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Continuamos con las cartas que Lolo escribe a religiosas de clausura con un tema que viene la mar de bien, el de Navidad pues ya podemos imaginar que tal periodo espiritual no se vive lo mismo desde fuera de la tapia que desde dentro de la tapia de un convento.
Es bien cierto que las religiosas de clausura no pueden caer en lo que puede tener de tramposo las “luces” que el mundo utiliza para tal celebración. Y es que ellas andan a las cosa de Dios y a la de las necesidades de los hombres pero de otra forma y con una profundidad a la que no es fácil llegar.
No podemos negar, de todas formas, que en aquel Niño que nace entonces y al que se refiere en esta carta el Beato Lolo, está ya, se muestra, una sangre que habrá de redimir al mundo y que no quiere alejarse de aquel momento gozoso del venir al mundo.

 

 

Publicado en la Revista Orate, en diciembre de 1961

 

Hermanas:

¿Verdad que con las palabras sucede como con las cosas nuevas, que de pasarle la mano pierden el brillo y se hacen rutinarias? Me acordaba de esto con las felicitaciones de Navidad. Estuve despachando las de los amigos y pensaba en que – qué lástima de la palabra «felicidad», tan limpia, tan hermosa, tan fundamental; y tan gris, a fuerza de saludos de tiendas de comestibles. Me he dicho que tenía que felicitaros con el corazón, sobre los «crismas» bonitos y las frases de circunstancias, y aquí estoy, con el pensamiento de cada una de vosotras de cara a Dios y ese deseo de que seáis eterna y radiantemente dichosas, que es el fin de la naturaleza humana.

Pienso y os digo que nunca es más oportuno el pensamiento de la felicidad, que en este día. El 25 de diciembre, más que una hermosa fiesta hogareña, más que una esperanza, es una evidencia de felicidad, la sed infinita que hay en la raíz del corazón que desciende ya del cielo y se nos pone sobre la palma de cada uno.

En realidad a partir de Belén, cada criatura que se esfuerza no hace sino marchar por un camino de gloria fácil, dejarse llevar por esa fuerza divina que le encarna y le arrastra velozmente hacia una meta en donde se cumplen limpia y perpetuamente los sentimientos de paz, de alegría y de gozo. Desde Navidad, con el Niño que nace, somos como los bebés de un reino de bienaventuranza. Nadie mejor que vosotras lo ha entendido así. Lo dicen las alas de vuestros pies y el revuelo de vuestro corazón ahora que empezáis a instalar el Nacimiento, o el brillo de vuestros ojos cuando ensayáis canciones, rebuscáis musgo por la huerta o desempolváis las viejas figuras de colorines. La ternura y el escalofriante misterio de un Niño recién nacido lo anunciáis tan sólo con el mensaje de la alegría.

Mirad, os quiero contad que anoche nosotros también pusimos el Nacimiento. No os puedo decir que es pobre porque nunca será pobre ni aún un leve pensamiento de Dios. No es más que las tres figuras del Misterio, puestas delante de los libros, sobre un travesaño de la biblioteca. Luego quisimos que allí hubiera también como un símbolo palpable de nuestro reconocimiento y hemos colgado del techo una gran estrella de purpurina, con su guirnalda y todo de verde y papeles que relucen. Sin embargo, ahora mismo me decía que hay que ver la indiferencia de este Belén con canas y aquellos otros que empezamos a instalar con unas figuras que fuimos comprando al lado del abuelo y que cada año alineábamos sobre la mesa del comedor con la misma ilusión infantil y las mismas canciones de una vida que se despliega en esperanza. ¿Por qué no hay ahora en mi cuarto una bulla de zambombas? ¿Es que la ilusión de Navidad se derrite al fuego de la vida, como la leyenda infantil del regalo de los Magos?

Lo bueno de la Navidad es que está sobre las edades y los tópicos, los fracasos y los triunfos, los accidentes y las debilidades. Lo hermoso de esta felicidad es que Dios está en el destino de cada persona y allí se hace árbol de Amor que vive siempre en primavera, aunque en el cuerpo en que habita haya tribulaciones, peligros y sufrimientos.

Cuando Dios da a compartir su alegría lo hace sin cortapisas, con nieve o sudando, con días de fiesta o jornada de trabajo, con cantares o entre lágrimas, al nacer o con el impacto de la muerte. Su júbilo sobrenada sobre los domingos y las fiestas oficiales. Es una fuente que siempre tiene a punto su chorro claro para cada hora. Permanece siempre, se crece siempre, fructifica siempre.

