Pablo VI en el Vía Crucis del Coliseo

Ciertamente, Lolo se refiere a la Homilía del Vía Crucis de Pablo VI pero no a la que dedicó tal día en 1966, fecha de publicación del artículo de hoy, sino a la de 1965 pues, lógicamente, aún no se había pronunciado la del primer año aquí citado cuando publicó en Prensa Asociada este “En el gran día del dolor”. Sin embargo, por ser un texto espiritual tanto vale entonces como ahora.

La Cruz, que redime porque fue el instrumento en el que murió el Hijo de Dios y en el que se entregó por todos sus hermanos, ha de ser asumida por el hombre para poder llevar a cabo, también, la redención.

El caso es que Jesucristo no es Alguien que, sí, fue importante pero al subir a la Casa del Padre se olvidó de nosotros. No. Cristo está en cada persona que sufre y lleva por el mundo su cruz… o sus cruces.

 

 

Publicado en Prensa Asociada el 4 de abril de 1966

 

Carta con la Señal de la Cruz. Carta de grandes confluencias paradójicas hoy: no tiene, lector, tu nombre ni el mío y, sin embargo, es para todos; ha sido escrita sobre la arena movediza y, no hay palabras tan sólidas y verdaderas como éstas; no trae sello de urgencia y viene al galope de las grandes alas del amor; no ha sido escrita por nadie que tenga estigma en el cuerpo y, no obstante, quien se dobla sobre el papel, lo hace con toda la carga de dolor del mundo contemporáneo. Es una carta escrita desde la misma peana de la Cruz y por alguien que lleva a relevos el travesaño que un Viernes fue encaramado por un repecho de las afueras de Jerusalén. Pablo VI, hoy, también paradoja; vieja y nueva, siempre gloriosa paradora, de la Cruz que condena y salva, que mata y da la Vida. Pablo, rasgueando un Viernes Santo con sus labios sobre el Coliseo de Roma la carta y el mensaje que te busca a ti, en un pueblo perdido de esta vieja “piel de toro”, como también al hombre que no conocemos, de ojos oblicuos o piel oscura, unificados en las llagas de la carne o el corazón. Pablo, maestro de dolor, fuente de esa alegría y esa esperanza del sufrimiento que tiene sentido y riqueza.

TINTA ROJA

¿Cómo eres? ¿Cuál es tu nombre? Blanco o rojo, Pepe o Ricardo, apenas si importa. Lo que busco en ti es tu frente, si tienes arrugas debajo de tu frente, y tu corazón, si tienes un tajo en medio del corazón. ¿Sufres? Apenas no más. Incluso casi no importa el signo de tu dolor: sí que sea alegría o desesperación; sí que te pese la vida o la lleves con ligereza. Sobra con que te muerdas los labios, con que te claves las uñas, con que eches la cabeza para atrás, interrogando. Porque, para ti, hay siempre una respuesta:

….Cristo está en todo el que sufre. Sépalo este o no, Cristo ciertamente está. Y está no sólo para compartir, elevar y suavizar los sufrimientos, sino para asociarlos a los suyos, para atribuirles la misma virtud de redención que la Cruz, su Cruz, tuvo para el mundo. San Pablo nos dice también: “Yo realizo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo”, que quiere decir, que a nosotros se nos comunica la virtud redentora de la Pasión de Cristo. Para esto será preciso un contacto espontáneo, Será preciso querer, amar; es una realidad que la virtud redentora de la Pasión de Cristo puede transfundirle a todos los tormentos del hombre.

PÁGINA BLANCA

Tenías ya el carnet de familia numerosa. Un breve día vino el quinto, y, como a todos, te acercaste a la cuna para mirarle los ojos. Eran oblicuos e inciertos y, cuando el medico frunció el entrecejo, tú, a su vez, bajaste la cabeza.

