Es verdad que ser misionero, digamos que “en físico” o, lo que es lo mismo, allí en el sitio donde se requiere tal misión, es algo de alabar y que la Iglesia Católica tiene como ejemplo de lo bueno y mejor que puede dar alguien que sabe qué fe tiene.

Sin embargo, están también aquellas personas que, padeciendo enfermedad, son capaces de “misionar” de la mejor forma que pueden. Algo así como le pasó a Santa Teresita del Niño Jesús, enferma y misionera a la vez o, añadimos nosotros, también al mismo Lolo.

Lo que nos dice Lolo es que hay esperanza en la misión de los enfermos. Es decir, que a pesar de sus circunstancias también pueden plantar en el mundo la semilla del amor y que, así, así, el corazón se ensancha y llega donde los pies, a lo mejor, no pueden llegar.

(La imagen corresponde a un ejemplar de Enfermos Misioneros del año 1962 y pertenece a «Todocolección»)

 

 

Publicado en “Enfermos misioneros”, en octubre de 1966.

 

Mira: antes que nada, lo primero que vas a hacer es levantar la cabeza. Fíjate y pon el cuidado que hay que tener en la obra bien hecha, que se hace por amor.

La cara la remontarás serena y dulcemente, sin resistencia, hasta con ilusión. Luego, con las mejillas hacia arriba, tus ojos mirarán humilde y sencillamente al cielo, taladrando las alturas para que pronto quede trazada la autopista que debe haber entre Dios y tu corazón: el ancho y recto camino por el que apenas se lo pidas empezará a enviarte los convoyes de su Gracia.
Como tu cuerpo es de barro, y pesa, no hay quien evite que los pies los tengas siempre cerca del suelo. No te preocupes, hijo, que también las cometas del alma necesitan lastre para ponerse de cara al viento que remonta. Además, es mejor, porque sólo así te sentirás más rico de inocencia y de humildad, como el pequeño que se agarra al pantalón de papá y así se nota más envuelto por su protección. Y ya, en esto, apenas si te queda que espigues en el vocabulario de frases que un día te salieron como una secreta y amorosa lengua de fuego, con prisa de confianza, con brillo de veneración, con telegrama de respuesta pagada de «sí».

Ahora vamos con las manos. Júntalas, primero sobre el pecho, a la altura del corazón, tocándose palma con palma para que no retengan nada, índice con índice, meñique con meñique, montando únicamente un pulgar sobre el otro, como haciendo una cruz que se va a besar. Luego, empezarás a abrirlas lentamente, conscientemente, con muchas ansias, inflando a la vez los pulmones con un aire de esperanza, hasta que se te queden los dos brazos en línea de abrazo gigante, como se ponen cuando salimos a esperar al hijo que emigró y viene. Sólo ya entonces se te arquearán las manos, no para quedarte avariciosamente con nada, porque en los dos cuencos de clavos del sufrimiento redentor te habrán hecho un seguro de generosidad; sino para remeter las yemas por las líneas del horizonte y que no se te quede ni una criatura del Universo fuera del abrazo que le vas a dar. Piénsalo bien para luego no andar con cicaterías: tus padres, tus hermanos y los amigos, desde luego; pero también el vecino que te «carga», el paisano que te difamó, el que acude a Dios con bronces que no son los tuyos y desdeña matices de tu tradición, aquel al que le chisporrotean los ojos de odio, y hasta el que tiene en la boca un saco de palabras como culebras; el que amas, el que ignoras e incluso él que te repugna. Para salvar, o se hace así o -a lo más que aspira uno- es a ese limbo humano de pasar el tiempo haciendo crucigramas.

Sí; ya sé que un tronco de árbol pegado a las espaldas desnudas es cosa muy distinta a ponerlas sobre un colchón «flex». ¡Si me lo puedes decir a mí que también tengo grietas de la corteza raspeando las costillas…!

Pero, a lo que voy: todo eso es a las espaldas y queda atrás; donde se mira es hacia delante; donde se anda es por de frente. Por eso, también echamos siempre el corazón en la delantera de nuestros pasos. Casi a flor de piel, él es la puerta y la llave de toda nuestra naturaleza y el cristal que le da un color abierto a todo lo que hay bajo un nombre y dos apellidos. El corazón es el más bello y hermoso de los milagros, pero también hay que garantizarle una fuerza de generosidad, dejarle sin taponar su misterioso destino de manantial de fuego. Sólo así el reloj del tiempo dará esa hora de prodigio que es «vivir ardiendo y no sentir el dolor». Únicamente los manirrotos de aceptación, de renuncias y de dolores, saborearán la ambrosía de tener el cuerpo y el alma en carne viva y no darse cuenta más que de la sinfonía y el coro de canciones que se va levantando de entre los hombres; que nuestro dolor, dado al viento, redime.
Vivimos una hora de Concilio y también de conciliación. Roma es como una dulce tela de araña en cuyo eje confluye la sed de todas las latitudes. El corro está ya formado y, aunque todavía lejos, todas las criaturas están ya de cara al surtidor de la cordialidad, que es el Espíritu de Dios en Pedro, de espaldas a los viejos prejuicios. Para ti y para todos los que sufren, la Iglesia dicta hoy su buen anuncio por palabras: «Pedimos a los que sufren un donativo de alas de esperanza, con destino a unos viejos emigrantes que ya regresan.»

Así, verdaderamente así.

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