Testimonios de Amor, 23 de diciembre de 2020
por María Sánchez Ballesteros

Niño, Divino Niño.

Desde que Tú nos miras,
nos quema el pecho
un ansia de eternidad ardiente.

(Cruzada n.6, Manuel Lozano Garrido)

Hace algunos años, por motivos laborales, me tuve que marchar a una localidad de Jaén en la que yo no tenía nada ni a nadie. Cuando sales de casa, de tu rutina, de tus “seguridades”, parece que un gran abismo se abre bajo tus pies. Y en esta ocasión no ocurrió de otra manera.

Todos tus amigos y familiares te intentan animar pero quien está solo no necesita ánimos sino brazos que, en el momento dado, te sujeten fuerte para sostenerte mientras das el salto.

El dicho popular “no es santo de mi devoción” se suele usar para dirigirse de manera peyorativa a aquel que no nos cae bien pero, en este caso, con el mayor de los respetos, lo voy a utilizar pero con otro sentido. El beato Manuel Lozano Garrido, conocido como Lolo, no era “santo de mi devoción” simplemente porque en el seno familiar no me habían enseñado su testimonio como sí lo habían hecho con otros santos que hoy día me siguen acompañando y guiando en cada paso hacia mi destino último.

No sé qué me hizo pensar que allí, en aquella urbe moderna e inmensa, él, al que nunca había acudido, fuese a interceder por mí de esa manera tan tierna, sencilla y sublime a la vez.

Mi destino era Linares y coincidía que aquel centro en el que yo impartiría clase tenía una zona que perteneció a una de las casas en las que había vivido Lolo. A través de unos de los ventanales de la estancia, hoy convertida en biblioteca, ayer su habitación, se podía ver la impresionante parroquia de Santa María la Mayor. ¡Cuántas veces él habría dirigido sus ojos allí como vislumbrando el Sagrario! ¡En cuántas ocasiones sus oraciones se elevarían como esas palomas que volaban al son de las campanas, hacia Jesús Eucaristía! ¡Y quién le hubiese dicho, mientras musitaba un padrenuestro, que sus restos reposarían bajo aquel altar en el que cada día Cristo se hace sustancialmente presente para estar a nuestro lado!

En un descanso marché a la capilla del centro y, por primera vez en mi vida, me encomendé a Lolo. Le pedí que, estando en aquella tierra que le vio nacer, dar testimonio de fe y regresar a la casa del Padre, me cuidase y que pusiera en mi camino a personas buenas que me acompañasen en este nuevo periplo. ¡Pedido y concedido!

Ese mismo día, a la salida del trabajo, un grupo de profesores me esperaban para darme la bienvenida. Entre ellos, recuerdo la acogida calurosa de una maestra de Primaria. Era atenta, cercana y realmente encantadora. Junto a ella estaba su hija, más o menos de mi edad, pero de idénticas características a las de su madre. Si la sensación del primer día fue buena, los días, semanas y meses posteriores fueron maravillosas. Y siempre con un sentimiento especial hacia esa maestra y hacia toda su familia la cual fui conociendo poco a poco. La primera vez que me invitaron a su casa a comer, hecho que se repetiría un sinfín de veces, me sentí abrumada por el cariño y la ternura de todos ellos. Era como una más y su hogar se convirtió también en refugio y consuelo, como el mío propio.

Una de las veces en las que estaba allí observé un cuadro con un retrato de Lolo. No es difícil, ciertamente, encontrar en Linares personas que expongan su imagen para venerarla porque fue verdaderamente profeta en su tierra pero, en este caso, no era una estampa cualquiera y estaba bien enmarcada. Cuando les pregunté el motivo, me comentaron que cómo no iba a estar si Lolo era su tío. En ese instante, en tropel, fueron apareciendo miles de imágenes a mi memoria pero principalmente vino a mí, muy vívido, el recuerdo de aquella oración en aquella capilla, hacía ya bastante tiempo.

– Lolo, te pedí que me cuidases y me has entregado, desde el primer día, a los tuyos junto a mí. Considero que el mayor regalo que alguien te puede ofrecer es su amor y el de los suyos. Y eso es lo que tú me has dado. No te has conformado con alguien cercano, me has puesto al lado tu familia, me has hecho parte de ella. ¡Gracias!

El beato Manuel Lozano no es que ya se haya convertido en “santo de mi devoción” sino que lo he integrado como parte de mi familia pues me enseñaron a quererlo así la suya. Ellos siempre formarán parte de mi vida, de mi historia, de mí: sus alegrías las festejamos juntos, las penas las lloramos unidos y siempre, siempre, la oración nos mantiene, a pesar de la distancia, fuertemente entrelazados.  En los momentos de dificultad sabemos a quién acudir… Y él intercede siempre, siempre.

Recuerdo un café compartido, esos que saben a serenidad, a dulzura y a calor de hogar, en el que hablábamos sobre Lolo, y yo pregunté que qué se sentía a su lado. A fuego se grabó la respuesta en mi corazón: “Mira, María, yo era pequeña, pero solo te puedo decir que sin hacer nada extraordinario, estando cerca de Lolo sentías que estabas junto a un hombre de Dios.” ¡Qué maravilla!

En esta próxima Navidad, tan extraña y difícil, quiero vivir aquello que un día escribió Lolo en uno de sus artículos, de la revista Orate, dirigidos a las religiosas:

Lo bueno de la Navidad es que está sobre las edades y los tópicos, los fracasos y los triunfos, los accidentes y las debilidades. Lo hermosa de esta felicidad es que Dios está en el destino de cada persona y allí se hace árbol de Amor que vive siempre en primavera, aunque en el cuerpo en que habita haya tribulaciones, peligros y sufrimientos. (Al pie de la tapia. Carta a monjas, Manuel Lozano Garrido)

Beato Manuel Lozano, alegría en el dolor,
ruega por nosotros.

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