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A Lolo le interesan muchos los temas relacionados con el arte y si los mismos tienen que ver con su fe y la espiritualidad… entonces podemos decir que goza más que mucho. Y eso es lo que pasa ahora con la entrevista que hace a un escultor (y pintor o, al revés) que tuvo mucho que ver con Linares.

El escultor y pintor, de nombre Francisco Carulla, iba a intervenir al año siguiente de la publicación de este artículo en los trabajos del Santuario de la Virgen de Linarejos y entonces ya escribe Lolo de la inauguración de la obra hecha por el mismo Carulla en la Residencia de las Hermanas de la Asunción de la que se habla aquí mismo.

Es cierto y verdad que no podemos negar que se llamara a lo mejor de lo mejor para que la espiritualidad linarense alcanzara niveles más que elevados pues eso es lo que hizo entonces aquel hombre que, por cierto y gracias a Dios, aún vive (nació en 1927)

 

 

Publicado en “Revista Linares”, en noviembre de 1955.
 

En la residencia de monjitas de la Asunción, que para sus obreros ha edificado el Patronato Social de Linares, hay estos días el natural bullicio de una puesta a punto. Inminente la inauguración oficial del templo, todo allí es alegre laboreo de colmena. Albañiles, carpinteros y pinturas retiran sus andamios con prisa para dar paso a las religiosas, situando detalles ornamentales que, como bancos, vidrieras y lámparas, darán al conjunto su alta unidad litúrgica. Por si faltara poco, el artista Carulla acaba de dar su última pincelada, y el “flash” ha tenido que funcionar con rapidez para que el meticuloso catalán llevara consigo unos bellos cuadros de su obra.

El joven Carulla ha estado mes y medio en Linares, lo suficiente para labrar una serie de amistades a las que su disposición y espíritu comprensivo han servido de adelantados. Nosotros hemos sostenido con él varios diálogos, en los que el índice de la conversación ha brujuleado para volver siempre al “leit motiv” obsesivo del arte. Pese a todo, periodísticamente sólo hemos abordado al decorador de la Asunción, apenas a las horas que precedían a su marcha, casi ya con un pie en el estribo.

Francisco Carulla Serra es un caso curioso de dedicación artística. Hijo de escultor, se puede decir que en él la vocación se le dio ya con la vida. Los dientes le salieron modelando figurillas de barro y asimilando las ideas estéticas de ese depuradísimo cincel que tiene obras en la de por sí antológica sala capitular de Montserrat y es premio en el Certamen Internacional de la República Dominicana. A sus veintisiete años llega con una línea enérgica que ha ido depurando en meritísimas realizaciones. Sin ir más lejos, su S. Jorge, premiado por la Diputación de Barcelona, cristaliza un proceso de estilización que se conjuga perfectamente con el cometido funcional de la escultura sagrada. Porque Carulla, aunque aquí le hayamos conocido bajo un índice de muralista, es primordialmente un imaginero que ya en el grupo “Flamma” de la ciudad condal ha llamado la atención de la crítica. Precisamente su doble personalidad de muralista y modelador nos han traído esta vez el hilo del diálogo.

-¿Qué es en ti antes, el pintor o el escultor?

El escultor. Soy eminentemente escultor.

-¿Ayuda el escultor al pintor o lo dificulta?

Le ayuda especialmente en la pintura mural, que se basa en el volumen y la figura.

Su formación teórica la recibió Carulla en la escuela de Bellas Artes de San Jorge; pero ha sido su aportación a la Parroquia de Belén la que ha hecho sonar su nombre. Lo allí sucedido merece reseñarse. El templo es una rara muestra del barroco más depurado. Incendiado durante la guerra, se le reconstruyó después y sólo parcialmente en esculturas y pinturas de gusto vulgar. Encargado después el P. Camprubí, se la encomendó a un grupo de jóvenes, que la impulsaron compaginando la modernidad con el sentido funcional que pide la Iglesia. Fue entonces cuando una crítica mal informada abrió enconada polémica que, aclarada al fin, se transformó en elogios sin reservas.

Nuestra mayor satisfacción fue el aliento del P. Camprubí, que es de la Comisión de Arte Sacro, y la felicitación del P. Kirschbaum, alemán, catedrático del Pontificio de Arquelogía, que dirigiera las excavaciones en la tumba de San Pedro.

-Dinos, ¿cómo es tu arte?

Huyo de los “ismos” y me digo de hoy. Mi obra tiende hacia una actualización de la figura. Para ello sigo una línea moderna que quiere la estilización, mejor, la simplificación. En la escultura creo que el proceso ya se ha cumplido. En la pintura estoy ahora en una fase de sedimentación del color.

-¿Qué norma sigues para la obra religiosa?

Como católico, las que emanan de la Iglesia, o sea, las de un arte funcional que debe acercar a Dios.

-¿Difícil el empeño?

Supone una renuncia constante a lo más personal para darse a todos. Hay que frenarse continuamente.

-¿Qué impresión te produce que se le rece a una obra tuya?

¿Quieres creer que no me he detenido a pensarlo? Si supiera que una cosa salida de mis manos ayudó a alguien a ser un poco mejor, bien me daría por satisfecho. Me consideraría pagado con que cumpliera el fin a que la destinaba.

-¿Crees que el arte debe ser comprendido?

En toda tarea creadora hay siempre un fundamento o deseo de comunicación. De aquí que lo impersonal vaya contra naturaleza. El artista debe esforzare por ser asequible, por dar algo, aunque a veces tenga que recortar su vuelo.

-Obra que te produzca una impresión dominante.

La de Miguel Ángel, encuadrada en su tiempo, por su sentido de universalidad.

-La tuya que más te satisface.

Soy el eterno descontento de su obra. Pon, si acaso, el San Jorge.

-Dos nombres clásicos para pintura y escultura.

El Greco y, por su estilización, el arte egipcio.

-De ahora.

Obiols, catalán, y Maillol, francés, aunque no comulgue con las ideas de éste.

-Estilo.

El románico catalán.

-Tendencia.

Picasso.

-Por último: terna de hoy que formarías para una obra ideal.

Fisac (arquitectura), Rebull (escultura) y Obiols para pintura mural; a Aguiar para el tema profano.

Después el diálogo se serena cuando Carulla pone sobre el tapete el reportaje fotográfico de su obra. Como en una proyección cinematográfica, de talla en talla vamos asistiendo a las distintas secuencias del proceso íntimo de un estilo que se inicia con un Divino Impaciente, de gubiadas muy reales, para concluir en su trascendente Virgen de la Salud, de líneas y planos esquemáticos, pasando por la imagen de las Mercedes, cuya espiritualidad pudo ya acusarse en la fotografía que publicó esta Revista.

Al fin, el artista se marcha, pero si la vida va en las obras, en la residencia de la Asunción queda un trozo muy cálido de la de Carulla.

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