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  4. Cartas con chaqué y azahar (III). La unión matrimonial

En esta carta-artículo (lo llamamos así por ser eso la materia de esta sección de publicación de esta obra escrita de Lolo) habla nuestro amigo de Linares de lo que ha de ser el matrimonio cuando llegue y eso sea.

Es verdad que, según aquí parece, quien escribe aún no lo ha contraído con Carmen, a quien escribe, pero le hace creer que en el mismo se centran las expectativas de Dios en la criatura que trajo al mundo y a la que, digamos, casó, allá en el Paraíso, así, en general y entonces.

Como pasa siempre con Lolo, todo tiene una “sustancia espiritual”. Y es que el cuerpo humano no es algo como para avergonzarse de según qué se hace con el mismo sino que se ha de tener en cuenta que la Santísima Trinidad lo tuvo en cuenta, lo tiene en cuenta y lo tendrá en cuenta.

 

 

Publicado en “Signo”, el 13 de enero de 1962.

 

Querida Carmen:

En estos días yo también pienso mucho en esa mezcla de alegría y de tristeza que leo en los ojos de mi madre. Sé que el relámpago de sus pupilas está en la evidencia de mi felicidad, pero nadie le evitaría esta disyuntiva de la sangre que a todos nos atormenta. ¿Qué habrá en el amor para hacer natural este desgarrón del parentesco y las arterias? Te veo a ti ahora en aquella mañana de primavera como un prodigio de armonías que cantaba bajo las acacias. Yo era joven y tenía el corazón jugando con las maravillas del mundo. Descascarillaba la luz, el arte, la naturaleza, la vida y me derrumbaba de rodillas porque un runrún de ruiseñores se encaramaba desde su centro. Y apareciste tú. No sé si fue tu andar vaporoso de mimbre y de gacela o la gracia virginal de tu sonrisa. Ahora creo que fue el paso, la armonía, la voz, el cabello y los pómulos, todo a la vez, los que se trenzaban en la dulzura de tu pupila y me siguen succionando aún ahora que estás invisible. Nunca lo sabré explicar, pero desde entonces tengo un ansia infinita de volcarme por la acequia de tu corazón que a medida que se cumple me va haciendo regustar algo a lo que yo llamaría dicha y que tengo el presentimiento que ha de tener su plenitud en el matrimonio. Tememos a los “rollos” bíblicos, pero nadie ha pensado que en el Génesis exista una cátedra de filosofía del amor. La peripecia de la costilla es mucho más que una anécdota pedagógica. Ahora, alguien sube a una tarima, habla de las “afinidades electivas” y desde los bancos se le saluda como a una genialidad. Y, sin embargo, esta atracción de los seres tiene una añeja definición que huele a arcillas originales y a papiros. Yo veo a Dios desgajando al hombre precisamente encima de su corazón y acunando con las manos un latido brioso de varón. El secreto que tira de mí a través de doscientos kilómetros hasta tus guisos y pespuntes está en ese trozo de mi armadura que eres y que tiene una cavidad definida sobre mi entraña. Nuestro destino está, pues, en esa fusión, que hay que llevar hasta sus últimas consecuencias. Con todo nuestra identificación ahora es incompleta. Únicamente llegaremos a “conocernos” en la evidencia de la unión matrimonial, y esa vuelta de nuestro hueso a su vacío solo tendrá conformación en el modelado tangible de los hijos, cuando tu carne sea al fin materia de mi carne. Si me oyera Doña Aurora hablar de carne cualquiera le evitaba rasgarse su habito continuo, pero el cuerpo nació de las manos de Dios, Cristo lo usó también en la vida y el Espíritu lo quiere para templo de su Gracia, que ha de centellear en el trato respetuoso del matrimonio.

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