Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«Trabajo en equipo, por el bien de los demás, de la información, el diálogo y la creación de una conciencia social
es el NOBLE EJERCICIO DEL PERIODISMO»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
Únete a los Amigos de Lolo en Facebook Únete a los Amigos de Lolo en Twitter
 
Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Vais a saber lo que es un cura

EL DIARIO DE UN CURA
(el diario del padre Castro)

es como tener un corazón sobre la palma

Manuel Lozano Garrido,
publicado en la Revista Signo (sf)

Seguro que vais a notar como una sacudida de escalofrío, pero por nada del mundo quiero que dejéis pasar por alto la oportunidad. El escalofrío es como el pedernal del que brota la llama del entusiasmo, ese “Dios interior”, que decía Pasteur, y cómo vamos a llevar a Dios en vilo por el mundo si no tenemos un volcán en el corazón.

Os digo, pues, que leáis el “Diario de un cura”, ese libro nuevecito en la colección “Remanso” que ha escrito el P. Antonio Castro Zafra, y que se está vendiendo como la espuma.

No me digáis que sabéis lo que es un cura porque cada noche echáis  un párrafo con algunos de ellos, le ayudáis el domingo en el suburbio y de ocho en ocho días vais a desmenuzarle las peripecias de vuestro corazón. A los curas, los que no creen tienen la desgracia de no verle más allá de su frontera de hombre, mientras que a los otros nos ronda el peligro de que se nos pierda en una visión de angélico alzacuello. A unos se les diluye el Cristo y a otros se nos escurre el hombre. Pero si el ateo puede llegar al Redentor por el hombre santo, a nosotros se nos escabulliría siempre el Calvario por entre los ángeles y las ascensiones. Así, pues, os garantizo que si lo leéis, en la vida se os va a olvidar lo que es un cura.

EL PADRE CASTRO

Veréis. Yo estoy en condiciones de deciros quién es el Padre Castro y de avalar lo que cuenta en su diario. Podéis creerme porque os lo digo con el pecho abierto, como en una confesión.

Puede que de esto haga como unos cinco años. Un día vino destinado a mi parroquia un nuevo coadjutor. Nos conocíamos antes porque él colaboraba en una revista que yo dirigía: “Cruzada”, una publicación de tipo juvenil precisamente. Lo de menos es que entonces le cediera los trastos, porque de hecho hacíamos y deshacíamos el alimón. Lo importante es que yo vivía frente por frente de la parroquia y que mi pueblo, fundamentalmente, es minero.

«Caridad es también poner los codos sobre la mesa y enterarse para alumbrar soluciones»

Todos los días, cuando el Padre Castro terminaba sus cosas, se subía a mi habitación y nos enredábamos venga a escribir. El cogía la máquina y, nada, folios y folios y yo a mis cosas. Su carpeta era como un baremo de sus preocupaciones. Al principio era leve y delgadita, pero a medida que entraba en los problemas el cuero reventaba de fichas, partidas y documentos. Fijaos lo que es que un hombre tenga el “veneno” de los periódicos, de las páginas bonitas o el estilo brillante y que de pronto le veis que pasa horas y horas devorando tomos de medicina y de legislación ¿Qué para qué estudiaba don Antonio? Porque caridad es también poner los codos sobre la mesa y enterarse para alumbrar soluciones.

Así fue como supe que había empezado a crucificarle la preocupación por el mal de las minas. Puede que no hayáis estado nunca en una mina, pero os digo que la enfermedad de la piedra, la silicosis, es como pensar en el Gento o el Di Stéfano que galopan por un estadio, meterlos en lo hondo y a los cinco años darles con los nudillos en los bronquios y ya suenan como los tableros sintéticos.

El mundo de la mina es como un aljibe lleno de agujeros: haré aguas en el tajo, las previsiones, los salarios y, como consecuencia, se resquebrajan los hogares, la salud, los hijos, el corazón; todo se conmociona como resentido por el peso que aplasta los pulmones. Uno lee una estadística de accidentes y bajas, siente su resquemor, piensa que se debía de hacer algo por esa gente, y ya. Pero lo verdaderamente terrible es dedicar la vida a esas criaturas, en la que está Dios; ir a ellas con el corazón abierto y verlas que tienen los ojos volados por la dinamita y cobran 107 pesetas de pensión, mientras hay hombres con talonarios que se fuman un puro con los pulgares en las sisas del chaleco.

Desde la habitación en que yo he de estar siempre empecé a vivir también la angustia de la mina a través de los hombres que traía o venían a ver al cura. Y nada podré agradecer más que el descubrimiento del Cristo que en ellos sufría. Un día me presentó a un hombre que tenía dos simas profundas en el cuenco de los ojos. Cuando daba la mano -lo cuenta también el P. Castro- notabais, como si os succionaran el corazón de un modo extraño. A Miguel, el Recio, un tío “macho” que defendió a Lechuga, el muchacho de la J.O.C. que se ponía en cruz en lo hondo y rezaba cuando los otros blasfemaban.

EL DIARIO  

Bueno, pues todo esto es el diario, y más: el dolor de un ser a quién pinchan todas las llagas del mundo y sigue con las palmas tendidas a los trallazos porque sus brazos son el único puente que salva; la soberana fuerza del amor y de la esperanza que escribe cartas, visita ministerios, compulsa informes y batalla también por una liberación humana; la fe, la eterna fe en las alas de los hombres, aunque uno tenga siempre ante los ojos un duro telón de barro…

Es verdad que mucho de todo esto es lo que les pasa a todos los curas del mundo pero lo formidable aquí es que todas las circunstancias palpitantes se apoyan en el realismo, el brío y la objetividad de una pluma sincera hasta la sangre, precisa hasta astillarse en el esfuerzo, auténtica como la misma imagen del cristal de nuestros ojos.

TESTIGO: EL LECTOR.

Ya cuento que yo fui testigo de cada uno de estos sucesos. Luego leía los relatos todavía calientes, y como amigo he llegado hasta ese límite que puede dar de sí la confidencia sacerdotal. Pues lo estupendo del diario es que él lo escribe y parece que vosotros también tenéis en los oídos el acento de su palabra; que cita al “Chache” o a un silicoso y se diría que estáis oyendo su estertor de agonizantes; que la soledad lo aplasta a él en una Noche de Reyes y vosotros vivís junto a la cama turca, como una cámara de cine; que vais por la calle, os cuenta un bautizo, una boda o un dolor y se os pone ante los ojos una mano que pasa siempre, siempre, siempre por la frente de todos como una caricia. Como cuando estáis esperando al tranvía y veis un niño atropellado, así se nota de claramente en el “Diario de un cura” el corazón que se crucifica a cada minuto por todos los que andamos por el mundo.

¿Qué un cura es también gloria? Para nosotros, si; hace una cruz y ya estamos otra vez libres. A él la gloria le cae del otro lado de la frontera. Lo suyo es el Getsemaní. ¿Qué a alguien  le va a asustar la sangre? Pobre de él porque ésta  es la sangre que redime, la verdadera sangre que empezó a derramarse en el Calvario y aún sigue purificando a cada uno de los que ocupamos un lugar en el mundo.

Beato Manuel Lozano Garrido, 02/09/2015