Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«La figura de Lolo es, especialmente para los comunicadores, un modelo y un virtuoso ejemplo de saber testimoniar con alegría el don de la Vida, aún en situaciones de prueba con las que convivimos a diario»
- Ms. Claudio Mª Celli -
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Y venció el amor

Andrés Botella, patrono de la Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
IDEAL Jaén, 2 de septiembre de 2017

¡Qué atrayente es encontrarse con personas verdaderamente alegres! El gozo que poseen, la serenidad que demuestran y la sencillez que evidencian, nos hacen sentirnos bien a su lado.

Quisiéramos, en el fondo más íntimo de nosotros mismos, parecernos a ellos; y experimentamos, tal vez, un cansancio difuso y pesado, de tantas apariencias engañosas que solicitan constantemente nuestra atención o -peor aún- nos entretienen inútilmente en el veloz transcurrir de nuestra breve existencia.

Algo nos dice que también nosotros podemos ser así, aunque no resulte gratis, porque lo que vale suele costar; pero merece la pena. Ellos, siendo como nosotros y haciendo frente a dificultades diversas y a sus propios altibajos, lucharon y ganaron.

¡Cómo se diferencia ese alegre heroísmo -asequible a todos, sin excepción-, del inconsistente y estéril modelo de tantos `idolillos' de fachada y pacotilla! Estos últimos, ávidos de su propio interés, más nos defraudan que nos 'esquilan'. Sin embargo, aquellos otros, que despiertan nuestra íntima -o acaso secreta- admiración, discernieron la paja del trigo, supieron amar (he ahí el secreto de los Santos) y se esforzaron como valientes.

Uno de éstos, nuestro querido 'Lolo', nació en estas tierras, uno más entre quienes caminamos por ellas. El joven Manuel Lozano Garrido (que así se llamaba 'Lolo'), arriesgó su vida y sufrió prisión, en plena contienda civil, por el Amor de los amores. Cumplió el servicio militar en tales circunstancias que contrajo una incipiente pero grave y dolorosa enfermedad. Comenzó Magisterio, pero las circunstancias le llevaron a ejercer el periodismo; y lo hizo con verdadera ilusión profesional y notables éxitos, aunque -cada vez- más impedido. El sufrimiento, junto con su trabajo, ofrecidos a Dios -uniéndose a Cristo en la Santa Misa-; especialmente por los profesionales de los medios de comunicación (de ahí nació la Obra de Sinaí), despertó la admiración de los cientos de amigos que le visitaban y de personalidades de los más distintos ámbitos y países.

Escribió Lolo que lo que hace desgraciada una vida no es el dolor, sino la falta de amor; y tenía motivos para saberlo. Su alegría era continuada, imperturbable y contagiosa. Su muerte fue tan ejemplar como su vida: un rotundo triunfo de la Gracia de Dios, en medio del sufrimiento, transformado en gozo por amor. La Iglesia le elevó a los altares recientemente, como un modelo imitable del seguimiento de Cristo.

¿Cómo? Entiendo que se equivocaría el que pensase en cosas raras. Lolo era todo un hombre normal con una fe fuerte y un amor a todos, arraigado en la Eucaristía, en la que está presente (en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad) el Gran Amor que hace posible cualquier verdadero amor, nuestro Jesús Resucitado. Ese amor, hecho heroísmo cotidiano, le llevó a un celo apostólico incesante y una admirable valentía en sus escritos, trabajados con profesionalidad evidente; y todo ello, en medio de los sufrimientos y limitaciones de una progresiva y severa enfermedad, con ceguera total los últimos nueve años de su vida, en una situación económica muy delicada.

Y dio fruto, porque vencieron el amor auténtico y la Gracia de Dios, que -con nuestra colaboración esforzada- lo hace posible; y su fruto permanece, porque la vida de quienes aman sinceramente a Dios, ni es triste, ni estéril, por mucho sacrificio que conlleve: ¿o va resultar que se entristece una buena madre cuando -muy gustosamente- se fastidia por su hijo? Cierto que Jesús predicó la necesidad de negarse a sí mismo (es decir, el hombre viejo que hay en nosotros), de tomar la cruz (la que, pequeña o mayor, se nos presente cada día) y de seguirle; pero Él va con nosotros y va delante de nosotros; y no dijo que ese camino fuera triste: ¿cómo podría serlo cuando acaba -además- en la más plena felicidad que no tiene fin y que tantos apetecen sin encontrarla, porque se empeñan en no entrar por la puerta estrecha, sino en seguir senderos tan anchos como equivocados?

Artículo original en Ideal Jaén, 2 de septiembre de 2017
Ideal (Jaén), 05/09/2017