Publicado en la revista Linares, septiembre de 1957

Escribo bajo la pesadumbre de una impresión apocalíptica. Aún me tiembla en los oídos una relación de catástrofes mientras en la imaginación baila la fatídica zarabanda de la muerte.

He leído a Bloy, uno de sus muchos libros trágicos, este en el que el diapasón de la guerra acentúa su dramático trémolo cotidiano. Desde la portada, cuatro caballos enloquecidos galopaban sobre un cielo cárdeno, mientras a mi lado la radio iba ribeteando el ambiente patético con noticias de desgracias: terremotos en Tokio, en Filipinas, en el Asia Menor.

No es que afirme que las cosas sean como un claro teletipo de Dios, cuya palabra se nos da a la simple aplicación cifrada. Lo que nos ocurre tiene a veces una perspectiva ampulosa, a la que sólo el tiempo arranca sus limpios contornos. Los hechos son así, como piezas de un rompecabezas que únicamente en la totalidad alcanzan su armonía.

Más en la vida hay también sucesos que titilan como un continuo invitatorio a la interpretación. Es, por tanto, que se cumple lo de Salvaneschi, de que “las cosas llegan siempre en el momento más oportuno para darnos una enseñanza”. El mismo Bloy lo ha expresado con palabra más dura: “El azar es el dios de los imbéciles”.

Hoy, en el camino árido, alucinante, de la lectura de Bloy, se ha antepuesto el valladar de la Salve, y lo acepto con toda su categoría de símbolo y su alta función medianera. He aquí lo que puede ser su mensaje.

Cada vida tiene una órbita prefijada, cuya fidelidad lleva al orden del mundo espiritual. Mas cuando por el pecado se rompe el equilibrio, es preciso un esfuerzo compensatorio que lo restaure. Así, que nadie se sorprenda si en el mismo momento en que un hombre goza desordenadamente Dios sabe qué hombres anónimos están siendo abrumados por el peso nuevo de una cruz.

Hay ahora una prevaricación que aterra. La Historia, es verdad, está plagada de claudicaciones, pero nunca como hoy fue el pecado tan accesible y tuvo tan escandalosa resonancia. A la civilización, lo que es en esencia para elevar y dignificar, se la ha contorsionado, hasta dar con sus aristas más degradantes. El que escribe moja su pluma en fango y presume de estilista. Para el niño parece como si hubiera una salvaje complacencia en aminorar su inocencia. El robo, siempre ceñido al área del “descuidero”, tiene ahora una vasta nomenclatura de márgenes, salarios base y dividendos. Hasta para el genocidio hay el refrendo de los Estados y el Sanctasanctorum de las clínicas anticonceptivas. Se diría que un humo viscoso, mísero, de podredumbre, llega hasta los mismos labios de Dios, forzándole a la náusea. Es, por tanto, que el motivo está a la mano para los Bloy jeremíacos.

Pero “el abismo llama al abismo”. (P. Van der Meer.) Sobre la sima sin fondo de nuestra culpa gravita también el ala gigante de Dios, ese otro abismo de misericordia que se extremó hasta el paroxismo de la Cruz, y la Mano a la que es habitual el milagro le ha dado continuidad en las nuestras con el soberbio poder de la oración. Un corazón que acepta y clama  –la mujer que lleva en silencio el afán diario, el niño de la “china” en el zapato, el hombre de la lesión en la espalda que descansa sobre un lecho de pino –  tiene ya en sus dedos la clave para compensar, y todos los estigmas de maldición podían ser borrados con una clara actitud oferente.

¿Es posible que las manos escuetas de unos hombres puedan saldar la impagable deuda del mal? Claro que la plegaria es mucho más que nuestros atropellados padrenuestros o nuestras soñolientas avemarías. Todo el poder estabilizante de la oración radica en su fundamento sobrenatural, o sea de superación de la Naturaleza. Nuestras inclinaciones espontáneas están por el egoísmo sin medida. En consecuencia, el hecho punible nace de un uso abusivo, que allana el fiel de la balanza de Dios. La renuncia voluntaria de otra criatura pone en juego una nueva fuerza que se le opone y le supera por el valor del desprendimiento. En la oración hay, pues, una raíz de renuncia.

Rezar es, por tanto, que la lágrima que arranca la tribulación brille, porque lleva en su seno una mágica luz de amor; que al río rojo de los dolores lo cubra la púrpura de la aceptación; que tengamos siempre a la mano la brida para el potro de los deseos y las inclinaciones.

Renuncia, siempre renuncia, a la medida de nuestras circunstancias; oración, al fin y al cabo, en carne viva. Santo Domingo vió esta posibilidad en nuestras vidas, llevándola a la estructura del rosario: gozo, dolor y gloria. Porque, como ha dicho Jammes, en la vida –destierro- “hay gozos, dolores y glorias a la medida de cada uno”. Todo es perfecto, a la larga, en la composición Divina. Un solo punto queda por dilucidad: el de nuestro valor para canalizar por María el gozo, el dolor y la gloria de nuestras existencias, hasta hacerlas suplir, generosamente, el vacío que deja la sangre que dilapidamos. Es esencial. Porque mientras haya clamor no habrá Apocalipsis.

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