Tenías nueve años cuando cruzaste la enorme puerta del sanatorio. Diez, veinte, treinta años seguidos mirando al pinar desde la misma ventana. La cuna o la cama del sanatorio y un letrero cimbreándose por encima, con la palabra “Inocentes”. Pablo tiene en la mano una paloma temblorosa cuando os escribe. Su papel es blanco, su túnica blanca; a su vez, su palabra porque todo en vosotros es lucero blanco, rayo blanco, blanca fuente de Gracia:

Nos referimos al dolor de los inocentes. ¿Quién no lo ha visto en los pobres niños, que acaso lo soportan como herencia de las faltas paternas o maternas? ¿Quién no ha visto tantas enfermedades y desdichas no merecidas, no deseadas, que no tienen explicación? Y sin embargo la tienen; precisamente el dolor inocente es el más precioso. Cristo era el perfecto inocente. Si no hubiese sido tal, no hubiera tenido la fuerza, el carisma, el poder que Él poseía. Era el Cordero de Dios, la Víctima, y por ello pudo salvar al mundo. De esta forma el dolor inocente nos llena de profunda simpatía y grandísima piedad. Son los corderos de Dios; son, quizá, los que todavía expían y quitan los pecados del mundo, sin saberlo. Pero el Señor, que lo conoce todo, encuentra en el sufrimiento de los inocentes un precio que no pediría a los demás corazones.

DIRECCIÓN CAÍN

Era un tirano. El día que cayó, derrumbaron también su estatua y, del pedestal, hicieron pedacitos, que la gente se llevaba como un recuerdo de la época de la mordaza.

Tomo un lápiz y sobre el globo terráqueo de la escuela, voy rayando de rojo las zonas de fricción: Indonesia, Vietnam, Ghana, Siria, Santo Domingo, Rhodesia, Congo. La bola queda así, como salpicada de sangre, sangre brocheada a voluntad, de odios, de envidias, de resentimientos.

La vida tiene su propio dolor, pero además, el que le vamos poniendo innecesaria y maliciosamente. Uno tira una piedra y se esconde tras de la esquina; otro procura tender la zancadilla con las palabras; mas, hacen saetas de la distancia, murallas de los tabiques, aguja de los pensamientos.

¡Cuánto “ay” vano y absurdo! ¡Qué de lamentos en despilfarro, por un espíritu negro! Hacer sufrir sólo porque sí, por bilis, por crueldad.

Pablo VI, también, que dice: “Enséñame tus manos”, para que no las veamos tiznadas de rojo y acertemos a lavarlas y purificarlas:

Hay también una segunda clase de dolor, opuesta a la primera: el dolor culpable, el que nos procuramos nosotros, que lo vamos construyendo con las luchas, los odios, los egoísmos; con las guerras, que se han convertido ya en un insulto a la historia de los hombres y al progreso, a la libertad y madurez del género humano. Son dolores que vienen a castigar nuestras culpas, nuestros pecados. Pero también para éstos la pasión de Cristo abre su infinita misericordia. No hay pecado que no pueda ser perdonado por el Señor. Sólo uno escaparía a la virtud de su clemencia, sería el de desesperación: el no poder decir ya: “Padre nuestro….” – un escritor lo comenta – es la mayor desgracia aquí abajo.

CARTERA DE CUERO

Este mes no te han dado la prima de la fábrica. A ti, un guardia urbano te penalizó por cruzar la calle antes de tiempo. Tú eres carne injusta de murmuración. A aquel le niegan un ascenso que bien lo merecía. Cuando sale del trabajo, ese corretea calles y calles, porque se ha quedado sólo en la vida y le abruma el peso de sus habitaciones vacías. ¿Por qué baja el hijo de aquel la cabeza? Tú no vas a tener más remedio que ir a la consulta del Seguro, con el repuntado que sientes en el lado derecho…

Cada ciudad, cada pueblo, cada aldea, tiene sus hormiguitas, sus gloriosas hormiguitas humanas, con su ilusión, con sus deseos y sus afanes, con su inmensa o invisible lluvia también de alfileres, uno para cada uno. Dolor, que está como el aire, rellenando la tierra, entrando en las habitaciones, ahondando en los bronquios.

Pero el dolor, el vago, inmenso dolor de todos, también esperanza sobre la arena del Coliseo. Toma, hombre, tu pequeño trozo de pan doloroso y lo rumias en silencio, para hacerte del buen sabor suyo:

“Así, pues, todos los que sufren en el espíritu, en el cuerpo, a todos los que llevan los estigmas de Cristo en su persona, llegue el consuelo de Cristo, el gran Paciente, el gran Consolador, el gran Redentor, mediante nuestra Bendición Apostólica”.

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