La que fue famosa actriz, Marlene Dietrich, va a iniciar unas clases de felicidad en la televisión americana, para las que ya ha recibido unas 2.000 cartas.” (De la Prensa.)

No quisiera estar en la piel de ese ranchero de Arizona que ahora tiene una vaca mecánica y cuida maíces híbridos en las praderas glorificadas por Zane Grey y los “western”. Las otras noches, cuando abría el receptor, saboreando de antemano un nuevo triunfo de su equipo, los “Yankees”, la pantalla le dio la cara angulosa de una belleza en declive, y las cejas huidas de usted.

En 1917, mister Rymond esperó a los “boches” en las trincheras, y cantaba el “Lili Marlen” cuando a la tarde se alcanzaba la nostalgia de las noches en el Moulin Rouge. Con el reembarque, el hombre se llevó a la granja una nueva mentalidad, que se le pegaba dulcemente a las gracias apenas entrevistas de la vieja Europa.

Cuando, con el sonoro, usted dio a gustar el extraño brebaje de su raíz de valkiria y el recurso de las piernas desnudas siempre al aire, mister Raymond puso en usted un deseo idealizado y cierta aspiración que le compensara del hambre, el odio y la sangre de las horas de centinela.

Ahora, él es un ranchero, con la planta madura del Gary Cooper de “Solo ante el peligro”, y tiene en las sienes la misma pelusa nevada de las gacelas en la frente. Si la mano crispada del caballista se abriera ahora ante nosotros, unos pétalos estrangulados dirían bastante de esa ilusión que, con las de Mary Pickford y Greta Garbo, se le han sepultado en las arrugas inmaquillables de usted. No obstante, espero que la serenidad y el saldo de la vida le habrán dado también la luz necesaria para encararse y perfilarle las facciones a la verdad.

Pero, hablando de canas, olvido una aclaración. Yo nada tengo contra Marlene, y, créame, no es a usted a quien hoy busco en una puntualización, sino a lo que en su persona han querido simbolizar los que le llevan a una cátedra de felicidad en T.V. y lo que a su vez, buscan esas 2.000 chicas que le escriben.

Con la felicidad ocurre como con esas cucharillas de los regalos de boda, que van de mano en mano, como un alivio de compromiso, sin que nadie insista en quedárselas. En la boda o el cumpleaños, la reválida o la fiesta solemne, “Felicidades” es un cómodo recurso que nos autoriza a cumplir sin desgaste. La dicha está así en todos los labios, aunque pocos sean los que se dedican a clavarle los dientes. Parece que con deseársela a los demás quedáramos ya exentos del deber de encararnos con esos sus ojos tremendos, sí, y misteriosos de esfinge, pero en cuyo fondo titila la clave del propio destino.

Y, sin embargo, felicidad es el concepto más íntimo y vital, la idea-eje de la existencia, tan trascendente como la misma de Dios, puesto que él incorpora su realización absoluta. Ser o no ser feliz es una posibilidad que debía escalofriarnos aún más que la inminencia de una angina de pecho. No obstante, un miedo cerval a nosotros mismos, ese pánico que lleva a posiciones disparatadas, ha creado cierta inversión confusa de medios y fin, como esas situaciones de moneda provisional que acaban por olvidar el valor de la divisa.

La felicidad es, ante todo, un destino espiritual, o, mejor, un estado de perfección del alma, que se ultima sobre ese hecho que es nuestra dependencia corporal. Pero en la conjunción humana, la materia es siempre una ordenación que se subordina al valor absoluto del alma. La felicidad tangible no es recusable en tanto sirva, y no lastra la más alta gracia de las potencias. Lo que contabiliza al fin es la liquidación favorable del espíritu, pues aún a la adversidad sensible, lo que llamamos desgracia, cabe enrolarla con la simple aceptación, como esas operaciones negativas de álgebra que al fin quedan resueltas bajo el signo de la suma. Gide decía que “la felicidad está en la aceptación”, y Salvaneschi lo justificaba en que “todo lo que se acepta cambia de sentido”.

Pero, como le decía, hemos aprendido a caminar con truco por el camino de la felicidad. Un buen día  viene alguien con nuestro cartel de “fin de partida” descolgado, nos lo clava a la sombra del cuerpo y, claro, economistas del esfuerzo, amigos del escape y la componenda, nos sentimos halagados y nos entregamos al dormir placentero. Es así sólo como nuestra isla interior queda emparedada por la línea concreta de los cinco sentidos. Lo que importa es el goce ocasional, aunque ya en la misma posesión nos sintamos corroídos por las propias limitaciones del placer.

El deseo de los rasgos físicos, la noche de “whisky” y el vértigo de la ruleta están minados por la misma transitoriedad que las pompitas de jabón de los niños. Así lo reconocemos, y, no obstante, se ha llegado a crear toda una “mística de la dicha sensible”. Voces conscientes se aterran ya del fin esquizofrénico de esas muchedumbres que, ahí en Norteamérica y ya en Europa, devoran en las farmacias un botín dicho de “píldoras de la felicidad”.

A la Sagan se la sigue, aún con el empacho, el asco y la dentera de la carne, porque la vorágine de los cuerpos desnudos bajo el sol asordinan lo trágico de la desolación interior. Margaret y Townsend, Robín, Soraya y lo que usted significa, están hoy en olor de juventudes en fuga, glorificados por esas muchedumbres con espíritu de andaderas que suspiran por la felicidad de saldo, la dicha transferida, aunque ésta desemboque en el lanzamiento desde el octavo piso o el escape de gas.

Lo que, en resumen, quiero decirle es que difícilmente se cumple una misión leal apoyándola sobre el egoísmo, la evasión interior y el deseo ilimitado. La felicidad es una activa, sencilla y esforzada germinación interior que hay que fructificar con luz y renuncia, sol, heridas y sobre todo, con la petición humilde del riego a quien vela por nosotros.

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