Es cierto que Manuel Lozano Garrido escribe muchas veces sobre la Semana Santa o, en concreto, otras muchas, sobre los personajes importantes que, para la historia de la salvación, forman parte de ella. Y hoy hace otro tanto.

Desde Ramos a Resurrección, en ese tiempo semanal donde pasa todo lo que debía pasar según voluntad de Dios, las calles son reflejo de lo que quiso el Creador que pasara en aquel determinado momento de la historia de la humanidad. Y se hace presente, a cada paso, los que dio Cristo.

Y la Cruz carga con todo, Cristo carga con todo aunque, como sabemos, llegado el otro domingo, una semana después de la entrada en el pollino, como dice Lolo, la gente lleva algo nuevo sobre la frente y no es más que, ni menos, la señal de la salvación ganada por la sangre del Redentor.

 

 

Publicado en Prensa Asociada el 14 de abril de 1964

 

Domingo de ramos

Fue que iba a morir un hombre. Es que va a morir un hombre. ¿Y cuando un hombre muere se elige un día de primavera, palmas, ramos de olivo y túnicas do un rojo intenso?

Es que Él es el Hombre y entra en todas las ciudades —Jerusalemes del mundo- para que ya nunca vuelva a morir ningún hombre. En el barrio ha nacido el árbol de la alegría, que, como el laurel, ya tendrá para siempre sus hojas fragantes.

Hoy todo posee un raro brillo de estreno grandioso. Por lo pronto, Él estrena la Mansedumbre cabalgando sobre un pollino joven. Y el pueblo también se viste de trajes nuevos. Esta mañana las chicas estrenan el vestido de temporada porque Cristo es la Primavera y no se dice «adiós» como si se limpiara un cristal, sino que se pasan de una mano a otra los ramos de palma porque Él es la Paz. Por la calle principal abajo, la Banda toca un «andante». Y es que a ver quién nos quita la alegría de la Redención.

En el aire repica en las palmas el fru-frú de la expectación.

El Señor cautivo

Este es el Cristo de los hombres con la soguilla en las muñecas. Desde hoy ya es un fichado, hombre de banquillo o atestados y carne de patíbulo. Sus espaldas se las amoratan los golpes de los sellos de caucho de los juzgados. Aunque Él lo pasea a la luz desbordante de la tarde del Jueves Santo, su misterio y su perfil no se puede calar con un fondo de cielo infinito, sino detrás de un marco de hierros de tanto de largo por tanto de ancho. Lo que quiere el Cristo decir con sus manos puras atornilladas es que no hay culpa humana que merezca sanción de estar siempre bajo techo, sin hogar y sin el sol amplio de la primavera.

Hombres de las celdas, hermanos de Dinas que lloráis sinceramente vuestro arrepentimiento: sabed que la Suma Inocencia está del lado de vuestra frontera y que es ya uno de los vuestros.

Por la calleja que hay delante de la prisión baja el Señor con un ansia infinita en la mirada. En la tarde hay gritos de vendedoras de globos y pirulines, pero Él sólo tiene oídos para una voz que sale de un locutorio y se curva en el aire como el vuelo de una golondrina. En la saeta, una hija de la esperanza, un pájaro de amor, que levanta el vuelo desde el corazón.


El Nazareno

Puñados de nazarenos al amanecer, muchedumbres en las calles humildes, toda una marea humana. Que levante el dedo el que pueda estar ajeno a esta fiebre.

-«¿Qué tienes Nazareno para llevarte así a las gentes de calle?»

-«¿Que qué tengo? Mira mi hombro. No hay piel; todo como un mar de aguas amoratadas. Y esta Cruz no pesa sólo como un árbol, sino como todos los árboles-hombres del Universo. Mi Cruz y Yo somos Yo y la Cruz de todos los que viven y vivirán. Por amor me he hecho gitano, minero, hombre da la gran vía y del suburbio. Cargo con sus cruces y las llevo con alegría. Ellos lo notan en el cuerpo que se les hace ligero en esta mañana del Viernes Santo y salen a verme por entre las filas de túnicas moradas. No pido más. ¿Qué más pedir que ver miles de corazones encaramados en las pupilas?».


La Expiración

Tres de la tarde; la hora. Unos clarines rasgan el cielo dolorosamente. El grito es tan hiriente que se quedará corroyendo los 364 días de silencio de las calles apartadas. No hay suficientes nubes con lluvia para anunciar desde el aire esta pena. Se nos ha muerto ya. A las cinco de la tarde, el crepúsculo pone también un grito de sangre en las piedras doradas del Ayuntamiento. Cristo lleva hinchado al sol su tórax poderoso. Hace ya dos horas que tiene su corazón detenido. En dos horas, sus salpicaduras de sangre se han ido volviendo moradas sobre el caperuz de los penitentes, pero Él sigue caminando con sus brazos abiertos, muy abiertos, como quien abrasa de una vez todo lo que existe y ya se queda así para hacer eterna la caricia.

El Resucitado

Este cuerpo que se aúpa en el aire, con un sepulcro vacío bajo los pies, es el símbolo y la raíz de la alegría. Ya está aquí otra vez la alegría, del Domingo de Ramos al de Resurrección, como un arco iris. Hoy no hay «armaos» porque todo el drama se esfuma en esta canción final de triunfo y de gloria. Lo que si hay son cohetes, niños con agua bendita, bandas de música y penitentes que visten de blanco porque hoy entronan la vida santa y poderosa de la gracia cristiana. Las criaturas van por las calles con un algo nuevo sobre la frente. Es como si un ángel se hubiera puesto a escribirles una palabra sobre las cejas y esta palabra es para todos la misma ¡¡Aleluya!!

En cada casa hay una prisa de baúles con túnica que se cierran hasta otro año, pero en el futuro de los días grises se ha encendido la luz de la Resurrección y todo el año tiene ya un maravilloso aire de salvación, ¡Aleluya, amigos, Aleluya!

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