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  3. Artículos de Lolo: 2 años de gozo, alegría y luz

Cuando al que esto escribe le propusieron dar a la pública lectura los artículos que el Beato de Linares (Jaén, España) de nombre Manuel Lozano Garrido, había publicado en diversos medios de comunicación de su tiempo, pensó que era una buena ocasión (¡inmejorable!) para conocer aquello que nuestro buen amigo linarense había producido, por decirlo así, para solaz del prójimo.

 

Es bien cierto que hace años se publicó, en 1999, un libro que contenía 41 de esos artículos41 Artículos de prensa de Manuel Lozano Garrido, «Siervo de Dios«‘,  es el título del mismo y que corrió a cargo de Caja Sur, con Prólogo de Miguel Castillejo Gorraiz y con introducción, nada más y nada menos, que de Alejandro Fernández Pombo, gran amigo de Lolo). Sin embargo, teniendo en cuenta que el número de los mismos alcanza algunos cientos… en fin, como que era buena cosa que el mayor número de lectores posible se llevase al corazón el resto que, lógicamente, no pudieron ser publicados en tan meritoria obra, se pensó que esta labor, la de la publicación de los citados artículos, sería más que buena y conveniente.

Pues bien, poco a poco, en el blog de la Fundación Lolo, en esta misma casa por decirlo pronto, y cada miércoles, se han ido publicando los supracitados artículos. Así hemos llegado a más de cien artículos de Lolo publicados, lo cual quiere decir que han pasado, ni más ni menos, que 2 años desde que el primero de ellos fue aquí publicado.

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que para quien esto escribe (simple amanuense de obra tan magnífica) ha sido un descubrimiento más que importante y, por decirlo pronto, crucial para mi vida. Y esto por lo que sigue que, espero, pueda haber acaecido a alguien más de los lectores de Lolo.

Sin duda, han sido dos años de gozo porque resulta de lo más gozoso (valga la casi redundancia pero más necesaria que nunca) porque lo es poder llevarse al corazón aquello que fue capaz de escribir Lolo de los temas más diversos. Y, sobre esto, es más que cierto y verdad que, como suele decirse de quien lo es (y nuestro amigo lo fue) como periodista, el Beato de Linares lo fue de raza, de verdadera raza y más que capaz de tocar los más diversos asuntos demostrando que, para escribir, antes ha tenido que informarse más que bien. Es decir, que ni escribe de oído ni nada por el estilo sino con pleno conocimiento de lo que hace y eso, lo decimos con franqueza, no siempre se puede cumplir…

Sin duda alguna, han sido dos años de alegría. Y es que, ciertamente, ver lo que Lolo escribió nos llena de ese sentimiento que dimana, no por casualidad, de él mismo. Y esto lo podemos decir por los testimonios de aquellas personas que lo conocieron en persona y que hoy, hoy mismo, pueden hablarnos (y lo hacen en bastantes ocasiones) de cómo era Lolo y atestiguar que era el santo de la alegría que, dadas sus circunstancias personales bien conocidas por todos, no era poca cosa sino mucha y más que mucha.

Alegría, sí; alegría producida por el prodigio de la escritura de Manuel Lozano Garrido que, cada línea que dio a la luz (¡y eso es más que difícil) deja una impronta que, como tal palabra indica, es algo así como un rasgo peculiar y distintivo que Lolo dejó en su obra escrita.

Y ya por fin, y sin dudar lo más mínimo, han sido dos años de luz porque han iluminado en mucho y más que mucho el conocimiento de muchas realidades y personas que no eran conocidas por quien esto escribe.

Así, escritores como José María Pérez Lozano, Alejandro Fernández Pombo, Francisco Javier Martín Abril, la poetisa Fanny Rubio, etc; o, también, personajes como el Doctor Tom Dooley (a quien bien podemos llamar “mártir de la caridad”) o enfermos tan dignos de su ejemplo como Denise Legrix (sin manos y pintora…) o Lorena Hickok que, siendo sorda, muda y ciega llegó a graduarse en la más prestigiosa Universidad de los Estados Unidos de América… Y así una larga expresión de qué es lo que Lolo dio a conocer y, sobre todo, lo que hoy día da a conocer a quienes nos hemos acercado a su persona tantos años después de su subida al Cielo, a la Casa del Padre.

Como es fácil comprender después de haber escrito esta escueta memoria de los beneficios que produce la lectura de los textos de Lolo, tan sólo me queda por agradecer, allá en el Cielo donde está, a nuestro común amigo Manuel el haber sido capaz de sobreponerse a todo lo que tuvo que sobreponerse para entregarnos su corazón en cada uno de los artículos que publicó en su tiempo y en su día y que, por cierto, no han perdido vigor alguno sino que, como el buen vino, han mejorado con el tiempo.

Gracias, pues, Lolo, y más de cien gracias… por ahora.

 

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