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  4. Cartas con chaqué y azahar (IV). La gracia sacramental

En realidad, el primer matrimonio de la historia de la humanidad fue el Adán y Eva. Y fue Dios mismo el testigo cualificado (más que cualificado) que asistió a tal enlace. Y desde entones el matrimonio ha debido relacionarse con lo que tiene de sacramental y su gracia.

Al parecer, para Lolo lo que pasa es que se ha acabado olvidando la esencia sacramental del matrimonio y por eso es mucha la desconfianza y las malas artes en el desarrollo del mismo.

Es seguro que vincular el matrimonio con Aquel que le dio forma de Sacramento ha de ser la solución a tanto desfase entre lo que es y lo que debería ser. Y Dios está ahí, de testigo cualificado.

 

 

Publicada en “Signo”, el 27 de enero de 1962.

 

Querido Julio:

Lo de Pepe y Mari, un desastre. Creo que en el viaje de novios hubo ya un conflicto por culpa de los celos. Tengo una fe ciega en la solidez de nuestro cariño y en que la materia sacramental –nuestro “Sí”- empezamos a vivirla con una firme intención de entrega definitiva, pero no puedo evitar esta sombra que proyecta el matiz de aventura del matrimonio. Durante unas noches he rumiado obsesivamente la idea hasta que, al fin, creo que pude hacerme de una explicación.

La raíz del pecado está no en el goce de los frutos prohibidos, sino en la traición y la infidelidad del hombre a la confianza y al amor de Dios. Adán y Eva quebraron voluntariamente la intimidad a que Él les aupaba, y la consecuencia se hizo sentir de inmediato en la acusación que se hicieron. Ya en el mismo Paraíso quedó minada la unión con la desconfianza, que tanto habría de poner luego la paternidad en entredicho. La inseguridad, el quebrantamiento de los deberes y las infidelidades tienen su entraña en la ruina que consumó el hombre desvinculando a Dios del hogar. Todos estos fallos, que nos van evidenciando tantos ejemplos, parten de esa paganización del amor.

Sin embargo, pienso que hay algo que da al concepto “seguridad” la fuerza de una piedra de granito arrimada al ángulo del matrimonio: el hecho sacramental. Cada vez que se habla del enlace de dos criaturas yo encendería un reclamo con esta palabra: “Sacramento”. ¿Por qué se nos olvida esta esencia sacramental del matrimonio, esa realidad de instrumento sensible usado por Dios como vehículo de gracias sobrenaturales? Nunca podremos agradecer a Cristo lo suficiente el privilegio de su primer milagro, anticipándose con ansiedad para restaurar el matrimonio. Con razón pensamos en los prodigios como en algo concebido para la liquidación de un estado de mal o de miseria. Es así como hay que ver en el despilfarro de energías de Cristo convirtiendo el agua en vino, el saldo de una situación desvirtuada del amor. Desechado Dios de su raíz, Cristo vuelve a patrocinar el cariño, y la unión de un hombre y una mujer queda, desde entonces, transfundida por su Gracia. Con Él como protector, bien podemos saborear todos los ángulos de esta palabra tan del estado que elegimos: eternidad.

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