Verdaderamente, podemos decir que el autor del artículo, Lolo, manifiesta una clara animadversión hacia una clase de personas. No lo hace por ser personas, claro, sino por la actitud que manifiestan hacia los demás.

Judas, como sabemos, fue quien traicionó a Cristo. Pues bien, en tiempos de Manuel Lozano Garrido (y hoy también) existen otros a los que también se les puede llamar “Judas”. Y se trata de aquellos que ansían, que codician, que quiere tener más que ser.

Ciertamente, y gracias a Dios, ha de prevalecer el amor sobre el egoísmo y la soberbia. Y es lo que nos dice aquí Lolo: muy a pesar de los muchos Judas que hay en el mundo siempre sobrenadara su actitud lo que Dios ha sembrado en el corazón de los hombres: el amor. Y será quien salga ganador de estas simpar batalla.

 

 

Publicado en la revista Lábaro, el 17 de abril de 1962

 

Carta con escalofrío a un Judas que nadie ve.

A UN JUDAS QUE HA HECHO KERIOTS de ciudades con rascacielos y señales de tráfico, al peor Judas de todos los tiempos, quitando a aquel que se atrevió a ignorar con el propio Dios ese de corbata, pantalones inarrugables y reloj antichoque y pluma sin fin que tiene en los dedos la carroña aséptica de unos despachos con dictáfonos y muebles de metal al Judas vivo entre satélites que televisan a un Judas que nadie ve pero que uno se sienta al sol de abril y nota el escalofrío de sentir su zancada que rebulle por el pedestal de los diarios, hecho sustancia y cabecera de las noticias,

¿QUÉ VIRUS, QUÉ MALA HIERBA o qué engendro combinaste en el laboratorio de la cabeza, tú, Judas, premio Nobel de la maldad, para que pulules aun en las criaturas de nuestro tiempo tan velozmente como los gérmenes de una epidemia?

Judas te escribo con escalofrío en una tarde en la que pica y abrasa el sol de la primavera. Hay mucha luz en el cielo y tengo entre las manos un periódico de colorines, pero ya nadie me borra esta idea de haberle ido quitando la cascarilla a las líneas de plomo y descubrirte trapicheando en el corazón de las criaturas que se mueven. Lo estoy acusando y no puedo dar crédito a los despachos de las pénelas. Tu mano, esta palma tuya con nervio, con dedos de puntas de sierra para engancharse en todo, delgados e hirientes como patas de gallina; tus manos, que tocan como excavadoras para arrancar algo, están aquí, cerradas duramente, brutalmente, sanguinariamente.

LO QUE ME ASUSTA ES el bárbaro poder y el dominio de tu puño cerrado que se ha hecho trilogía de rapiña, de soberbia y de odio. Fíjate aquello tuyo de las treinta monedas que era apenas una modosa aspiración a la casita con delantera donde paladear una frasca de vino, a la vez que apabulla al débil criado o la mirada a los vecinos por encima del hombro, te lo ha ido ensanchando la ambición hasta el manejo de dividendos, de masas y de naciones. !Qué pena, Judas, que tu engaño sea tan descarado como el timo de la estampita y los hombres sigamos oyéndote con las orejas huecas, mientras recontamos monedas con prisa! !Qué lástima que aquel trajín de anguila por los callejones oscuros hemos dejado que nos lo dores con píldoras de saludos corteses, diplomacia y manipulaciones en sobre!

LO PEOR DE TODO ES QUE LOS JUDAS, sin tocarnos, nos dan codazos en el corazón y nadie cae en el moderno dicho de los hombres vencidos y crucificados a la vera. A una criatura se le besa en la noche y se le entrega firmando con la misma mano un convenio colectivo y una carta suspendiendo ventas por reajuste y subida de precios. Uno huye del Cenáculo y agarra treinta monedas en el Sanhedrín reconociendo que hace falta subir los salarios y decir que se suben repartiendo la paga de “beneficios” en doce meses y comiéndole de paso el cuarenta por ciento.

