uno de ustedes —lo decía Robert— la vida a veces, muchas veces, se hace muy difícil. Él había dicho en su lengua: «La vie a été beaucoup plus difficile que pour moi, pour beaucoup des autres». Para muchos de los otros, vemos que la vida ha sido más difícil que para mí mismo, siempre vamos a encontrar más pobres que nosotros. Y eso también lo da la dignidad, saber ser solidario, saber ayudarse, saber dar la mano a quien está sufriendo más que yo. La capacidad de ser solidario es uno de los frutos que nos da la pobreza. Cuando hay mucha riqueza uno se olvida de ser solidario porque está acostumbrado a que no le falte nada. Cuando la pobreza te lleva a veces a sufrir te hace solidario y te hace extender la mano al que está pasando una situación más difícil que vos. Gracias por ese ejemplo que ustedes dan. Enseñen, enseñen solidaridad al mundo.

Me impresionó la insistencia del testimonio de Christian en la palabra paz. Una frase que habla de su paz interior: «J'ai trouvé la paix du Christ que j’ai cherché» —la primera vez que la nombra—. Después habla de la paz y la alegría que siente, que sintió cuando empezó a formar parte de la coral de Nantes. Y al final, me hace un llamado a mí. Me dice: «Vous qui connaissez le problème de la paix dans le monde, je vous demande de continuer votre action en faveur de la paix». La pobreza más grande es la guerra, es la pobreza que destruye, y escuchar esto de los labios de un hombre que ha sufrido pobreza material, pobreza de salud, es un llamado a trabajar por la paz. La paz que para nosotros los cristianos empezó en un establo de una familia marginada, la paz que Dios quiere para cada uno de sus hijos. Y ustedes, desde vuestra pobreza, desde vuestra situación, son, pueden ser artífices de paz. Las guerras se hacen entre ricos para tener más, para poseer más territorio, más poder, más dinero. Es muy triste cuando la guerra llega a hacerse entre los pobres, porque es una cosa rara, los pobres son desde su misma pobreza más proclives a ser artesanos de la paz. ¡Hagan paz! ¡Creen paz! ¡Den ejemplo de paz! Necesitamos paz en el mundo. Necesitamos paz en la Iglesia, todas las Iglesias necesitan paz, todas las religiones necesitan crecer en la paz, porque todas las religiones son mensajeras de paz, pero deben crecer en la paz. Ayuden cada una de ustedes en su propia religión. Esa paz que viene desde el sufrimiento, desde el corazón, buscando esa armonía que te da la dignidad.

Yo les agradezco que hayan venido a visitarme. Les agradezco los testimonios, y les pido perdón si alguna vez los ofendí por mi palabra o por no haber dicho las cosas que debía decir. Les pido perdón en nombre de los cristianos que no leen el Evangelio encontrando la pobreza en el centro. Les pido perdón por todas las veces que los cristianos delante de una persona pobre o de una situación pobre, miramos para otro lado. Perdón. El perdón de ustedes hacia hombres y mujeres de Iglesia, que no los quieren mirar o no los quisieron mirar, es agua bendita para nosotros, es limpieza para nosotros, es ayudarnos a volver a creer que en el corazón del Evangelio está la pobreza como gran mensaje; y que nosotros, los católicos, los cristianos, todos, tenemos que formar una Iglesia pobre para los pobres, y que todo hombre o mujer de cualquier religión tiene que ver en cada pobre el mensaje de Dios que se acerca y se hace pobre para acompañarnos en la vida.

Que Dios los bendiga a cada uno de ustedes, y es la oración que yo quiero hacer para ustedes, ahora. Ustedes quédense sentados como están, yo voy a hacer la oración.

Dios, Padre de todos nosotros, de cada uno de tus hijos, te pido que nos des fortaleza, que nos des alegría, que nos enseñes a soñar para mirar adelante, que nos enseñes a ser solidarios porque somos hermanos, y que nos ayudes a defender nuestra dignidad, tú eres el Padre de cada uno de nosotros. Bendícenos, Padre. Amén.

Artículo original en vatican.va

www.vatican.va, 11/11/2016