El título del artículo de Lolo viene a decirnos que, de alguna manera, nacieron los pasos de Semana Santa y que hubo una razón muy de peso para que eso sucediera. Y es que la llamada “reforma” protestante dio origen, precisamente, a que el pueblo, español a más señas, pusiera las cartas de su fe sobre la mesa.

Los pasos de Semana Santa, según nos dice el autor del artículo, han servido, a lo largo de su historia, que es la nuestra, para mostrar al pueblo creyente los elementos que, eso, lo hacen creyente y lo inscriben en una fe, la católica, que no se iba a dejar avasallar por la protesta del incrédulo.

Las procesiones, esa forma tan especial de decir “esta es una nuestra fe y para que se vea están”, es un claro grito de supervivencia de parte del pueblo católico español. Y así lo muestra y demuestra, aquí mismo, Manuel Lozano Garrido. Y, por cierto, que bien está dicho eso de «creencias a machamartillo»… de herejes.

 

 

Publicado en el diario “Ya”, el 18 de abril de 1961

 

Por obra y gracia de los periodistas americanos cunde hoy cierta literatura con un hábil sentido de divulgación científica. Lo que antes necesitaba de una inclinación al saber a prueba de laberintos, lo van logrando esos “digestos” que hoy ocupan el bolsillo de muchos hombres de la calle.

Sin prosopopeya, España viene cristalizando durante siglos, con sus “’autos” y sus “pasos”, el mayor propósito de acercamiento popular a una ciencia que, como la Teología, es de las más ajenas a la intervención plástica.

Una vez más la clave está en el realismo tan consustancial con lo español, que es como una predisposición que busca la verdad de las cosas podándolas de todo artificio. Idealismo y realismo tienen un buen haber en la cuenta de la espiritualidad y, sobre todo, en el saldo de lo español. No en vano su epopeya literaria -el Quijote- tiene también una rúbrica castellana.

Al ideal realista de Iñigo de Loyola, ese santo a la jineta, y Quijote a lo divino nuestro, están asociadas en su origen las procesiones de Semana Santa. Su movimiento nos la dio como una daga más para cercenar herejías, dentro de ese formidable tercio espiritual que fue la Contrarreforma.

Toda la fuerza destructora que pusiera Lutero en la raíz de su rebeldía, la había aplicado el heresiarca a la demolición de las imágenes para soltar las amarras entre catolicismo y creencia populares. Pero «los santos», las figuraciones materiales de Cristo y sus siervos, tenían , y tienen, un concepto representativo que el pueblo venía acatando con la misma atávica disposición que le movía a conservar los rasgos del hermano distante y el padre fallecido. Con toda la fuerza de su valor curativo, la Contrarreforma dio pronto con el revulsivo capaz para aquella infección. Fue una solución a la española, de “no quieres café, pues toma dos tazas”, en la que latía esa insistencia que da la firmeza de la verdad.

Había, no obstante, que llevar el cauterio hasta las raíces del cáncer. Si alguna vigencia tuviera la insinuación protestante, sus causas estaban en la incuria que anidara entonces en la conciencia religiosa de los humildes. Era, pues, necesario ir más allá, utilizando la forma -las imágenes- como una coyuntura para llevar al pueblo -tan dado a las representaciones- hechos fundamentales como la Redención, de la que empezaba a quedar al margen por su alejamiento de la predicación y de la Iglesia. La procesión surgió entonces así: Primero, como una salida necesaria del templo para ir hasta un posible y tibio espectador; después, como la sucesión ante sus ojos de las distintas fases del proceso de un inocente -el más injusto encausamiento de la historia-; para moverle al reconocimiento de la culpabilidad y el arrepentimiento; por último, para utilizar las inmensas posibilidades pedagógicas de los sentidos -la vista, el oído- para calcar en el alma los sublimes misterios pasionales. Que la fórmula fue inspirada lo dictan su supervivencia y su evolución. Hoy, de toda esa unidad corporativa que es una procesión, brota incontenible esa gracia inimitable que da la obra maestra.

Ahondad si no, en el aspecto más trivial de una de ellas y veréis cómo os sale al paso una remansada y sabia finalidad.

¿No habéis visto cada noche, tal vez cada hora, cómo os sorprende en una calleja cierto «paso» que camina morosamente llevando al aire su exacto misterio, quieto, reposado, como una instantánea ocasional del drama? Pues él no es sino un fotograma aislado del gran film de la Pasión, que inicialmente se corría en una sola marcha y que nuestro amor proyecta ahora a cámara lenta para dar paso a la meditación y al matiz de cada uno de los tormentos que nos redimieron. Sólo al final, cuando los sufrimientos sean grabados a golpe de lágrimas, se nos dará la panorámica completísima de la noche del Viernes Santo para que nos acompañe durante todo el año como un continuo invitatorio a la perfección.

Y así todo. Fijaos, por ejemplo, en esos cuatro hachones que en las esquinas de un Cristo nacen erectos, como un fúnebre preanuncio de agonía, o en el bosque de cirios alineados ante la Virgen para deslumbrarla y que no vea el dolor del Hijo que sufre. O en ese rodar monocorde de los encapuchados; con su aire cansino, como abrumados por el peso de la culpa; como báculo para el apoyo de una vida que es tránsito, penosa caminata con su caperuz como un índice que señala la auténtica morada. O en esa lección del color de las túnicas, que es toda una teoría litúrgica del sufrimiento. O en la cruz que guía a los que se hermanaron en la misma circunstancia penosa de Cristo. O en tantos y tantos capítulos de un inmenso tratado de fe que fue escrito sobre los empedrados españoles con letras de siglos y el buril de unas creencias a machamartillo…

Compartir:

Etiquetas:
Accesibilidad