MIRA, JUDAS, QUE ES A LO QUE VOY, tú tomabas un denario, le pasabas una uña por el bordillo con ansia, lo colocabas sobre la palma, cerrando la mano con fuerza, y por el brazo que se dobla y se tensa como cuando le van a poner a uno una inyección, notabas que subía la médula del dinero, y apenas sólo el dinero. Ahora se hace lo mismo en secreto, y se ceba la cuenta corriente, pero, además, el puño se cierra por ansias de mando, por deseos de subirse de puntillas sobre los demás, de que la gente piense al dictado de nuestros pensamientos y no hable más que como si tuviera un pañuelo dentro de la boca, de que esa hermosa palabra que se llama libertad de cada criatura vaya por las aceras dentro de un hombre moralmente listado. Es la nueva cosecha que refinas en Siria, el Ecuador o la Argentina los golpes de fuerza para regodearse en el espejo de los micrófonos o pasear las calles con motoristas y “Cadillac”, cabezas dobladas al borde de la calle, chasquidos de pavo real en los tronos de las Casas Azules, Verdes o Amarillas. Y aún más tus nudillos, savia de huracanes y de rayos, las 1.200 condenas de Cuba que se dejan caer sobre los hombres como pies sobre cucarachas, las bombas de plástico sobre los hospitales de Argelia, los linchamientos de Santo Domingo, el muro fraticida de Berlín, esa vena loca que se encabrita por las sienes de los Caínes y babea de odio o de muertes estúpidas y gratuitas, tu tercer puño de rencor. Judas, Judas, hidra de tres cabezas la avaricia, la soberbia y el odio.

Y SIN EMBARGO, SI TE ESCRIBO es porque pienso que una pluma ha de rasguear sólo cuando se moja en esperanza, y tengo prisa por pregonar la victoria que se crece sobre una tarde también de abril. Mira: tú tendrás las redes de publicidad, te darán bolsas en los Sanhedrines y habrá penas capitales en los Gólgotas, pero la salvación y el arco iris de las criaturas los asegura el Cristo que se alza en Cruz al tornasol de una tarde de Viernes Santo y planta sobre los cielos sus dos grandes manos, abiertas y agujereadas. Si te dejara el pudor, te pediría que levantases los ojos por una sola vez hasta esas dos extremidades de eterna expresión generosa. Las palmas de Cristo están consumidas por los dos boquetes de la donación redentora. Por un cuenco con agujeros, ya se sabe, no queda nada, se derrama todo, la riqueza de Dios, el amor, la gracia, la felicidad y la gloria se vierten por esos dos manantiales de titán, con Cristo, lo que triunfa es la puerta abierta, sobre el cerrojo, las sandalias sobre el borceguí, la caricia sobre el mordisco. Con el amor hecho lluvia, con el paso leve, con el brazo sobre los hombros está segura la fecundidad, el camino adelante, la hermosa fraternización de las criaturas. A ti nadie te quitará que sigas roneando por entre los edificios y las almas, pero el árbol de la Cruz ha puesto en cada corazón un retoño divino y todo hombre es un sarmiento del cielo, de vida para siempre, de bondad para todos los tiempos. La caridad no tiene micrófonos ni cadenas de periódicos, pero, lenta y trabajosamente, le va dando vuelco al mundo con la gigantesca energía comunicada por Dios. De un día para otro, has de oír el clamor de los hombres que se abrazan. Te sorprenderá entonces notar que los que han triunfado son los pobres, que han ido corroyendo silenciosamente los pies de la codicia. A la vez, te llegará un pregón de frases nobles: es el olvido y el canto de gloria de los humildes, que son al fin respetados en su libertad al ejemplo de cómo Dios los respeta. Sentirás por todos sitios la palabra ‘amor’, dicha no con sonidos sino con gestos de criaturas que se dan a los demás en la misma forma de Cruz del Gran Generoso: será la confusión del odio, el esplendor de la fraternidad, el telón de acero que nos deja a raya de tu serpiente amarilla. Y todo esto no son palabras bonitas, sino realidades que se contrataron en esa agencia de seguros infinitos que es el poder de Dios. El espejo de mercurio negro de tu ambición, sí que es un cuento de la lechera. Hay millonarios que se tiran desde el octavo piso de un rascacielos y tú te has quedado con una sobre la garganta, pero nunca se habrá oído pregonar el suicidio, la infidelidad o el fracaso de un santo. Y es que, Judas, de Dios sí que somos ricos. Pasará el tiempo, los hombres apenas si caerán en la cuenta de una cosa que se llama dinero, y el amor estará sobre la tierra con las rosas y los frutos de paz, de luz y de mansedumbre que les plantó Cristo desde la Cruz. ¡Desgraciados entonces de los pobres Judas de despacho!

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