Artículo de Marisol Carpintero

LOLO, todavía me queda un día, antes de cerrar el centenario de tu nacimiento.

Leo la dedicatoria de un libro que reza así: “Al corazón que nos enseñó a querer a Juan Pablo II, para que conozca y también quiera a la Hermandad que nos dio la oportunidad de conocernos”. Sí, recuerdo bien mi primer viaje a Linares -2007-, temía sobre todo, no colmar las expectativas de los que apostaron para que yo formara parte del elenco de personas dedicadas a los “Martes Formativos”, sin ofrecerles, de mi parte, ningún aval garante de la apuesta, no lo tenía.

La Cofradía de la Hermandad de la Vera Cruz celebraba entonces el 450º aniversario de la aprobación de sus Primeras Constituciones (17-V-1558). El objetivo de los encuentros, era recordar qué papel han de tener las Hermandades y qué sentido tiene la pertenencia a estos colectivos asociados en la Iglesia. Por otra parte trataban de profundizar en la espiritualidad de dos de los grandes nacidos en 1920: Juan Pablo II y Manuel Lozano Garrido. Yo compartí con humildad y sencillez mi conocimiento, pero sobre todo mi amor por el Gran Papa del Siglo XX, Juan Pablo II, y Linares, la hermosa ciudad de la Virgen de Linarejos me presentó a Manuel Lozano Garrido, LOLO.

Aquella cita suscitó entre José María, Marisa y yo una gran amistad. Desde entonces volví varias veces a Linares; inolvidable aquel 12 de junio de 2010, día de la Beatificación de LOLO, tarde en que los cielos derrocharon mares de Gracia en forma de una lluvia torrencial.

Me interesé en conocer a LOLO, en un primer momento lo hice a través de sus libros, sólo sus títulos son una certera catequesis; mis pensamientos juegan a entrelazarse con ellos, entrecomillados.

En LOLO, si es bello su estilo literario, su contenido refleja la grandeza de un alma entregada a Dios y es para el lector un “Surtidor del alma”, un manantial de frescura para la fe y el corazón.

¿Quién no quisiera hacer “Reportajes desde la cumbre” al modo de Moisés, para tener la oportunidad de hacer “Mesa redonda con Dios”, en la certeza de que “Dios habla todos los días”?

Quisiera que el Señor me concediera la capacidad de escribir muchas “Cartas con la señal de la Cruz”, para contar las maravillas que ha hecho con su amor y su misericordia cada día de mi vida. Sí, me diréis, son “Las siete vidas del hombre de la calle” que se nos dona con cada uno de los siete Sacramentos. Ah!, me lo había supuesto.

“Las golondrinas nunca saben la hora” ¡curioso! vosotros ¿la sabéis? Lolo me ha recordado las palabras de Jesús: “Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre” (Mt 24, 44); o aquellas otras a las vírgenes necias: “Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora” (Mt 25,13). LOLO no tuvo sobresaltos a la hora de encontrarse con el forjador de sus historias.

Cuando quieres darte cuenta, este cuerpo se ve despojado del vestido de la salud y sin pudor ninguno, le van arrancando las prendas más íntimas de la fortaleza, y le fajan con la debilidad, la vulnerabilidad; al mirarme en el espejo creo estar viendo “El árbol desnudo”, con un cuerpo todavía capaz de mirar al Cielo y comprobar que “Las estrellas se ven de noche”, y darle un respiro al alma sabiendo que cerca de ellas está Dios. Está a salvo el vestido de mi dignidad, queda, Señor, un poco de Ti en mi, hecho a Tu imagen y semejanza, aunque el último expositor en el que me vean fuese “El sillón de ruedas”.

Mi querido LOLO, me has contado “Cuentos en “la” sostenido”, el cuento de la hermosura de Dios reflejada en la belleza del hombre, aunque tenga el cuerpo roto, distorsionado, dolorido, pero sostenido por el Amor y la Esperanza. Ahora solo te queda echarme una mano desde el Cielo.

 

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