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Esta es la última carta que el novio escribe a la novia, Carmen. Y en ella se palpa el amor en cada expresión del mismo y en cada intención que manifiesta el cercano marido, a serlo.

Es cierto y verdad que no puede ser de otra forma sino como lo escribe Lolo: Dios tiene mucho que ver con el matrimonio pues es Él, por así decirlo, quien presidió el primero de ellos entre Adán y Eva. Y en este caso no va a ser nada distinto.

Tener bajo la perspectiva de la fe la unión matrimonial entre un hombre y una mujer es algo más que querer que eso sea una buena forma de hacer las cosas porque es, exactamente, el quicio sobre el que apoyar lo que ha de venir, gracias a Dios.

 

 

Publicado en “Signo”, el 17 de marzo de 1962.

 

Querida Carmen:

Esta es, gracias a Dios, mi última carta de soltero. Te adivino ya blanca, entre encajes y azahares, como una orquestación de pureza. Me gusta verte así, reina, rehabilitando, por la caridad de la Iglesia, la alta dignidad y la grandeza de la mujer. ¿Has pensado que toda la liturgia de la ceremonia destila una delicadeza impresionante para con la mujer? Sencilla, la idea se podría traducir realmente sobre un dosel y con las manos de Dios descendiendo hasta una cabeza femenina, para coronar la grandeza de la maternidad.

Ahora ya quiero cerrar estas cartas, adelantándote la donación absoluta, el significado eterno de ese SI que he de jurarte, sonoramente, al pie del altar. Desde este momento pido a Dios que cada palpitación de mis venas recuerde siempre la trascendencia de esas dos letras tan esenciales como las mismas de consagración en la misa.

¡La misa! ¿No es bueno saber que nuestra unión tendrá este remate de la Cruz, que desciende hasta nuestras manos, fundidas, como un testigo de la empresa de amor más impresionante?

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