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En este artículo, su autor, a saber Lolo, recuerda un tiempo pasado en el que toda acción espiritual católica gozaba de poca conveniencia según eran los pensares generales de aquellos años 30 del siglo XX.

Fundar algo como la Obra Atlético Recreativa tuvo que ser, según nos dice el autor de este artículo, cosa no fácil por el ambiente anticlerical que predominaba entonces. Fue, sin duda, el espíritu emprendedor el que hizo posible que todo aquello saliera adelante.

El caso es que deducimos de estas palabras que mucho de lo que ya entonces, en 1952 cuando este artículo se publica, era fruto de la entrega desinteresada (económicamente hablando pues interés espiritual lo había y mucho) de tiempo y, en muchos casos, dinero, para hacer posible que la fe no decayera ni se dejara sepultar por el espíritu del mundo.

 

 

Publicado en Signo, en mayo de 1952.

 

Allá por el año 1930, Linares era una de tantas ciudades españolas azotadas por un vendaval materialista que amenazaba dar al traste con su secular tradición cristiana. Como remedio a tan inminente calamidad se creó la Acción Católica Juvenil. El ambiente era sistemáticamente pagano, de una orientación diabólica a la caza de la conciencia individual y social. Se imponía, pues, al par que una proyección decididamente apostólica, la creación de un clima sano capaz de dar solidez a las conquistas e iniciar otras nuevas.

Afortunadamente, el domicilio social, por su amplitud, se prestaba a ello. Pero entre las dificultades no era la menor la ausencia de un capital que, aún consciente de un probable riesgo, financiara la empresa. Y Dios, que había tocado en generosidad al presidente fundador, no demoró la aceptación. Hubo, pues, capital, pero -fijaos bien- era como un espaldarazo divino a una gavilla de férreas voluntades con hambre de lejanía.

Se desmontó el jardín, de vastas dimensiones, y sobre él, apisonado y enarenado, todo un escenario al día acogió a un cuadro de artistas improvisados, pero, por sus sacrificios, maestros desde la primera representación. Como prueba de su esfuerzo os diré que llegaron a representar una comedia semanal distinta, casi siempre en tres actos, con los correspondientes cambios de unas decoraciones suntuosas. De entre ellas destacó por su fastuosidad y excelente puesta a punto un “Divino impaciente” (de J.M. Pemán) inolvidable. Desde el más consumado artista hasta el último acomodador, pasando por carpinteros y músicos, todos eran jóvenes asociados.

La temporada inicial se liquidó con un déficit muy sensible, puesto que la asistencia, como un premio para la familia del muchacho que cumplía, era gratuita. Pero el objetivo se lograba; puesto que el público, entregado a aquella simpatía gozosa de los muchachos, llenaba el local. Y tras la ruda siembra vino la primavera de una obra grata a Dios. El donativo de una modesta máquina de cine, la solicitud del público por contribuir a la empresa y la superación, casi físicamente imposible, de los jóvenes, con dos cuadros de mayores y otros tantos de aspirantes, coinciden con un florecimiento apostólico que enroló a buena parte de la juventud linarense. Sólo pensando en las infinitas posibilidades de una generación calada de Cristo cabe explicar aquel dinamismo arrollador, aquella acción perfecta que contagió a la ciudad y que aún sobreabundó para impresionar la comarca y cuajar una Asamblea fecunda. Jornadas de estudio, dirigentes, Aspirantado, selectos, vida eucarística, catequesis y obreros… se nutrieron de aquel esfuerzo gigantesco. Y, a la postre, las restantes temporadas, en las que llegaron a darse tres funciones semanales (una de ellas para los «peques» que asistían a las catequesis), compensaron económicamente, pese al desembolso que suponía el alquiler de un modernísimo proyector sonoro y las correspondientes películas.

Cuando el estío finalizaba se desmontaba el conglomerado teatral y, almacenado, daba paso a una polifacética labor deportiva, en la que no estaban ausentes ni el fútbol, ni el frontón, ni el atletismo, con su secuela de triunfos y prosélitos.

A la vuelta de los años, cuando va siendo posible la historicidad de un juicio desapasionado, ¿qué frutos se han cosechado de aquella siembra? Entre otros, la radical transformación religiosa de un pueblo, la superabundancia de elementos directivos, alguno de los cuales aún permanecen; la creación de una cantera que perpetúa el Centro; el refrendo popular a las campanas que la Acción Católica inicia y, cuando menos, un rescoldo de simpatía que posibilita nuevos intentos de captación.

No hay más categoría de superhombres que los que forja la gracia en quienes se le entregan. Lo que hicieron los fundadores de los Centros lo pueden los muchachos actuales. Pero para ello hay que poner el máximo de entusiasmo. Lo demás se nos dará por añadidura.

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