Por eso hay que tener cuidado con la zancadilla de las «luces». Con la alegría cristiana cabe el peligro de que nos la escamotee «nuestra» alegría, el molde de la alegría en uso. Y como la alegría una raíz tan limitada de risas y festejos, la paz se nos puede perder durante las circunstancias serias y difíciles. En un dolor de cabeza o durante una humillación no hay carcajadas, pero a ver quién puede negar el gozo que hay allí de la aceptación por amor. Las celdas se barren los lunes y los martes, sin fulgores de domingo; quejas y curas de enfermos se hacen en la noche y correcciones y titubeos de cartillas de niños en los días grises; pero Dios sigue cada día sonriendo al fondo, sobre la aparente oscuridad y el baño común de las cosas. No habrá destellos ni iluminaciones, pero un algo secreto nos dice que estamos en buen camino y que, desde donde quiera que nos miren, los ojos de Dios permanecen serenos y confirman nuestros pasos. Esa es la sustancia eterna de la alegría, la que vale porque está sobre las consolaciones momentáneas. Tan ancho y tan pleno es el mensaje de la encarnación que también Cristo nos ha dejado la lección de estos ángulos “negros”. Belén tiene ofrenda de requesones, misión de ángeles y sonrisas de Niño sonrosado, pero nadie puede quitarnos, a su vez, el hedor del establo, el frío, la pobreza o la angustia de una noche sin posada. Son realidades que Dios quiso incrustar en su misión como un elemento más a lo que salva. Antes que «padre» o «madre», ya quedó en el pesebre la primera palabra del tesoro redentor de la alegría dolorosa. Lo que de verdad nos dijo entonces es que la alegría será siempre posible; que tiene un signo «más» que se crece sobre los triunfos, pero también sobre los fracasos aparentes, los dolores y el duro y lento caminar de cada hora. ¿Para qué darle vueltas?: la Pasión sangra ya en el Niño que sonríe entre la mula y el buey.

Por favor, que nadie me piense un aguafiestas. A ver si me entendéis: lo que quiero dejar bien claro es este cuerpo robusto de la alegría cristiana, su trascendencia y su .

Desde el concepto vulgar sólo se puede sonreír con el cuerpo sano, sin problemas, o con discos y con monedas en el billetero. Por el contrario, desde Belén, la paz, el júbilo y la serenidad florecen verdaderamente en la dura labor del trabajo y la obediencia, en la áspera línea de los vencimientos, en tantas contradicciones, quejas y dolores como rezuman las camas de los dolientes. El color de la comunidad cristiana es el blanco de la alegría y no el negro, (como alguien ha querido tacharle); y es el blanco, pensando en el símbolo clave del sepulcro abierto de Cristo.

Sangre hay también en las palmas agujereadas del Mesías que resucita, como en las leves manitas del Niño entre pañales, pero ya sólo cuenta la luz y la paz.

DESDE AQUÍ MISMO, EMBORRONANDO PARA VOSOTRAS

La palabra “felicidad” sobre una cartulina navideña, de cara a vuestro belén y el mío, los turrones y los villancicos, he querido tirar para todo el año del sufrimiento infantil de Dios y que la clave de este misterio de alegría esté por siempre inflamando vuestras tocas, calzando vuestras sandalias, nutriendo hermosamente vuestros anchos pensamientos. Que cuando llegue la hora en que los horarios olvidados, las curas que rinden o los niños cargantes os traigan al corazón una fría sensación de noche oscura, de tarde «negra», tengáis entonces conciencia de que estáis doblando y participando en el misterio de Redención y de alegría de la Encarnación. Aunque os pesen los hombros, aunque os duela el alma, jamás estaréis tan de lleno en el reino de la alegría. Puede que os parezca que vuestros labios o vuestros ojos no ríen entonces y que un vacío se ha hecho alrededor de vuestro corazón y os tira de la serenidad. Os aseguro que ya entonces sí que sois felices. Por lo que no veis a la alegría es porque su simiente se ha hinchado con la aceptación o la generosidad y se ha hecho como una espiga gigantesca que grana sobre la anchura de los mundos. En gentes que nunca veréis, pero que ahora palpitan, sudan y aman con una alegría que no sabrán explicar de dónde les viene, pero que os garantizo que es vuestra y nació de entre las tocas blancas de un quirófano, junto al libro de horas o acariciando la frente de un niño que hace palotes. ¿Hay mayor felicidad que esta de sentir que nuestra alegría se ha hecho a su vez redentora?

Vuestro siempre,

MANUEL LOZANO GARRIDO

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