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  4. Carta a Judas, “el fracasado”

Conocido es por todos que el beato Manuel Lozano Garrido tenía una preocupación más que grande por los problemas sociales que apreciaba en el tiempo que le tocó vivir. Y, en este caso, Lolo ve en los Judas de hoy día a lo peor de la sociedad, a las personas que traicionan, ahora no a su Maestro (o, ciertamente, también) pero más que nada a todo lo que de bueno pueda haber en la humanidad y lo hacen con ansia de poder y de que prevalezca el tener sobre el ser.

Judas, el Judas del tiempo del linarense universal y el de hoy mismo, amasa en su corazón la riqueza aprovechada sobre el mal del otro, de su prójimo a quien debería amar como a sí mismo se ama siendo, justamente, lo contrario lo que hace.

Y, sin embargo, bien nos dice Lolo que quien escribe ha de hacer resaltar la esperanza por encima de todo mal.  Y, lo mismo que el primer Judas no supo que el triunfo sería de Cristo, los de hoy mismo parece que ignoran la misma realidad y que, hoy, el Hijo de Dios está representado en sus hermanos los hombres que, incluso sabiendo las atrocidades que hacen los amasadores de bienes adquiridos con traición, saben que han triunfado, a pesar, quizá, de su pobreza porque son sencillos como los quiere Dios y han nacido a la fe desde el árbol de la Cruz del que nació la vida eterna, el perdón y el Amor. Y así lo explica más que bien el centenario Beato Manuel Lozano Garrido.

 

Publicado en el Diario “Jaén”, el 22 de marzo de 1968

 

A un Judas que ha hecho keriots de ciudades con rascacielos y señales de tráfico; al peor Judas de todos los tiempos, quitando a aquel que se atrevió a comerciar con el propio Dios, ese de corbata, reloj de pulsera y estilográfica, en su despacho con dictáfono y muebles de metal; al Judas vivo entre los satélites; al Judas pulcro, a un  Judas que nadie ve, pero que nos da escalofrío sentir su zancada en las páginas de los diarios.

Judas: te escribo con escalofrío en una tarde en la que ya pica el sol de la primavera. Hay mucha luz en el cielo y tengo entre las manos un periódico de colorines. Lo que me asusta es el bárbaro poder y el dominio de tu puño cerrado, hecho trilogía de rapiña, soberbia y odio. Fíjate: aquello tuyo de las treinta monedas, que era apenas una modosa aspiración a la casita con delantera donde paladear una frasca de vino, te ha ido ensanchando la ambición hasta el manejo de dividendos, de masas y de naciones ¡Qué pena, Judas, que tu engaño sea tan descarado como el timo de la estampita y los hombres sigamos oyéndote con las orejas huecas, mientras recontamos monedas con prisa.

Lo peor de todo es que los Judas, sin tocarnos, nos dan codazos en el corazón y nadie cae en el moderno deicidio de los hombres vendidos y crucificados a la vera. A una criatura se le besa en la noche y se le entrega firmando con la misma mano un convenio colectivo y una carta suspendiendo ventas por reajuste y subida de precios. Uno huye del Cenáculo y agarra treinta monedas en el Sanedrín reconociendo que hace falta subir los salarios y decir que se suben repartiendo la paga de “beneficios” en doce meses y comiéndole de paso el cuarenta por ciento.

Mira, Judas, que es a lo que voy; tú tomabas un denario, pasabas las uñas por el bordillo con ansia, lo colocabas sobre la palma, cerrando la mano con fuerza, y por el brazo que se dobla y se tensa, notabas que subía la médula del dinero. Ahora se hace lo mismo en secreto, y se ceba la cuenta corriente, pero además, el puño se cierra por ansias de mando, por deseos de subirse de puntillas sobre los demás; de que la gente piense al dictado de vuestras ideas y no hable más que como si tuviera un pañuelo dentro de la boca; de que esa hermosa palabra que se llama “libertad” de cada criatura vaya por las aceras dentro de un hombre moralmente lisiado. Es la nueva cosecha que refinas en Biafra, Oriente Medio, o Vietnam: los golpes de fuerza para regodearse en el espejo de los micrófonos o pasear las calles con motoristas y “Cadillac”, cabezas dobladas al borde de la calle, chasquido de pavo real en los tronos de las Casas Azules, Verdes o Amarillas. Y aún hay más: las bombas de plástico sobre los hospitales, los secuestros de enemigos, el muro fratricida de Berlín, esa vena loca, tu tercer puño de rencor; Judas, hidra de tres cabezas: la avaricia, la soberbia y el odio.

Y sin embargo, si te escribo es porque pienso que una pluma ha de rasguear solo cuando se moja en esperanza, y tengo prisa por pregonar la Victoria que se crece sobre una tarde también de abril. Mira: tú tendrás las redes de publicidad, te darán bolsas en los Sanedrines y habrá penas capitales en los Gólgotas, pero la salvación de las criaturas las asegura el Cristo que se alza en la Cruz la tarde del Viernes Santo. Si pudiera, te pediría que levantases los ojos por una sola vez hasta esas dos extremidades de eterna expresión generosa. Las palmas de Cristo están consumidas por los dos boquetes de la donación redentora. Por un cuenco de agujeros, ya se sabe, no queda nada, se derrama todo. La riqueza de Dios, el amor, la gracia, la felicidad y la gloria se vierten por esos dos manantiales de titán. Con Cristo, lo que triunfa es la puerta abierta sobre el cerrojo, las sandalias sobre el borceguí, la caricia sobre el mordisco. El árbol de la Cruz ha puesto en cada corazón un retoño divino y todo hombre es un sarmiento de cielo, de vida para siempre, de bondad para todos los tiempos. De un día para otro has de oír el clamor de los hombres que se abrazan. Te sorprenderá entonces notar que los que han triunfado son los pobres. Te llegará un pregón de frases nobles; es el olvido y el canto de gloria de los humildes, que son al fin respetados en su libertad al ejemplo de cómo Dios respeta. Sentirás por todos sitios la palabra “amor”, dicha no con sonidos, sino con gestos de criaturas que se dan a los demás, porque todo esto no son palabras baratas sino realidades en el poder de Dios.

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