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Un MATA-HOMBRES llamado VIRUS

Hasta hace poco, desconocidos, los virus son los culpables de la gripe, la rabia, la escarlatina y otras enfermedades. Pero encierran, posiblemente, el misterio de la existencia.

Manuel Lozano Garrido
Vida nueva, nº 305, 1 enero 1971

Este es un reportaje “gafe”. La mañana que lo iba a empezar, ¡paf!, la gripe. Yo digo que a lo mejor es porque pensaba decir cosas muy claritas de los virus, y la gripe pertenece al mismo clan. Hasta ayer estuve pegado a la camilla rodeado de jarabes, penicilinas y potingues. Daba un puñetazo y se tambaleaban lo menos cien mil “bichos”. Hoy por fin escribo, pero si os dicen que tengo la escarlatina, ¡hala! Pensad que soy una víctima de la mafia de los virus.

LOS “GENTLEMAN” DE LOS ENANITOS

En realidad los virus son hoy los niños bonitos de la ciencia. Además de que provocan las terribles enfermedades de la rabia, la erisipela, la escarlatina y el dengue –y ya está bien de perros furiosos y rascabinas-, hasta hoy había una profunda ignorancia sobre su naturaleza. Casi ayer mismo andaba sin control, como cualquier espía secreto u hombre invisible de película. Pero, ¡ea!, vino el microscopio electrónico y ahora andan tan revueltos como un avispero apedreado. Ahí donde los ven, tan modositos, resulta que pueden darnos la clave del misterio de la herencia, de la síntesis de las proteínas, e incluso de la misma vida. De aquí el dengue intelectual de los sabios.

Hasta hace poco se creía firmemente que los virus no eran sino unos hermanos menores de los microbios, algo así como los benjamines de la familia. Tal vez se fundamentaran en el daño. Pasa como con los demonios, que cada uno tiene su misión, pero todos son diablos. A los virus nadie les había visto el perfil hasta hace poco.

Desde luego hay que ser un lince para cazar a un “bicho” que no sobrepasa las trescientas milésimas de micrón. Pero vino el microscopio ese y ya hasta los empiezan a contar, como si fueran bocadillos de salchichón, con una cosa que se llama tramicrotomo. Y es que los científicos son unos águilas. Ahora, ya, hasta sombrean a los virus como a cualquier párpado de niña casadera.

Lo que hizo emparentar a los virus con los microbios o seres vivos fueron sus características de cultivarse sólo en presencia de tejidos vivientes y el de multiplicarse de un modo continuo. La bomba a estas teorías la puso el norteamericano W.M. Stanley con su descubrimiento del virus del mosaico del tabaco. La cosa vino a ocurrir hace unos treinta años y resultó que había llegado a sorprender todo un maravilloso proceso de cristalización y la cristalización es peculiar de los elementos minerales. ¿En qué quedan entonces: seres vivos o materia mineral? A la falta de un hallazgo definitivo, parece ser que ni chicha ni limonada: las dos cosas y todos felices.

De hecho parece ser que los virus están formados por un cuerpo central de ácido nucleico al que protege una envoltura densa de proteínas. El ácido nucleico varía según las distintas procedencias. En los que viven en las plantas, sus sustancias es el ácido ribonucleico o R.N.A., tan de moda por las investigaciones de nuestro doctor Ochoa, mientras que los de las bacterias es el desoxirribonucleico o D.N.A., y los de los animales conjugan ambos ácidos en distintas formas.

El hallazgo más deslumbrante y revolucionario ha sido el de la cristalización. Se ha comprobado que los virus que adoptan maneras redondeadas se encadenan en forma geométrica –tetraedros, octaedros e icosaedros- con una tendencia regular y continua. En el mosaico del tabaco, por ejemplo, el ácido nucleico se agrupa en cadenas de moléculas cilíndricas que tiene en su meollo el ácido nucleico característico que es el encargado de guardar los elementos hereditarios y genéticos o productores.

EL CABALLO DE TROYA

El proceso mediante el cual los virus nos dejan renqueando es un caso típico de desagradecimiento. Pasa aquí como con el chiste del judío: “Hijo, esto lo hago para que no te fíes ni de tu padre”. Sea usted generoso, como las células, meta en su casa a unos tipos que ni le pagan alquiler y luego que le dejan en prenda una buena ración de escalofríos, estornudos y huesos de apaleado.

Los virus entran en nuestro cuerpo gracias a esa virtud que se llama hospitalidad. Las células son así de confiadas. No usan mirilla y abren de par en par a cualquiera. Pero la gente, a veces, tiene las intenciones de un miura. El virus, así, es como un caballo de Troya. De primeras entra y se limita a quedarse allí quieto, pegadito a la pared de la célula. La célula, como la buena hormiguita, saca sus provisiones y se las ofrece envolviendo la coraza de proteínas del virus con una enzima que segrega. Desde el lado de las cosas raras a sentir en nuestro cuerpo todavía no pasa nada; pero sí, sí; la enzima celular actúa como una perforadora que al fin derrumba la muralla de proteínas. Y es entonces cuando al fin suena la hora H de la guerra de los virus. Como un batallón en zafarrancho se movilizan todos los elementos productores del virus y ocupan posiciones esenciales en la sustancia celular. Es en ese momento cuando empieza a vivir, como ciertas gentes que yo me sé, de la olla de la mujer. La materia celular es consumida infatigablemente, y, la multiplicación, en apenas unas horas, alcanza la escalofriante cifra de millones de virus. A simple vista, todo aquello es más que una mera transmutación química, pero en realidad lo que ha ocurrido es la debilitación y muerte de las células. Ya, desde la calle, un hombre tiene fiebre y estornuda. A la tarde empezará con los potingues.

UNA BARAJA QUE PROMETE

Pero dejemos este ángulo feo de las enfermedades y vamos a ver a los virus desde las gafas de los hombres de laboratorio.

Eso de que los sabios no pueden perder el tiempo en el fútbol o en el café tiene sus más y sus menos. ¡Menuda partida de mus se juegan cada día con la baraja de los virus! Porque es el caso que resulta de un alto interés científico conseguir separar las dos partes constitutivas de los virus –núcleo y proteínas- y luego someterlos entre sí a distintas combinaciones. De todo esto ha salido que el poder infeccioso reside siempre en el ácido nucleico. En consecuencia ha nacido una esperanza: la de llegar a conseguir un virus con la coraza proteínica de un maligno –la coraza, como decimos, no es activa- y el ácido nucleico de uno no patógeno, con lo que llegaríamos a un virus inexistente mediante aplicaciones de nitrito.

Pero el hallazgo más sensacional para la calle y los laboratorios corresponde a un español, el doctor Severo Ochoa, buen Premio Nobel. Ha llegado, en laboratorio, a la síntesis del ácido ribonucleico, lo que quiere decir que ya se levanta todo un telón sobre los misterios hereditarios y vitales. La ciencia tiene una profunda razón de esperanza. Y es que, amigos, los virus son una cosa como para quitarse el sombrero.

Beato Manuel Lozano Garrido, 07/04/2016