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Continuamos con estos artículos-carta, o al revés, en los que Manuel Lozano Garrido describe y escribe sobre realidades que, bien siendo propias del hombre, tienen mucho que ver con su espíritu y con su alma.

El tema de hoy es el de los hijos. Y está más que bien que Lolo ponga en boca-palabras escritas de una mujer que lo que significa la venida al mundo del fruto del amor entre un hombre y una mujer no es nada pecaminoso por según cómo eso pasa (aunque bien sabemos que hoy día puede llevarse a cabo de modo y forma más artificial y científica…) sino que es, al contrario, una bendición de Dios.

En esta carta todo rezuma gozo: el propio parto equiparado a la Cruz, la maternidad a la Resurrección… Y eso sólo puede querer decir que el Amor de Dios, en tal momento, se vierte sobre la criatura que viene al mundo.

 

 

Publicado en “Signo”, el 23 de diciembre de 1961.

 

Querido Julio:

Bueno, ya puedo, darte la sorpresa. Anteayer trajeron el cuarto de estar y por la noche nos quedamos hasta las tres, dándole las últimas puntadas a los cortinajes. Ya instalado, ayer me acompañó al piso mi hermano Luis y hemos sacado esas fotos, que te mando hoy mismo para que no sientas envidia. Fíjate mucho en la que tiene un dos al respaldo. Es tu rincón, con un sillón de orejeras, la lámpara funcional, los libros a mano y un buen repertorio de ceniceros que te reservo en un cajón. Cuando se fue Luis, yo me quedé sola un buen rato y me dio por verte allí, leyendo el periódico en una noche futura mientras yo iba repasando tus camisas o los pantalones de los niños.

¡Los niños! Hoy, que he estado a despedirme de Doña Aurora, le hablaba del gran favor que Dios nos hace al confiarnos su fuerza creadora con el poder de los hijos. Ella no dijo nada y hasta creería sorprenderle una sonrisa maliciosa. Me apena este concepto tan enojoso de ciertos cristianos que ven en el matrimonio una raíz de pecado o, a lo sumo, una transigencia benévola de la Iglesia. Me hubiera gustado gritarle a Doña Aurora que el matrimonio nació mucho antes que el pecado y que como prueba de predilección fue colocado en el vértice del séptimo día, coronando la espléndida sinfonía de la Creación. ¿Y por qué –se preguntarán muchos- esta predilección?

Dios nos modeló con miras a un destino de felicidad perpetua. En su pensamiento está un índice progresivo de hijos santos, pero la procesión de criaturas ejemplares está condicionada a la intermitencia de la vida, y un cuerpo no palpita sin la íntima colaboración de un hombre y una mujer. El matrimonio es una fuente de vida y, a su vez, un cauce de santidad en el que la Iglesia ha puesto sus ojos de privilegio. De aquí que gravita sobre toda la liturgia de la ceremonia una rogativa insistente por la fecundidad y la larga vida del matrimonio. Siguiéndola, una diría que la Iglesia ha extremado la elección. El porqué aquí, claro está, en ese enlace experimental o idea-piloto que configura la más alta y perfecta unión de Cristo con su Iglesia. Hablando del matrimonio, el corazón de Dios se hace jugoso, frutal y se desborda en piropos sobre toda la literatura inspirada; el cielo es una boda, la Iglesia la esposa, la mística un enlace con Dios, etc. Jugando a los escándalos nimios, yo le diría a Doña Aurora que los dolores del alumbramiento tienen la grandeza de la Cruz, y la alegría de la maternidad la otra gloriosa de la Resurrección. Después, cuando le viera los ojos desorbitados por el asombro, le invitaría a leer las mismas palabras en un librito que tiene estas letras troqueladas: “Evangelio”.

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