Entre los refranes los hay de muchas clases y especies y referidos a los más diversos temas. Y es cierto y verdad que, por lo general (y por estar sustentados en la sabiduría popular y la costumbre) aciertan en lo que dicen o proponen.

Hay uno que, en principio, parece acorde con lo que dice. Es éste: “Una imagen vale más que mil palabras”. Y es que se nos quiere decir que en determinadas ocasiones, eso, una imagen puede darnos a entender mucho más que lo que mil palabras, sobre la misma, podrían explicar.

En realidad, eso, que suele ser cierto, puede ser cambiado. Es decir, podemos modificar un poco el refrán (con perdón) para decir, como titulamos aquí, que es posible que una imagen abarque mucho más que mi palabras.

En nuestro caso, y refiriéndose al Beato Lolo, es bien cierto y no nos equivocamos nada de nada si decimos, mirando la imagen que acompañan a estas letras, que eso se cumple a la perfección y que podemos dar por bueno el cambio o, mejor, la adaptación del famoso refrán citado arriba.

En realidad podría parecer lo mismo. Sin embargo, cuando decimos que una imagen “vale” más que… queremos dar a entender que es suficiente la misma para explicar…; cuando decimos que una imagen “abarca” más que… queremos expresar que no nos conformamos con que sea suficiente sino que, en efecto, el contenido de esta, lo que la misma conlleva, va más allá del simple y llano “valer”.

En todo caso, como hablamos de Manuel Lozano Garrido podemos deducir enseguida que lo que hay en las páginas de los títulos aquí mostrados, es infinitamente más que lo que la imagen muestra siendo la misma, de todas formas, muy poderosa y efectiva.

Debemos decir, para que se nos entienda bien, que nosotros tenemos leídos todos los libros aquí mostrados (alguno más de una vez) y que por eso no hablamos como quien no conoce la realidad de las cosas. Y por eso, seguramente por eso se suscita todo: tenemos la ventaja del conocer y eso bien vale la pena gozarse de ello.

El caso es que los lomos de los libros de Lolo muestran, como es lo habitual, el título de estos. Y así dicho pues pudiera parecer que tiene importancia, sí, pero que tampoco es para tanto. Al fin y al cabo, son sólo títulos…

Ciertamente eso es así: son títulos pero no son “sólo” títulos.

Alguien que los lea, y que no haya leído más que eso, los títulos, dirá enseguida que son muy ingeniosos cuando, en realidad, es seguro tienen detrás una inspiración muy especial: la de la fe que Lolo tenía: profunda, bien arraigada en su corazón.

¿Y qué podemos decir que nos dicen los títulos que forman, así, parte inseparable de la misma imagen aquí traída?

Podemos decir que leer eso de que se trata de un sillón de ruedas conociendo a quien lo escribe es, ya, un adelanto de que algo muy bueno viene detrás del título; leer que Dios habla todos los días nos muestra, sin leer nada más, que quien eso escribe debe escuchar muy bien a su Padre Eterno; leer que hay una mesa redonda y que en ella también está Dios es querer entender que en el interior del libro se nos mostrará una tal cercanía con el Creador; leer que hay golondrinas que nunca saben la hora es ponernos los dientes largos de querer conocer una cosa así, que porqué Lolo escribe tal título; leer que hay cartas con la señal de la cruz es poner sobre la mesa tales cruces en la vida de las personas…; leer que el Amor, con mayúscula, es bien venido, nos ha de abrir las puertas a la llegada de Dios a nuestros corazones que entrevemos en tal título; leer que Alguien nos escribe reportajes desde la cumbre es querer preguntarse de qué cumbre se escribe pero, sobre todo, quien es Quien lo escribe…; leer, casi por finalizar, que hay un árbol desnudo nos muestra, así de entrada, que el interior del libro (que, por cierto, ya podemos saber de antemano que es una novela autobiográfica del autor del mismo) puede referirnos mucho de la vida de Lolo. Y, por fin, leer que las estrellas se ven de noche, es querer decirnos algo obvio pero que ha de encerrar una verdad grande que deberemos descubrir tras empezar a leer la primera página de tal libro de Manuel Lozano Garrido.

Todo esto dicho arriba apenas describe lo que creemos que significa la modificación del refrán muy repetido y, para nosotros, encierra todo lo que de bueno puede haber en la obra escrita por el linarense universal que igual se prodiga en América que en Filipinas… porque la luz, su luz, quedó perfectamente plasmada en unas páginas de cuya realidad, el título de los libros que las contienen, así, sin leerlos aún y sólo con la imagen de estos, son un anticipo de lo bueno y mejor.

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