Lolo escribe, durante muchos años, artículos sobre lo que sucedió en Navidad aquella primera Navidad de la historia de la humanidad, salvada por quien nació entonces.

Es, verdaderamente, una fantasía que dialoguen entre sí determinadas partes de la Creación de Dios. Y que lo hagan conociendo lo que va a suceder no deja ser un misterio. Sin embargo, a nosotros nos vale más que mucho el dialogo entre el rosal, el lirio, la vid y el olivo.

Resulta curioso imaginar a la naturaleza gozando del nacimiento de su Señor. Y, sin embargo, estamos seguros de que eso pasó como nos dice esta fantasía o, al menos, querríamos que hubiera pasado, en la intimidad del corazón.

 

 

Publicado en la Revista Lábaro, en diciembre de 1956

 

Ha vuelto a mí el recuerdo de un atardecer. El de aquel día de otoño en el que el llanto dorado del crepúsculo bruñía con su paz la dulce quietud del Monasterio. Recuerdo que, lentamente, como una bandada de palomas blancas, fueron cayendo las campanadas de la oración hendiendo el aire en haces de transparencias tornasoladas. De la mole granítica del templo empezaba a elevarse la voz coral de los monjes que desgranaban su último canto de alabanza cuando, yo, que aguardaba en la plenitud silente del Scriptorium, me acerqué a un viejo pergamino, rugoso amarillento, para leer, en gruesos caracteres hebraicos trazados con rojo bermellón, estas palabras: «Cuando floreció, el rosal». Relato de los hechos de que fue testigo Isaac Tob, judío contemporáneo de José, hijo de David.»

Descansó el viento y reinaba la quietud, tras los oteros, la tarde se arreboló incendiando la estancia de un fulgor anaranjado. Y fue entonces, al conjuro de aquel sortilegio, cuando las páginas del pergamino, como las de un vivo retablo, empezaron a representar ante mis ojos un fragmento de su historia. Volvió a silbar el viento y oí ya a Isaac Tob que decía:

Titilan las estrellas en este frío atardecer con misteriosa fosforescencia y, en su lagrimeo luminoso, ya el adiós a un mundo caótico y el canto preludial de un nuevo amanecer. Estalla el aire, rebrincando en las cañadas, y de sus lúgubres bramidos huyen los israelitas presintiendo el paso de un nuevo exterminador. Clarinean los gallos con estrépito de alborada. Mugen los bueyes camino de los establos, y un hálito profético, invisible y denso, se enseñorea de la tarde agonizante. ¡Todo pregona la inminencia de un fastuoso suceso!

Por la rociada senda que sube a Belén, marchan, una mujer, sobre rústica cabalgadura, y un hombre, en silencio y con deseos de lograr la ciudad. San José, humilde carpintero, y María su esposa, la más delicada azucena de Galilea. En la más idílica paz de la tierra nazarita les sorprendió la orden del empadronamiento y, aunque María va a ser Madre, no han vacilado en acudir a la patria.

¡Y que cerca está el momento! Ella, humilde como un lirio y sencilla como una rosa, recogida en sublime arrobamiento, parece no sentir las garras del tiempo inclemente.

De súbito, un extraño prodigio se ha adueñado de la tarde. Es que la creación entera, transformada en exuberante floración primaveral, en trinar de pájaros y rielar de estrellas, festonea el camino de María. Sólo yo he sido testigo mudo del portento. El asnillo se ha asociado a la maravilla y su caminar es alígero. Los rosales yermos afloran, germinan los trigales, exultan los lirios, florece el romero y los olivos revientan su fruto tejiendo una delicada alfombra en férvido acto de pleitesía.

No; no es un hecho natural. Es el fluir milagroso y vital que la majestad escondida obra por la sencillez de su esclava; es María con Jesús infundiendo luz y colorido a la obra del Creador; es la sinfonía que preludia el concierto del universo armónico, el diálogo intermitente y cantarín de los arroyos, el parpadeo emocional de los astros y el murmullo de las flores que hablan, hablan y cantan, desgranando la honda ternura de su esencia.

Dialogan el lirio y el rosal:

-Hermano rosal; ¿Por qué, en estos instantes en que el mundo presiente la hora de su salvación tus rosas dejan resbalar las caricias del rocío como si te embargara el llanto? ¿Es verdad que lloras?

-Hermano lirio que humilde y arrogante te enseñoreas de los valles: Sí; lloro porque el pesar y la duda inundan mi ser. ¿Por los profetas no sabes que los hombres taladrarán de espinas la frente de éste que va a nacer y con ellas el corazón de su madre? ¿No adivinas al hombre trenzando mis ramas para sangrar a Cristo? Por eso lloro y por eso sufro; porque quiero con las perlas de mis lágrimas mitigar los sufrimientos de Dios. Y mi llanto es dolor por su dolor. Y mi sufrir, una noche eterna, oscura y sin alba ¿Quién tendrá piedad de mi aflicción?

-Si ese es tu dolor, cese el manantial amargo de tus lágrimas. El mundo es hoy alegría y ventura, y Belén bálsamo de felicidad. Este que nace inundará el mundo en misericordia y perdonará a los que le crucifiquen. Sí esto hace con sus verdugos ¿que no hará contigo, rosal pregonero del amor? Porque la corona de espinas, se tejerá, no de ti, sino del espino que es punzante y cruel. Mira las mejillas de María ¿no es el coral de tus pétalos quien la arrebola?

-Dios te bendiga, hermano, con tus palabras de luz; me has devuelto la paz. Yo también quiero cantar el himno sublime de nuestros hermanos ¿no oyes? Toda la Naturaleza entona el salmo divinal de agradecimiento.

Ha callado el rosal en arrobado éxtasis por la revelación. En el cielo, luceros recién nacidos marcan el son al repiqueteo festivo del asnillo. El diálogo se ha hecho cromatismo polifónico.

Dice el lirio: Cantemos y brindemos ser y belleza al tierno Niño de Belén. Yo el lirio, daré fruto con que tejer los pañales que remedien su pobreza.

Y sigue el olivo: De mi tronco vigoroso y fuerte, haré una cuna para que su Madre le arrulle al compás de tiernas canciones. Y, cuando apure el cáliz de Pasión, me haré bálsamo para el Cuerpo sacrosanto qué los hombres no supieron adorar.

Y la vid: Soy aquella de quién, tomará nombre el Señor cuando diga: «Soy la vid y vosotros los sarmientos». ¡Ya tardan en hacerme vino transformable en la Sangre de Cristo!

Y al fin: Soy la espiga. Para mí, amable es la sementera, dulce el molino, pero, sobre todo, grande es Dios que tomará mis accidentes para hacerse alimento del hombre. Cantemos hasta que llegue el instante en que mis tallos tronchados en blandas pajuelas, reciban el níveo Cuerpo de Jesús.

Se pierde ya la cabalgadura por el senderillo de Belén, con su cortejo de alabanzas corales. Irresistiblemente me atraen y trato de seguirles, pero mis manos, se han enredado en una cosa acarminada, suave, acariciadora: – Es una rosa henchida, radiante, abierta a la plenitud meridiana de una primavera única.

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