tarjeta roja recordatorio de la muerte de lolo

La semana siguiente a la muerte de Lolo, se elaboró este tarjetón rojo, a modo de recordatorio, para ser entregado a tanta gente como escribía dando el pésame a la familia, a los amigos y asistentes al funeral. El anverso fue ilustrado con un candil, por Irene (por entonces, profesora de dibujo y directora del instituo de Linares). El reverso mostraba la fecha del Dies Natalis (Día de su nacimiento al cielo) de Lolo y unas bellas líneas con las que Lolo quiso despedirse de sus amigos y familiares. Cuando José Luis Martín Descalzo recibió este recordatorio, escribió, en la revista Vida Nueva, la editorial CARTA DESDE EL OTRO MUNDO. Y, semanas más tarde, escribió y grabó MISA EN CASA DE MANOLO, para el disco Palabras a los que sufren.

Revista Vida Nueva, 27 de noviembre de 1971
editorial de José Luis Martín Descalzo

En nuestro anterior número os hablábamos de la muerte de Lolo, de Manuel lozano Garrido, una de esas personas que parece imposible que hayan existido, una de esas personas que parece imposible que haya muerto. Hoy su voz ha llegado de nuevo a nosotros, desde el otro mundo, como un latigazo. Pero como un latigazo de luz.

El «recordatorio» de su muerte, simple y sencillo, como él era, escribe sólo su nombre, una fecha y una frase que él dejara escrita expresamente, como un testamento, para este tarjetón, que más parece de bodas o de primera misa, que de muerte.

lolo en su silla de ruedas sonrieLa frase de Manolo dice así:

“Amigos:
Por un tiempo no nos veremos;
me adelanto al encuentro del Padre.

Os agradezco que hayáis estado junto a mi muerte,
como estuvisteis junto a mi sillón de ruedas.

Sigo vuestro y os renuevo mi cita en la Alegría.

Cuidad de Lucy.

Y recordad que todo es gracia.”

Hemos sentido vértigo leyendo estas palabras: no hay nada más profundo que un alma que ha tomado la fe en serio. Sólo con mucha fe se puede hablar, con esa asombrosa serenidad, de la muerte y de la resurrección. Sin ninguna retórica, despojado ya de toda literatura, como sólo puede escribirse en el borde de la vida.

Para Manolo -que llevaba muriendo muchos años- morir era realmente no otra cosa que adelantarse al encuentro con el Padre, alejarse un poco -como un tiro de piedra- de los amigos, a quienes uno podrá volver a ver luego a la vuelta de la esquina de la muerte.

Su cita en la Alegría -él la escribía sabiamente con mayúscula- no era una cita en la diversión, sino en una Persona que era la Alegría, en Cristo. Había asimilado, hasta las heces, la serena certeza de que «todo es Gracia», él que recibió como gracia suprema la de ver sin sus ojos y vivir sin su cuerpo. Y es hermoso comprobar que, junto a la Gracia, aparezca, colocada en la misma línea, su preocupación por Lucy, su hermana, como una segunda alma que ahora quedará sola.

*  *  *

Hemos querido traer esta muerte y este recordatorio hasta el mismo editorial de la revista, no sólo porque queríamos y admirábamos a Manolo, sino porque creemos que no sólo son historia de la Iglesia los grandes acontecimientos, sino también -y quizá sobre todo- las pequeñas historias de vida y de muerte de los cristianos «de fila».

La Iglesia no avanza sólo bajo las mitras y la tiara, no crece o se desarrolla sólo en Sínodos o Asambleas; avanza, crece y se desarrolla sobre todo en las almas de los creyentes, de los que se atreven a entrar en la fe como en un mar en el que estarán menos cómodos que en la tierra firme, pero a través del cual llegarán de verdad a la otra ribera.

Manolo era en esto un ejemplo asombroso: nadie más amigo de la Iglesia caminante que este muchacho paralítico; nadie «vio» con mayor gozo la renovación conciliar que este ciego; nadie se sintió más gozosamente incorporado a la nueva anchura de la Iglesia que este amigo que desde hace años no abandonaba ni su cuarto ni su sillón de ruedas.

Ahora, al irse, ya sólo le quedaban palabras de fe. Mientras nosotros discutíamos, él ahondaba; mientras nosotros nos avinagrábamos, él seguía citándonos en la Alegría; mientras muchos vacilan o temen incluso por el futuro de la fe y de la Iglesia, Manolo sabía y repetía que «todo es gracia». Y lo repetía a la hora de la verdad, horas antes de morir y para que lo leyéramos cuando él ya hubiera muerto. No era de componer el cuerpo y arreglar la figura, sino el tiempo de decir las últimas verdaderas: Fe, Esperanza, Alegría, Gracia, al encuentro del Padre.

La verdad es que, a esta luz, palidecen todos los otros problemas y todas las otras historias. Tal vez por ello no se extrañen nuestros lectores de que consideremos que la muerte de un hombre de fe es la noticia de la semana, la más importante y digna de ser tema de nuestro editorial.

 

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