No es nada extraño que los discípulos de Cristo quieran tener una imagen del Maestro. Pero esto, que es muy propio de los tiempos actuales donde eso resulta demasiado fácil de alcanzar, en los tiempos de la primera venida del Hijo de Dios no fue posible, incluso, por razones puramente religiosas.

Desde los mismos tiempos del Maestro, con Lentulo, hasta hoy mismo, con el análisis de la Sábana Santa, ha habido quien ha querido representar, al menos, el rostro de Jesucristo. Y son muchas las ocasiones en lo que eso se ha hecho.

Pero, de todas formas, como decimos arriba, ha sido la prenda que se conserva en Turín, aquella que cubrió a Cristo, la que más pruebas ha dado de su cuerpo entero y, así, podemos acercarnos, como hombres, al Salvador.

 

 

Publicado en Prensa Asociada, 18 de marzo de 1964

 

“Nadie le ha visto reír; muchos le han visto llorar” (Publio Lentulo).

“Medía un metro ochenta y tres centímetros de estatura” (Profesor Gedda).

Sería difícil encontrar a alguien que en múltiples ocasiones no se haya preguntado cómo era Jesucristo o que, incluso, a falta de una visión directa no fabricara para uso interno el perfil de la figura que más gravitado sobre el curso de la Historia. Se podría decir que, casi con el conocimiento de los hechos evangélicos nace cierta disposición que lleva a una fisonomía del Redentor lo más exacta posible.

Prefigurado

Siglos antes de su nacimiento, desde el punto del Génesis en que se nos prometió un Redentor en lejanía, rasgo a rasgo la Humanidad ha ido modelando con tal propiedad la silueta del Mesías que nos asombraría si no fuera por la seguridad de una alta asistencia iluminativa. Así, Isaías le vio ya como «el más hermoso de los hijos de los hombres» y el Cantar de los Cantares nos dice que «como el manzano entre los árboles silvestres, es mi Amado entre los mancebos».

Precisamente esta superabundancia de datos ideales originaría una corriente posterior, muy verosímil, avalada por hombres como S, Juan Crisóstomo, S. Jerónimo, S. Gregorio de Nisa, etc. que abogarían por una configuración perfecta del hombre que nos redimió.

Habría que aclarar, no obstante, que estas prefiguraciones del Cristo tenían un concepto alegórico, que usaba de las imágenes, como un día lo hizo el Maestro de la parábola, para dar más vigor a su mensaje mesiánico. Porque una interpretación demasiado literal traería consigo no pocos contrasentidos como el de esa otra predicción del mismo Isaías que, remontándose al trance de la tortura, habla de que «no tenía figura ni belleza ni aspecto tal como para que le mirásemos», dando luego paso a una nueva teoría del Cristo feo por la que estarían luego Orígenes Tertuliano y S. Efrén.


La gran oportunidad

Con propiedad, la ocasión única para «una grabación directa se dio con la aparición de Jesús en la vida pública pero, fatalmente, fue allí donde una cuestión de principios obstaculizo el intento de sus contemporáneos. Sabido es las aberraciones idolátricas a que, en ocasiones, llegara el pueblo mosaico y el precio que se le diera en consecuencia, “no haréis de Mí dioses de plata ni dioses de oro os haréis». Al advenimiento del Salvador, el rigor hebreo había llevado la prohibición hasta sus últimas consecuencias, impidiendo aún la representación con fines extraños. La abstención se llevó entonces hasta el extremo de utilizarle para aquella celada al mismo Redentor que tuvo como base la moneda del tributo. Habría, pues, que admitir que toda una confabulación perfecta impidió la toma cara a cara de los rasgos salvadores si no se abriera aquí el primer portillo cronológico en forma de una leyenda. Se cuenta que al rey Adgaro, de Edesa, admirado de los prodigios que se contaban, mandó un pintor para que lo disonara la imagen del divino taumaturgo, que correspondió estampando el rostro sobre su manto. La oficie, o una copia, podría ser la que se venera en la Basílica de la Encarnación de Nazaret, y el hecho lo reseñarían San Juan Damasceno y el Papa Gregorio II.

Tiberio y su esmeralda

En estas fechas concluye también otra tradición que atraído por su belleza, conocido es que la predicación del Mesías fue simultánea al mandato, en Roma, de Tiberio, al que habían de informar las autoridades de los países sometidos. Cumpliendo el trámite, Publio Lentulo, gobernador de Judea, envió al Senado una epístola en la que se daba cuenta del nuevo caudillo y detallaba su personalidad.

«En nuestros días, contaba Lentulo, ha aparecido en Judea un hombre de gran virtud, llamado Jesús Cristo… Es hombre de estatura algo elevada y airosa, de aspecto venerable, inspirando a los que le miran amor y temor. Cuando reprende, es terrible cuando aconseja, cortés y elocuente. Su conversación es agradable y grave y nadie le ha visto reír, pero muchos le han visto llorar…El cuerpo es de las más excelentes proporciones».

En la corte romana era usual entonces tallar esmeraldas con la efigie de los prohombres más descollantes de su tiempo que luego se ofrendaban al Emperador. Impresionado por el relato, el comicio capitolino acordó plasmar le narración de Lentulo y, de esta forma, la fisonomía de Jesús pasó a engrosar la colección de Tiberio.

Gozando de predicamento, esta tradición ha llegado hasta nuestros días y son innumerables los hogares en los que preside una copia fiel de la esmeralda.

Cabe preguntar ¿qué hay al lado o en contra del mensaje de P. Lentulo?. Nada que admita una afirmación o una repudiación categórica.

SUS MEDIDAS

Estatura 1,83 m
Diámetro facial 0,175
Espalda (medida entre los aoromiales) 0,45 m
Diámetro torácico (Medido por la espalda) 0’37
Nivel aoromial ……. El hombro derecho 4 cm. más bajo que el izquierdo.
Peso 83 kgs
Cuerpo fuerte y musculoso
Color de la piel moreno

CARACTERES FACIALES

Cabello negro y abundante. Ojos: oscuros
Nariz grande, típicamente judía
Labios carnosos
Barba no larga y dividida en el medio

AL FIN, UN RETRATO

Sin embargo, ¿habrá que sacar la consecuencia de una imposible identificación? Lejos al contrario de las manos de la ciencia, en el Santo, Sudario de Turín ha abocado a nuestros días un documento gráfico que cabría catalogar de sensacional. Lo que pretendiera obstaculizar el cónclave judaico, lo han dado unas simples leyes químicas obrando por modo natural, la más nítida impresión con que pudiéramos soñar. Cada día que pasa, los estudiosos, inclinados sobré el lienzo que sirviera para la póstuma envoltura, nos alumbran un nuevo testimonio..

Por lo demás ¿sería posible un trazado más sublime que el que nos dejaran conjuntamente los cuatro artífices del Evangelio?

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